Polonia: En busca del sentido perdido | Letras Libres
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Polonia: En busca del sentido perdido

En agosto de 1980 Polonia respiró aire fresco y limpio. Hoy mancillar la revolución de Solidaridad y a sus héroes, partiendo de los archivos del Servicio de Seguridad, es para unos un acto heroico, y para otros, como tirar una granada en una sentina: a algunos los mata, a otros los hiere y a todos los impregna del hedor. Y ahora todos –los heridos, los salpicados– vamos a festejar el vigésimo quinto aniversario de agosto. ¿Será posible que aprendamos a hablar con sensatez sobre lo que nos atrevimos a hacer?

Hace veinticinco años, en agosto de 1980, Polonia cambió el rostro del mundo. Me basta con cerrar los ojos para ver: tiempos maravillosos y gente maravillosa en Polonia. Yo tenía entonces 34 años y la convicción de que mi generación estaba escribiendo una página importante de la historia. Al recordar esos espléndidos días, recurro a mis apuntes de entonces; hoy ya no confío en la fidelidad de mi memoria. Demasiadas cosas se han acumulado allí en los últimos años de amargura y tristeza. Es por ello que no sé si esté haciendo bien al escribir estas amargas notas, que no resultan muy apropiadas para este jubiloso festejo.

Władysław Frasyniuk, amigo mío que estuvo a la cabeza de las protestas obreras en Wrocław en agosto de 1980, y quien fuera después legendario líder clandestino de Solidaridad y prisionero durante la época de la ley marcial, levantó la voz recientemente para proponer que los festejos del aniversario se desarrollen en un ambiente de concordia, para que los rencores se olviden y no se vuelva a hablar de traidores. Me gustaría escribir así, pero no puedo. No creo en la unidad de antaño, no quiero ni puedo festejar junto con quienes hoy escudriñan la información sobre la oposición democrática y sobre Solidaridad en los archivos de los Servicios de Seguridad del Estado, tratando las denuncias como si fueran la Biblia. Siento como si me hubieran escupido.

Esta experiencia, histórica y personal, no puede ser contada por medio de denuncias policiacas. Por ello nosotros mismos hemos de intentar entender eso que entonces nos atrevimos a hacer. Necesitamos recuperar el sentido de nuestras vidas.

 

II

El año pasado el premio Nike –el reconocimiento polaco más importante en materia literaria– fue otorgado a Wojciech Kuczok por su novela Gnój [estiércol]. El joven escritor de treinta y tantos años nos contó en su libro la “historia del infierno de una familia”, es decir, la historia de una familia polaca común y provinciana. En esta novela –aparentemente educativa y costumbrista– se puede percibir, como al leer a Balzac o a Flaubert, la imagen de un país acerca del cual unas cuantas personas hablan y piensan con desgano, y la mayoría se mantiene callada.

En esa Polonia no hay grandes ideas ni lucha de clases ni futuro prometedor; no existe tampoco Dios, ni el honor ni la patria. Esa Polonia es un país triste de gente triste y aburrida, gente que –citando al escritor– “está hueca: tienen raíces y ramas, pero su interior está vacío; en ese vacío se encierran” y se enclaustran aislados del mundo. En ese mundo rige el látigo; en él el padre golpea al hijo con pretextos educativos; ese látigo “provocaba un dolor terrible”. Un látigo con el que el Viejo golpeaba al Joven, con el que el fuerte imponía su sabiduría al débil. Y entonces al Joven débil y golpeado no le restaba más que gritar: “Papá, ¡no me pegues más!”

El Joven, herido a fuerza de latigazos, escuchaba decir entonces que su generación había sido “consentida por la vida”, que –a diferencia del Viejo– no había vivido la guerra. En lugar de eso, el Joven había sido educado a base de escupitajos. Incluso desde la escuela, escupir era la norma; “la saliva era la maestra más eficaz”. Uno podía esperar que le escupieran de “todos lados directo en la cara, cuando al adversario le faltaban las palabras”. Aquellos que escupían estaban por doquier: “sentía su respiración detrás de mí”, “me escupían en la espalda al cruzar la calle, marcándome”.

