Pornocultura y el éxtasis violento | Letras Libres
artículo no publicado

Pornocultura y el éxtasis violento

El estilo del porno penetró en el mainstream y dejó de ser territorio de las transgresiones, así que la búsqueda de estímulos intensos ha empezado a moverse a otras áreas, como el horror.

Las imágenes sexuales han perdido el impacto que otrora tuvieron para transgredir los límites de lo culturalmente aceptable. La televisión, la publicidad y la música han adoptado ya la sintaxis de la imaginería hardcore para sus productos. La pornografía, dice Naief Yehya en su libro Pornocultura dejó de estar conformada solo por el espectro de las imágenes sexuales explícitas, para convertirse en un fenómeno cultural y un género abierto en el cual caben otros (muchos y diversos) materiales capaces de disparar estímulos emocionales intensos.

Sostiene que el estilo del porno ha penetrado de manera definitiva en el mainstream y dejó de ser refugio y territorio de las transgresiones, de modo que la búsqueda de detonadores emocionales ha empezado a moverse a otras áreas que emplean una sintaxis similar de estremecimiento y seducción como el horror.

El autor advierte la aparición de una “pornografía necrófila asexuada” cuyo consumo tiene lugar en condiciones semejantes a la pornografía, con una intención que, si bien no es forzosamente masturbatoria, sí proporciona un estímulo límite, proveniente de representaciones más duras y extremas.

Yehya se interesa particularmente en productos culturales que combinan sexo y violencia cruda, cuya intención parece reducirse a una mera “explotación soez del morbo” que pone a prueba la tolerancia del espectador. Aunque ubica la aparición de algunos videos con estas características a finales de los años setenta, se advierte un estilo peculiar en los realizadores, siempre pregonando la presunta honestidad informativa en los hechos sangrientos que muestran, que acusan a los medios informativos tradicionales de ocultar la verdad, de maquillarla y esconder las verdaderas consecuencias de la violencia. Hay en todo ello una narrativa que suena conocida, argumentos de enormes similitudes con el discurso empleado durante el boom de los narcoblogs en México cuyos administradores reclamaban estar construyendo un país mejor.

Sin embargo, explica el libro, estos productos no exploran “el misterio de la muerte” ni cuestionan las razones éticas, morales y legales que hacen que ciertos aspectos de la muerte sean censurados por nuestra cultura; se trata de estremecer al espectador, apelando a una extraña concepción del valentía que consiste en atreverse a mantener los ojos abiertos ante lo espantoso.

Hay una cuestión eje en Pornocultura: la posibilidad de que la muerte y la tortura puedan sexualizarse de tal manera que el consumidor común de pornografía sienta algún tipo de excitación al verlas, el ¿riesgo? latente de que los individuos reemplacen sus estímulos sexuales por actos de crueldad. “Pornografía sin novedad no es pornografía —dice Naief Yehya—. Pornografía sin transgresión moral no es pornografía, y las imágenes pornográficas se devalúan cuando se sobreexponen y pierden su poder de estimular cuando demasiados ojos las han visto.

El texto documenta la gradual vinculación comercial de lo atroz con las imágenes sexuales, la mezcla cada vez más frecuente de placer y ansiedad, deseo y miedo que desemboca en curiosidad permanente. Incluso se aportan ejemplos de sitios web que convierten las imágenes de muerte en moneda de cambio para obtener imágenes explícitas de cuerpos femeninos desnudos.

Así proliferaron los sitios dedicados a explotar “el morbo de las atrocidades de la carne” —con contribuyentes anónimos que no rara vez eran organizaciones criminales, grupos guerrilleros y terroristas que aportaban sus videos de ejecuciones— que proclamaban estar creando conciencia de lo que sucede en el mundo, pero que no aportaban ningún contexto a la mayoría de los materiales.

Llama la atención, sin embargo, la forma en la que Naief Yehya acomete el caso mexicano y habla de productos como el Blog del Narco el cual parece encajar en muchas de sus descripciones. Su texto lo desvincula de la competencia de crueldad y la escalada de sadismo que los cárteles mexicanos protagonizan en la red para intimidar a sus enemigos. Más aún, le atribuye cierta vocación de “romper el régimen de censura oficial y autocensura que los medios se han impuesto por temor a represalias por parte del gobierno o de los cárteles”.[1]

Al final, lo que inquieta al autor es la manera en que estos materiales se pueden usar en la privacidad como inyecciones de adrenalina o recurso para la excitación. Yehya advierte que la censura y la estigmatización que perseguían al porno se han diluido; se ha creado —dice— un vacío en el imaginario, una ausencia de un espacio de transgresión. “De ahí que las representaciones de la muerte ocupen ahora el lugar que usualmente tenía el porno”.

El sexo y la muerte conviven cada mañana en las primeras planas de los tabloides; son la principal oferta. Están en el imaginario y son una proyección de lo que somos; ninguno puede ser erradicado sin pagar un alto costo en términos de nuestras libertades pues nos guste o no ya son un elemento más del continuo cotidiano. “El lenguaje de la brutalidad corporal ha infectado el discurso público”, se lee en los últimos párrafos de Pornocultura. La violencia que se respira en la vida pública, como dice el periodista, ha entrado a la vida de la gente, está en línea.

 


[1] En julio de 2011 (y en el contexto de la firma del un acuerdo para la cobertura informativa de la violencia), Milenio Televisión puso al aire con un mínimo de censura el video del asesinato de dos marinos a manos de delincuentes en Veracruz, previa advertencia a la audiencia y con una introducción del director editorial que pretendía dimensionar y poner en su contexto correcto las imágenes que se presentarían. El hecho generó fuertes críticas.