Por el poeta Alejandro Aura | Letras Libres
artículo no publicado

Por el poeta Alejandro Aura

Alejandro Aura, como muchas personas de vida prolija y sustanciosa, no fue uno sino muchos: un hijo del barrio de San Rafael que escapó de la rutina de una escuela triste para hacerse hombre y recorrer las calles sin un peso; un joven poeta que asistió a la Casa del Lago para aprender de Juan José Arreola a pasearse por la lengua cada verso; un rebelde que en el año de 1968, con la camisa abierta, el pecho al descubierto y ampliada su voz por un megáfono, llamaba a su generación a defender la vida y la alegría del odio de las armas, mientras en los muros de algunas fachadas universitarias los estudiantes reproducían sus versos; un mexicano curioso a quien su primera mujer, la poeta Elsa Cross, invitó a conocer el mundo; un escritor joven que recorría los cafés literarios de la Zona Rosa sin dinero para el capuchino, pero que ganaría el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, porque se declaraba desde el verso “Listo para vivir/ a todo viento,/ libre de la desdicha y de la dicha”, y había confesado que los suyos, los de su generación, los de la plaza del 2 de octubre, los del pelo largo y las canciones de protesta, los del amor libre y las utopías fecundas, no eran la amenaza beligerante que la paranoia diazordacista inventaba, sino personas “libres/ como el zorro;/ aguzados,/ famélicos a veces,/ perdedizos/ y con suaves y ondulantes colas/ para menear el viento.”.

Aura fue también el actor y dramaturgo del Salón Calavera, maestro de ceremonias en la noche del drama y el deseo, en la fiesta de la vida que bailan rumberas y homicidas, y junto a Enrique Lizalde, Claudio Obregón y otros compañeros se embarcó en la aventura de fundar un sindicato de actores independiente de las mafias que han asolado ese gremio –como tantos otros en nuestro país. Pero fue además el ciudadano que abrió un bar en el centro de Coyoacán para convocar a sus contemporáneos al diálogo en torno a la mesa, en libertad, en su tinta, con la copa llena y un inagotable menú de intereses y curiosidades. En las dos casas que albergaron a El Cuervo y el Hijo del Cuervo, Alejandro, junto a su gran cómplice, la escritora Carmen Boullosa, ejerció de noctámbulo, y acompañó, de ambos lados de la barra –con tacuche de galán y sonrisa de pájaro– las nieblas y los amaneceres de elocuentes dipsómanos y mujeres encantadoras.

Recuerdo también a Aura en Veracruz, habano de San Andrés entre los dedos, a punto del danzón y el entusiasmo, bailando y cantando a Agustín Lara; y al dóberman, como él mismo se definía, que agarraba el micrófono con la avaricia de un perro por su hueso; y al que miraba a la cámara buscando tras ese ojo inexpresivo los ojos verdaderos de todos nosotros.

Además de un padre enamorado, generoso y libertario –le debo para siempre los ojos de María y Juan, y la amistad de Pablo y Cecilia–, Aura fue un lector gozoso, que despilfarraba las palabras y que fundaba, acompañado por Pablo Boullosa y Arturo Beristáin, cofradías de lectores para abrir las puertas de los libros a todo el vecindario. Fue divulgador de lo cultural por vocación –así en el oficio como en el vicio–, y recuerdo con especial admiración y cercanía, al servidor público, al lúdico e irreverente: hasta donde me alcanza la memoria, el mejor funcionario cultural que la ciudad se haya dado a sí misma, y que renunció a la dirección de su política cultural cuando la autoridad mostró desinterés por el arte y la cultura, porque él deseaba, como su querido amigo Efraín Huerta, un mundo más justo, más libre y más generoso, y para luchar por eso no le era imprescindible un puesto en ningún gabinete.

También compartí un Alejandro que vivía en el barrio madrileño de las musas, vecino de Lope, Cervantes, Góngora y Quevedo, donde no perdonaba el fino de Jerez del viernes en La Venencia, con la fotógrafa Valentina Siniego, y que del brazo de Milagros Revenga, su última y amada compañera, participaba con desenvoltura en la zarzuela cotidiana que sucede a diario en las aceras de esas calles, donde divulgó con entusiasmo la diversidad de la cultura mexicana y fue capaz de transformar la rutinaria y rígida vida de embajada en una continua conmemoración de los lazos y los afectos, y las desavenencias también, que unen las culturas de México y España –todo ello gracias, en un primero momento, al apoyo de Gerardo Estrada y al de su estimado amigo Gabriel Jiménez Remus, entonces embajador de México en España, hoy en Cuba, así como al interés y solidaridad, después, de Amalia García, gobernadora de Zacatecas, quien invitó al poeta a promover a ese estado, tan querido por él, en tierras españolas.

Aura no podía dejar de conversar, y si en los primeros años en España echó a andar el programa de radio Hora México en la estación del Círculo de Bellas Artes de Madrid, y más tarde volvió a sus tertulias literarias de sobremesa transmitidas aquí por canal 22, ya menguada su salud por la enfermedad, abrió en el ciberespacio una ventana para contarnos lo que estaba viviendo, para compartirnos su lucha contra la muerte, sus poemas y reflexiones. Fue desde ahí que se despidió este verano con las palabras justas, con valor y dignidad, pero sobre todo, amablemente, amantísimamente.