En la casa, el látigo; fuera de ella, escupitajos. Se prolongó esto largo tiempo –así era el hogar polaco.

Y entonces ese hogar envejeció. Se tornó feo, más feo que los hombres. “Los hogares envejecen traicioneramente; la vejez germina en lugares recónditos y, antes de que uno se dé cuenta, invade los espacios cercanos; la vejez de esos hogares se sale de control, deja de ser vista por quienes habitan en esa misma casa, pero los invitados la perciben cruzando el portón, en el pasillo ya sienten el hedor enmohecido.”

Con el mismo olor a moho agonizaba el hogar de la Polonia comunista, llamado prl [Polska Republika Ludowa –la República Popular de Polonia]. Este era el país en que la política exterior, el ejército y la policía se encontraban bajo las órdenes de la Unión Soviética, a su vez dirigida por la nomenclatura comunista, bajo una vigilancia policiaca, una ideología impuesta, miedo e hipocresía. El hombre que había sido golpeado y a quien le habían escupido era producto de ese sistema. Se inflaba de valor después de beber alcohol para poder expresar su odio hacia todo y todos. El sistema comunista cultivaba esta rabia reprimida; maliciosamente se alimentaba de todo lo que cada persona tenía de perverso y débil. Los tenores generales eran la pusilanimidad, el oportunismo, la apatía y el cinismo. Diariamente se iba desvaneciendo el rechazo al lodazal moral que se extendía por todos lados. Sí, así se sentía el hedor a moho.

 

III

En agosto de 1980 Polonia respiró aire fresco y limpio –con ambos pulmones. Una fuerte ola de huelgas cubrió todo el país. La huelga en los astilleros de Gdansk –inspirada por la oposición democrática, apoyada por los intelectuales y la Iglesia católica– llevó hasta los famosos acuerdos de Gdansk y a la creación de los sindicatos libres, independientes del mandato comunista. No se trató de una concesión, como en ocasiones anteriores; fue una pérdida cabal de legitimidad de la dictadura del sistema comunista; aquel sistema que defendía la dictadura del proletariado quedó moralmente descalificado por las protestas multitudinarias de los obreros. Si hemos de calificar de “revolución” a aquellos significativos cambios precedidos por manifestaciones de la sociedad que provocan la paralización de un régimen, entonces podemos hablar de la “Revolución de Solidaridad de Agosto”.

Agosto de 1980 fue por encima de todo el festejo de la democracia polaca –la recuperación del significado de la libertad, de la dignidad y de la verdad.

Pasé en prisión la época de las huelgas de agosto, arrestado preventivamente –junto con muchas otras personas de la oposición democrática– por el Servicio de Seguridad del Estado. “Ellos” aún estaban convencidos –como en todas las dictaduras– de que la policía puede dar órdenes a la historia.

El 31 de agosto se firmaron los acuerdos que pusieron fin a la huelga. El 1º de septiembre nos pusieron en libertad y, al salir, nos encontramos en un país distinto. En lugar del hedor enmohecido, sentimos el milagroso olor de la libertad. Anoté entonces, al calor de los acontecimientos, “la tranquila determinación de los huelguistas, la disciplina espontánea y las maduras demandas de los obreros”. Anoté que los huelguistas exigían “cambios fundamentales en la forma de ejercer el poder, pero sin transgredir los límites que trazaba la presencia del ejército soviético”. Escribí: “Los obreros lucharon por los derechos e intereses de toda la sociedad, por los derechos sociales y por levantar el nivel de vida, por los derechos ciudadanos y por la libertad de expresión, por los derechos de la esencia misma de los sindicatos y su libertad, por los derechos morales y la liberación de los prisioneros políticos.”

