Por qué casarse en una rueda de la fortuna | Letras Libres
artículo no publicado

Por qué casarse en una rueda de la fortuna

Este año se cumplirán 155 años del nacimiento de George Washington Gale Ferris en un pequeño pueblo en Illinois. Su más famoso invento tiene, al igual que su cumpleaños, el sello del espíritu romántico. El año pasado, Google celebró este poco recordado aniversario: el doodle del día de San Valentín mostraba dos ruedas de la fortuna, o ruedas Ferris, muchos corazones y parejas de distintos animales (patos, monos, tigres, ranas) que solo podrían consolidar un romance gracias a los efectos vertiginosos de este juego mecánico.

La rueda de la fortuna es de esos elementos modernos tan cotidianos que parecen haber existido siempre. Pocos se preguntan de dónde surgió tan curioso artefacto, diseñado para la diversión, la observación del paisaje e, impredeciblemente, también para el romance.

George Washington Gale Ferris fue el ingeniero que aceptó el reto de construir para la Feria Mundial de Chicago de 1893 una estructura que superara a la Torre Eiffel. Ferris pudo haberse inspirado en los molinos de agua o en las pequeñas ruedas de madera con canastillas individuales que había en algunos parques. Pero, como en todas las historias de los grandes inventos, Ferris lo atribuyó a un instante de inspiración y a un improvisado borrador en una servilleta (siempre hay una servilleta), que mostró a Daniel Burnham, director de la Feria. Durante una cena de gala, el legendario arquitecto Burnham retó a los ingenieros de la nación: “No hagan planes pequeños. Carecen de magia para conmocionar la sangre de los hombres.”

En tiempos en los que el edificio más alto de Chicago medía cuarenta y dos metros, Ferris proponía construir una rueda de acero de más de ochenta, que cargara treinta y seis canastas, muy parecidas a vagones de tren, cada una con capacidad para sesenta personas: un total de 2,160 pasajeros. Con un plan en verdad titánico y planos mucho más precisos que los que son posibles en una servilleta, Ferris hizo su propuesta formal al comité de la Feria, que rechazó la idea de inmediato. Nunca se había construido una rueda de acero de ese tamaño, mucho menos una que pudiera ser puesta en movimiento. Pero Ferris, dedicado a la construcción de puentes y vías ferroviarias, insistió en que conocía como nadie la resistencia del acero y podía llevarla a nuevos límites. Finalmente, el comité aceptó.

La construcción fue accidentada y costosa. Ferris tuvo que financiar su propio proyecto y trabajar a marchas forzadas. La inmensa rueda fue puesta a girar por primera vez el 11 de junio de 1893, con solo seis canastas de prueba. Ferris no se encontraba a bordo, pues batallaba en Pittsburgh por financiar la obra, pero en su representación estaba su esposa, Margaret Ferris, quien dio para los periódicos una imagen perfecta de la valiente y bella compañera que confiaba ciegamente en la obra de su esposo.

La rueda Ferris dio su primera vuelta inaugural con celebridades de la ciudad a bordo, una estrategia para eliminar los temores de la gente e incitarla a subir. Se calculó que, al concluir la Feria, más de un millón y medio de personas habían abordado la Gran Rueda. Muchas repitieron el viaje, unas cuantas entraron en pánico sin causar mayores percances, y varias solicitaron permisos para casarse dentro de los carros en movimiento. Se compusieron canciones en honor a la Gran Rueda, todas alusivas al amor desenfrenado que puede despertar en lo alto, cuando se deja el mundo terrenal. Ferris se volvió mundialmente famoso y todas las ciudades del mundo querían tener su propia rueda Ferris.

Muchos de los pasajeros de la rueda Ferris estaban ahí para estudiar su mecanismo y copiarlo. Las réplicas comenzaron a aparecer y Ferris nunca recibió un centavo por estas imitaciones. Él decía que eran un homenaje a su obra. Mientras tanto, el ingeniero se enfrentaba a varias demandas de algunos oportunistas que clamaban haber inventado la rueda antes que él, aunque sus planos y cálculos, evidentemente diferentes o simplemente erróneos, no se parecían en nada a los de Ferris. Al mismo tiempo, el comité de la Feria Mundial decidió echar al inventor con todo y su máquina debido a desacuerdos en la repartición de porcentajes del dinero de los boletos (subir a la rueda costaba 50 centavos). Después de haber enaltecido la rueda como una creación única de su tiempo, no hubo un intento por preservarla como la Torre Eiffel. Como muchos empresarios de su época, Ferris quedó en bancarrota a causa de la crisis de 1893, aunque algunos atribuyen su caída a su obsesión por la Gran Rueda, la cual buscaba un comprador, o al menos un sitio dónde girar. Su esposa, con la que nunca tuvo hijos, lo abandonó; dijo que iría a visitar a su madre, pero nunca volvió. Ferris murió en 1896, a la edad de 37 años. Su esquela en The New York Times decía que había muerto de fiebre tifoidea “causada por el estrés en asuntos de negocios”. Sus cenizas permanecieron en la funeraria por más de dos años sin ser reclamadas por nadie y a la fecha no se sabe su paradero. La rueda Ferris original fue dinamitada y vendida como fierro viejo a principios del siglo XX. ~