Por qué odiamos los spoilers: una hipótesis | Letras Libres
artículo no publicado

Por qué odiamos los spoilers: una hipótesis

A algunas personas los spoilers nos ponen de muy mal humor. Quizá porque le recuerdan a nuestro cerebro que estamos perdiendo el tiempo con historias que nunca ocurrieron ni ocurrirán.

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Hace unos meses, cuando se estaba por estrenar la última tanda de episodios de Mad Men, escribí aquí un artículo sobre la serie. Horas después de su publicación, alguien comentó que “un spoiler alert al comienzo no le vendría mal”.

Yo era conciente de que el texto incluía información de las seis temporadas y media emitidas hasta entonces, pero la alerta me parecía innecesaria. El artículo, pensé, iba a ser leído por la gente interesada en Mad Men, y la gente interesada en Mad Men, dado que el último capítulo se había estrenado casi un año atrás, ya tendría que haberlos visto todos. Y si alguien no estaba al día, o planeaba ver la serie pero ni siquiera la había empezado, me parecía claro que no tenía que ponerse a leer artículos como ese, el cual, era evidente, mencionaba datos de la vida y obra de Don Draper.

Sin embargo, preferí pecar por exceso que por defecto, así que, tras leer el comentario, añadí el aviso en cuestión.

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Tal vez lo añadí porque odio los spoilers. Soy bastante maniático: cuando sé que voy a querer ver una película, trato de saber de ella lo menos posible antes de verla. Evito hasta los avances. Considero que, cuanto más desconocedor del contenido me aproxime a una obra, más la disfrutaré. Y eso se debe, en cierta medida, a la idea —a veces errónea— de que los realizadores de películas, series o novelas diseñan sus relatos suponiendo que el público accede a la información en el mismo exacto orden en que esta aparece en la narración.

Por supuesto, esto solo es posible cuando, como ya expliqué, sé que voy a querer ver una película (o una serie, o leer un libro). Esta certeza previa surge, por lo general, a partir de recomendaciones de personas cuyas opiniones y criterios suelo compartir. Pero muchas veces es casi inevitable ver el tráiler de una película (si estoy en el cine, por ejemplo) y lo veo sin problemas. Lo aclaro por las dudas: tan mal de la cabeza no estoy.

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Hay personas, en cambio, a la que no le importan los spoilers. Según una encuesta realizada por Netflix, difundida el año pasado, el 94% de la audiencia sigue mirando una serie o una película aunque le hayan revelado un dato clave del argumento. Yo conocí a varias personas así. Dicen que saber qué pasará en una historia es secundario, que lo importante es cómo se cuenta esa historia. Incluso se quejan de la tiranía del spoiler.

El propio George R. R. Martin, la mente detrás de Game of Thrones (cuya trama se caracteriza, entre otras cosas, por estar llena de giros y acontecimientos inesperados para los espectadores), dijo hace poco que no entiende el concepto de spoiler. Saber qué pasará, según él, “no es el único motivo” para seguir una historia. Dice que, si fuera así, no podríamos leer o ver los clásicos. Y que si los leemos y los vemos no es porque queremos conocer el final, sino porque son buenísimos.

Hay incluso quienes, por incomprensible que a mí me parezca, gustan de los spoilers. Los buscan. Disfrutan de ver una película, o una serie, o de leer un libro, conociendo ya datos claves del argumento. Y son felices así.

Cito un caso como ejemplo: una blogger que afirma:

“A mí me gustan los spoilers […] Conocer de antemano los giros de una serie me deja concentrarme en otros aspectos. Si sé que tal personaje hace esto o le sucede lo otro, puede que pierda el efecto sorpresa, pero eso me permite ver qué pequeños elementos ya anuncian lo que va a suceder y creo que se comprenden mejor las reacciones del resto de personajes a ese acontecimiento. Puedo deleitarme en otros detalles, relacionados o no con ese giro, pero quizá igual o incluso más importantes.”

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Saber qué pasará no es el único motivo para seguir una historia, estamos de acuerdo. Pero para muchos de nosotros, lejos de ser secundario, es uno de los motivos más importantes. No creo que haga falta renunciar al efecto sorpresa para apreciar mejor otros detalles. Y en todo caso, para eso están las revisitas o las relecturas.

Hasta hace poco yo lo veía también como una manera de jugar limpio con los creadores: acatar la decisión de ellos —a la que ya aludí más arriba— de incluir la información en un determinado punto del relato, y no antes o después. Afirmaciones como las de George R. R. Martin alejan esa idea de mi cabeza. Y le abren paso a otra, de la que me enteré a través de un artículo en The Atlantic titulado “Explicaciones científicas de por qué los spoilers son tan horribles” y que resumo a continuación.

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Un profesor de psicología de la Universidad de Yale llamado Paul Bloom publicó en 2011 el libro How Pleasure Works (“Cómo funciona el placer”), en el cual busca respuestas para una cuestión esencial: por qué nos gusta lo que nos gusta. Plantea allí lo curioso de que elijamos dedicar buena parte de nuestro tiempo libre a explorar mundos de ficción (cine, televisión, literatura, incluso videojuegos) en vez de actividades relacionadas con necesidades básicas: comer, beber, tener sexo, educar a los hijos, etc.

¿Por qué lo hacemos? La hipótesis es que el cerebro humano, en cierto nivel, es incapaz de distinguir la realidad de la ficción. Es por eso, según Bloom, que nos da asco comer una golosina con apariencia de excremento, aunque sepamos perfectamente que es una golosina y que, al comerla, su apariencia no tiene ninguna importancia. En palabras de Thalia Goldstein, psicóloga de la Universidad de Pace, las áreas del cerebro responsables del pensamiento conciente nos dicen que un relato es de ficción, pero las áreas más primitivas lo toman como real.

En la vida real, uno no puede saber qué va a pasar en el futuro. Cuando un spoiler nos revela qué pasará en una historia, lo que hace es recordarnos que se trata de ficción. Los spoilers atenta contra la parte más primitiva de nuestro cerebro. De alguna manera, nos vienen a decir que no tiene sentido que estemos ahí perdiendo el tiempo frente a una pantalla cuando podríamos estar comiendo, bebiendo, teniendo sexo o educando a nuestros hijos. Por eso los odiamos.

Quizá sea solo una hipótesis, pero me gusta.