Me di cuenta de que “reconocía que el gobierno había optado por la vía de la negociación, y no la de la fuerza”. Observé, en ese momento, la cuadratura del círculo polaco. Los acontecimientos recientes –escribí– mostraban que “la sociedad polaca ya no quería y no podía seguir existiendo en esa situación de mentiras que se iban acumulando, que nos acorralaban y nos empobrecían. Puede comprenderse que el orgullo nacional justificara que reivindicáramos nuestros derechos de la forma más sensata posible”. Sin embargo, la forma de vivir de los polacos no dependía solamente de sus propias aspiraciones, sino también de la dominación soviética, aceptada por Occidente. Por ello las “inalterables aspiraciones de los polacos por su libertad y su propia realización deben llevarse a cabo de forma que la política soviética se vea más perjudicada si interviene militarmente que si no lo hace”.

En pocas palabras, yo creía en una forma de autonomía muy amplia y en las libertades democráticas dentro de los confines de la doctrina de Brézhnev. Considero que ese era entonces el horizonte de todo el movimiento de Solidaridad.

Aquellos días, aquellas conversaciones... Las multitudes radiantes y ávidas de verdad, reunidas en los vestíbulos de las fábricas y las aulas universitarias –era aquello como el sueño más maravilloso.

Para nosotros –los miembros de la oposición democrática que vivimos los años de las protestas estudiantiles, la persecución de los intelectuales y la persecución antisemita, la represión policiaca de marzo de 1968, así como la masacre de los obreros de la costa del Báltico en diciembre de 1970 que vino después, y la posterior represión de los trabajadores de junio de 1976, de esos obreros que formaban parte del Comité de Defensa de los Obreros [KOR] y otras iniciativas opositoras– este era un momento de gratificante recompensa.

Después de años de latigazos y escupitajos, de villanía, desesperanza y cinismo, nuestras acciones cobraron una razón de ser y un sentido histórico –sin el KOR y sin la oposición democrática no habría tenido lugar el espléndido y victorioso agosto de 1980 que no derramó ni una gota de sangre. En gran medida, la gente que formaba parte del KOR lideraba las huelgas de Gdansk.

No fue fácil –el aparato de seguridad envenenaba nuestras vidas con arrestos, golpizas, prohibiéndonos ocupar trabajos profesionales, con chantajes y difamaciones. Coleccionaban denuncias, fabricaban pruebas comprometedoras, nos escupían, provocaban insidiosas peleas entre nosotros, nos hostigaban. Muchos no aguantaron esa presión –abandonaban la lucha, se quebraban, se iban de Polonia. A los más valerosos de entre nosotros los continuaron acosando sin parar, con documentos fabricados contra Jacek Kuroń, contra Jan Józef Lipski, buscando desacreditarlos; y sin duda, esos documentos bastarían para tapizar el Palacio de la Cultura. Ninguno de nosotros pensó entonces que después de muchos años, cuando ya no existiera el Servicio Secreto ni el Partido Popular Unido Polaco [Polska Zjednoczona Partia Robotnicza, PZPR] y ni siquiera la Unión Soviética, los archivos de los Servicios de Seguridad del Estado comenzarían a cobrar vida propia. Que los tiempos maravillosos de gente maravillosa pasarían a ser un lodazal a manos de esas denuncias archivadas.

En efecto esta Polonia, esta revolución incruenta de Solidaridad, fue verdaderamente una belleza –fue un carnaval de la libertad, del patriotismo y de la verdad. Ese movimiento sacaba de la gente lo más valioso –el desinterés, la tolerancia, la nobleza, la consideración hacia los demás. Este movimiento, que era creador y no destructor, devolvía a la gente el orgullo y no alimentaba las ansias de venganza. Nunca antes y jamás después fue Polonia un país tan encantador, ni las personas fueron tan libres, tan iguales y tan fraternales.

 

IV

Fue el tiempo de los tres milagros polacos: la elección de Juan Pablo II y su visita a Polonia en junio de 1979; la huelga de agosto de Lech Wałęsa y Solidaridad; y finalmente el premio Nobel para Czesław Miłosz. Durante años nos repetimos que no bastaba con esperar a que llegaran los milagros; para que sucedieran era necesario trabajar por ellos. En 1980 los polacos observaron el resultado de su trabajo.