Todos estos rostros, y muchos otros, tuvo Alejandro Aura, porque como él mismo dijo en Volver a casa: “Las máscaras/ que supimos hacer/ no eran para ocultar/ sino para que resaltaran/ nuestros rostros/ verdaderos”.

Para Alejandro Aura, la palabra fue presencia: su poesía no evocó solamente: convocó, nos convocó. Fue su manera de pertenecer al mundo, de descubrirlo, de hacerse de él. Porque Aura es un poeta que nos hizo oír su voz no para imponer su punto de vista, ni su gusto, ni su poética, sino para participar, por el profundo placer de convivir. Su poesía es elocuente y a veces teatralmente exaltada, ma non troppo, porque su alma es de jardinero y cocinero: terrenal, doméstica, inaugural, interior y fraterna: pura afirmación del hecho sorprendente de la vida.

En sus últimos poemas, como en sus últimos días, Aura se impuso un rigor formal, una conciencia crítica de su escritura, lúdica y contenida a la vez, donde le ofreció al dolor del cáncer clases magistrales de humor y de estoicismo. Nada de autocompasión frente a las sombras de la muerte: Aura nos dejó de testamento, como su amigo y colega Víctor Hugo Rascón Banda, la heroica, por sencilla y cotidiana, defensa de la vida.

Nadie como Aura para salir a cosechar los frutos del mar y de la tierra en los mercados, para batirse en el fuego de las cocinas y regalar a sus amigos la fe en los alimentos, el culto al vino y los mezcales, su inquebrantable lealtad a la amistad. Para Alejandro, el banquete comenzaba debatiendo el precio del pescado y sólo terminaba cuando la conversación se hacía ceniza y se apagaban las colillas del tabaco, tras el desfile de las palabras en las pasarelas del humo.

Aura amaba conversar casi con cualquiera, y ser saludado por todos, incluso por los insulsos, a los que agradecía con una sonrisa bien interpretada. Pero el verdadero placer narcisista de Alejandro era ser reconocido en los portales de Veracruz, en el zócalo de la ciudad de México, en el malecón de la Habana, por el camarero del café, por la vendedora de verduras, por los músicos de la orquesta, por el bodeguero del vino y el afilador de cuchillos: amaba el ágora de las calles, las que son de todos, las que no tienen más dueño que el que las camina, el que las goza y padece, el que las vive y enamora.

Aun cuando compartí con Aura su alegría de andar por las calles y las plazas, y tomados del brazo trabajamos, junto con tantos otros (Enzia Verduchi, Andrea González, Crisanto Cacho, Jorge Legorreta, Roberto Vázquez, Marcos Rascón, Víctor Meza –quien nos dejó apenas unos días antes de que Alejandro se marchara, y fue el arquitecto que hizo realidad el deseo de Aura de construir una red de mil Libro-Clubs en la Ciudad de México–, Inti Muñoz, Benjamín González, Agustín Estrada, Fabrizio Mejía, Conrado Tostado, Ernesto Lumbreras, Jorge Lépez, Magali Tercero, Marcos Deli, Evangelina Ocio, y muchos, pero muchos, más), convocados todos por Cuauhtémoc Cárdenas para hacer de la democracia recién inaugurada en la ciudad una fiesta de renovación para la cultura, y demostrar así que es posible una política cultural de izquierda para México, pensada para integrar y no para excluir, libre de la dictadura comercial que venda los ojos del gusto y deforma la sensibilidad, defensora de las libertades, de la diversidad, del libro y la lectura, de las altas manifestaciones del espíritu humano, que lo mismo se producen en las aulas y los conservatorios, que en los barrios, los pueblos y las comunidades; aun cuando creo que fue justo entonces cuando lo vi más feliz, más pleno, más convencido de lo que estaba haciendo mientras bailaba a Celia Cruz en el Zócalo, recorríamos el Faro de Oriente en construcción o inaugurábamos un Libro-Club en la colonia Guerrero, tengo que reconocer que nada me ha dado tanto placer de su persona como compartir con él la mesa, y verlo disfrutar del gozo que su oficio cocinero procuraba a sus invitados.

Confieso que durante años pasamos del plato al digestivo, y que gocé muchísimo escucharlo leer en la sobremesa sus poemas –incluso los que no me gustaron–porque su amor a la poesía, a la oralidad de la poesía, le devolvía a ésta su valor ritual, civil, colectivo, familiar.

Me disculpo si la siguiente imagen transgrede alguna nueva ordenanza contra los fumadores; pero yo siempre voy a recordar a Alejandro fumando un puro y con una copa de ron o de mezcal, con esos ojos cargados de picardía, humor e inteligencia, y no encuentro una forma más precisa de darle las gracias al amigo que el brindis, que levantar la copa para desearle: buen viaje, poeta. ~