Al final de la visita del Papa en junio de 1979 escribí que “había sucedido algo extraño. La misma gente que solía estar cotidianamente frustrada y ser agresiva en la fila del mercado, se había transformado en una comunidad amigable y radiante; se habían transformado en ciudadanos llenos de orgullo. Reencontraron ese orgullo dentro de sí mismos, junto con la conciencia de sí y de su fuerza. La milicia desapareció de las calles, y sin embargo en esas calles imperaba un orden ejemplar. Aquellas personas que durante tantos años no habían tenido un ápice de margen de libertad para decidir recuperaron en un instante la alegría de decidir por sí mismos”.

Juan Pablo II dijo: “¡No tengan miedo!” –y la gente dejó de temer.

Junio de 1979 fue un augurio de lo que vendría en agosto de 1980. Por ello la revolución obrera tuvo lugar bajo el signo de la cruz y el retrato del papa Juan Pablo II. “Así es como la historia se burla descaradamente de la teoría”, decía con ironía Leszek Kołakowski.

El Papa polaco y después quienes trabajaban en los astilleros polacos retiraron los primeros ladrillos del Muro de Berlín. Y, además, no hay que olvidar al escritor polaco galardonado con el Nobel. Czesław Miłosz, poeta y emigrante, desnudó minuciosamente los mecanismos de la “esclavitud del pensamiento”, le narró al mundo la historia de la esclavitud de su Europa, levantó la voz contra la ocupación de los países bálticos por la Unión Soviética. Durante treinta años sus libros fueron distribuidos en copias ilegales y, clandestinamente, impresos por editores polacos en el exilio –Miłosz era el símbolo de la oposición democrática.

Juan Pablo II se tornó en la imagen del mejor rostro de la Iglesia católica polaca. La huelga de Gdansk y Lech Wałęsa se volvieron los símbolos de la revuelta de los obreros polacos. Czesław Miłosz se tornó en el símbolo de la indómita inteligencia polaca.

Eran estas las tres banderas de las tres aristas que conformaban Solidaridad –la que ponía el acento en el tenor católico y nacional del movimiento, la que personificaba la línea obrera y sus reivindicaciones, y la que acentuaba el valor democrático y humanista. Estas líneas no se contradecían, tampoco chocaban; más bien se complementaban unas a otras. Y, sin embargo, albergaban sin saberlo los primeros atisbos de las futuras divisiones.

Todo esto cambió la imagen de Polonia en el mundo. Polonia, que antes había sido vista como la soberbia caballería que había embestido contra los tanques, que después había sido percibida como un país de borrachos e ignorantes, antisemitas y desastrados, apareció como un país sumamente importante, observado con atención y reconocido. Nos admiraron no sólo por nuestra valentía y nuestra sensatez, no sólo por nuestro patriotismo y honorabilidad, sino también por nuestra moderación y nuestro sentido de la realidad.

La revolución polaca, que se circunscribió al territorio polaco, no pretendía tomar el poder del país. Solidaridad postuló un modelo para la República polaca en que esta tomaría autónomamente sus decisiones –desde las fábricas hasta las ciudades, desde las ciudades hasta los aparatos centrales del país. Este proyecto era bastante realista en la medida en que actuaba escalonadamente y evitaba una confrontación abierta, pero al mismo tiempo tenía demasiadas ilusiones, puesto que una democracia así ni existía ni había funcionado en ningún lugar del mundo. Lo que es importante es que Solidaridad estaba abierta a la búsqueda de soluciones negociadas. Por otro lado, el poder comunista que siempre había estado bajo el incesante y brutal control de Moscú no sabía cómo proponer una sensata solución de coexistencia. Aquel se debilitaba día con día. Para defenderse a sí mismo, e incluso tal vez para defender al país de la posible intervención soviética, se armó de un último argumento. En la noche del 12 al 13 de diciembre de 1981 proclamó el Estado de Emergencia. Los líderes de la Unión fueron arrestados, y Solidaridad, declarada ilegal.

 

V

Arrinconada en la ilegalidad, Solidaridad resistió siete largos años. Resistió las represiones, los múltiples exilios. Resistió gracias al temple de sus líderes, principalmente de Lech Wałęsa; gracias a la perseverancia de los líderes en la clandestinidad, principalmente Zbigniew Bujak; gracias a la inquebrantable negativa de los líderes arrestados a rendirse –como Jacek Kuroń, Karol Modzelewski, Bronisław Geremek, Tadeusz Mazowiecki–; gracias a la postura del papa Juan Pablo II y de los valientes sacerdotes católicos; gracias al apoyo internacional de la opinión pública; gracias a cientos de miles de personas que no estuvieron dispuestas a renunciar a sus sueños de una Polonia libre.

Resistió también gracias a la prudencia. Solidaridad abanderó la lucha, rechazó la fuerza y no abandonó su voluntad de llegar a acuerdos; no se dejó quebrar, tampoco permitió que se convirtiera en una secta extremista y fanática cuyo alimento sería la convicción de haber sufrido una injusticia y la necesidad de vengarse. Fue muy consecuente desde agosto de 1980, afirmando que buscaba crear algo nuevo sin destruir a nadie.

Esos siete años estuvieron repletos de trabajo en la clandestinidad, de represiones, de peligros cotidianos e impotencia. Nos contábamos unos a otros entonces un chiste que le habíamos escuchado a unos amigos de Praga, si mal no recuerdo. ¿Qué debe suceder para que el ejército soviético abandone Polonia? Existen dos posibilidades, la racional y la milagrosa.

La racional es la siguiente: que San Jorge, quien mató al dragón, llegue al Vístula y expulse al ejército soviético. ¿Y la versión milagrosa? El milagro sería que ellos se fueran por su propia cuenta.

Desde nuestro punto de vista, la perestroika de Gorbachov era un verdadero milagro. Al principio levantó sospechas –no podíamos confiar en las declaraciones de un líder soviético. Pero finalmente llegó la esperanza. La inestabilidad en Rusia abrió nuevas perspectivas para cambios en Polonia y en otros países.

La amalgama entre la perestroika y Solidaridad me quedó a mí muy clara, pero no creo que fuera tan obvia para Gorbachov. La revolución de Solidaridad fue para el sistema soviético lo mismo que la Reforma para la Iglesia católica: cuestionó todos los dogmas de la institución, sin cuestionar por ello la fe en esos dogmas. Es por ello que el sistema soviético respondió con una suerte de contrarreforma –su respuesta emulaba ciertos puntos de la reforma para evitar que la institución se desmoronara.

En los debates soviéticos aparecieron temas que habían aparecido con suma frecuencia en agosto de 1980 y en los meses que le siguieron –las demandas por la verdad sobre el pasado estalinista y sobre la situación económica del país, las demandas por la libertad de expresión y por el pluralismo, las demandas por reformas y por un estado de derecho.

Los líderes del PZPR [Partido Popular Unido Polaco] leían con mucho detenimiento los periódicos soviéticos. Aquel nuevo lenguaje los ponía a pensar y los incomodaba. Al mismo tiempo comprendían cómo se ampliaba el margen de acción para sus propias decisiones. Las dos olas de huelgas de 1988 fueron para ellos la última alarma. En ese momento propusieron las negociaciones de la “Mesa Redonda”. Como fruto de esas conversaciones, Solidaridad volvió a ser legal y se organizaron las elecciones libres –aunque no plenamente democráticas– de junio de 1989. En esas elecciones triunfó Solidaridad. Los comunistas cedieron el poder –y esto sucedió sin una barricada, sin un tiro, sin ninguna víctima. Revivió el espíritu de agosto de 1980 –el anhelo de libertad sin la fuerza y sin el odio fanático.

La revolución de Solidaridad llegó a su fin –comenzaron los tiempos de transformación.

Jerzy Jedlicki, historiador y ensayista, escribió al cabo de unos años: “La obra maestra histórica de la oposición polaca anticomunista de los años setenta y ochenta estuvo conformada por objetivos puntuales sucesivos en la lucha civil y las etapas posteriores, y tuvo la sensatez de acceder a compromisos tácticos; por ello hemos de reconocer que una fracción del mérito es de la otra parte –porque en un poder absoluto estos métodos no pueden funcionar. Hoy, aun cuando cualquiera se permite escupir en las negociaciones de esa Mesa Redonda, yo estoy convencido de que esos acuerdos fueron una obra maestra y una muestra de ética política; y que posiblemente le ahorraron a Europa del Este el derramamiento de ríos de sangre heroica.”

Estoy de acuerdo con el punto de vista de Jedlicki. Pero de esos que escupen sobre la Mesa Redonda hay hoy un batallón. ¿Por qué?, preguntan con frecuencia los extranjeros. En efecto, resulta difícil de comprender...

 

VI

Veamos, pues. El 1º de agosto de 1944 comenzó la insurrección de Varsovia, que después de 63 días de heroica lucha terminó en la rendición y la catástrofe. Fue arrasada la flor de la joven generación de polacos, murieron decenas de miles de civiles, fue completamente destruida la capital de Polonia, y las ganancias políticas fueron nulas. Y, a pesar de eso, hoy a ese acto de patriotismo polaco que se cobró tanta sangre y que no tuvo ningún fruto político lo veneramos públicamente, le rendimos honores y le construimos monumentos.

Por el contrario, el éxito de la Mesa Redonda, que abrió a los polacos –y no solamente a los polacos– el camino pacífico hacia la libertad, es a veces tratado como una vil conspiración y un acto de traición a la patria.

¿Por qué los polacos –preguntan los extranjeros– no saben estar orgullosos de eso espléndido, valiente, sabio y sensato que hicieron frente a los ojos de todo el mundo? ¿Será que los polacos sólo pueden venerar a los vencidos, a los muertos, a los asesinados?

Alexis de Tocqueville escribió: “A pesar de que deberíamos estar acostumbrados a los inestables humores de las personas, nos puede sorprender un gran cambio en las disposiciones morales de un pueblo, o que un gran egoísmo reemplace a un gran sacrificio, una gran indiferencia a una gran pasión, un gran miedo a un gran heroísmo –tanto desdén para aquello que antes era un gran anhelo y cuyo precio era tan alto.”

Con mucha frecuencia pienso en las palabras de este gran francés al revisar los meandros de la historia de Polonia en los últimos quince años, desde que terminó la batalla por la libertad y llegaron los tiempos de las divisiones y la lucha por el poder. Este periodo fue de promesas dogmáticas e infames acusaciones de traición, escándalos de corrupción y carreras de ratas, intrigas y clientelismo, desdén de la verdad y puños de lodo para quienes más mérito tenían.

Al mismo tiempo, fueron esos los mejores quince años de los últimos tres siglos de la historia de Polonia. ¿Cuál es el resultado de la transformación polaca?

Los obreros, que exigían derechos ciudadanos en 1980, disponen hoy de todas esas leyes. A pesar de ello, las condiciones de vida son a veces dramáticamente difíciles; el comportamiento de los propietarios empresariales recuerda las costumbres de la época del gran capitalismo. Sin embargo, los trabajadores disponen de sus propios derechos sindicales independientes del aparato de poder del Estado. Otra cuestión gira en torno a la capacidad de estos sindicatos de aprovechar hábilmente dichos derechos, si pueden renunciar por siempre a sus sueños de poder de antaño y repetir todas las formas de protesta que habían desarrollado en la época de la lucha contra la dictadura. En aquellos años cualquier manifestación en las calles, cualquier bloqueo de una vialidad, era un modo de debilitar y resquebrajar la dictadura –hoy deben buscar nuevas formas de hacer valer sus derechos dentro del sistema democrático del país. ¿Podrán los sindicatos renunciar a la tentación de la retórica populista, a las tareas imposibles y descabelladas de lograr alianzas políticas con partidos xenofóbicos y enemigos de la Unión Europea? ¿Será posible que logren redactar un programa de defensa de los trabajadores dentro de las realidades de la economía privada, del alto desempleo y la creciente globalización? Dejemos estas preguntas abiertas. Resulta evidente que esta situación no es exclusiva de Polonia: todo el movimiento sindical europeo se pierde en la búsqueda de nuevas formas de funcionamiento dentro de la Europa unida.

También los agricultores tienen derechos, pero se impone entre ellos el miedo a la competencia y a la inevitabilidad del cambio en la estructura del campo polaco.

También los intelectuales y los artistas recibieron todos los derechos –no los estrangula ningún orden ideológico ni ninguna censura, escriben lo que quieren y publican lo que gustan, pero se abruman al ver disminuir la inversión en la cultura y las ciencias. Sus voces –tan importantes y significativas durante la época de la dictadura– se pierden hoy en la cacofonía de palabras y sonidos de la cultura de masas.

La Iglesia católica recibió también todos los derechos y algunos privilegios que exigía desde los tiempos de la dictadura. Pero los pastores se quejan de que las ovejas ya no viven dentro de los corrales de la Iglesia. Del mismo modo, en la esfera de la política dejó de ser decisiva la voz de la Iglesia; los creyentes ya no escuchan durante las campañas electorales los llamados de los obispos y los padres, otorgando su voto de acuerdo con sus propios intereses y gustos.

Por ello, a pesar de que todos ellos recibieron los derechos por los que luchaban en agosto de 1980, nadie está contento en esta Polonia libre.

En la novela de Wojciech Kuczok encontramos un monólogo del viejo K: “Pero vaya, qué tiempo de ladrones, que insolentemente nos estafan en pleno día [...] ay, si yo gobernara extirparía esta plaga, exterminaría hasta el último.”

 

VII

Las olas de descontento son el reflejo de los resultados de cada una de las elecciones parlamentarias. En efecto, esto muestra que el sistema democrático funciona correctamente; la sociedad recibió el derecho a los cambios pacíficos en el poder y lo ejerce. El problema es que después de cada cambio, la sociedad espera milagros, y el tiempo de los milagros ya pasó. La primera vez todos esperaban un milagro cuando cayó el gobierno de Tadeusz Mazowiecki y eligieron a Wałęsa como presidente. Después se esperaba que el regreso de los poscomunistas al poder colmaría la nostalgia por el pleno empleo y por la seguridad social de la época de la República Popular Polaca.

La frustración provocada por el desempleo y la pérdida de la seguridad social están acompañadas por otras frustraciones –que no se hizo justicia.

Varios de los antiguos activistas de la oposición democrática y de Solidaridad de gran mérito se sienten insultados al ver la deslumbrante carrera financiera de los miembros del antiguo régimen. Ven también el aumento del crimen organizado, el incremento de la corrupción, la autocomplacencia y el cinismo de quienes sirvieron al antiguo régimen. Aquellos antiguos activistas buscan entonces a los culpables de esta situación. Muchas veces son ellos mismos, al decir que la revolución de Solidaridad fue traicionada o que quedó inconclusa; son ellos los que ven soluciones en el desenmascaramiento de los agentes del Servicio de Seguridad del Estado y en el hallazgo de sus papeles entre los archivos policiacos. Ellos repiten que las cuentas aún no están saldadas y que no se ha hecho justicia.

Tienen mucha razón –las cuentas aún no están saldadas; los crímenes aún no han sido castigados, y la virtud no ha sido recompensada.

Peor aún: la idea fundamental de la revolución de Solidaridad, el proyecto de una República autónoma –desde la industria, pasando por las alcaldías y las ciudades, hasta las instituciones centrales del país– fue reemplazado por un régimen democrático parlamentario y por una economía de mercado fincada en la propiedad privada. Atrás quedó el tiempo del heroísmo desinteresado –la ética de Solidaridad fue empujada a un lado por el espíritu emprendedor y la competencia. La nobleza social, la valentía apasionada, el honor caballeresco quedaron reducidos a mercancías no sólo raras sino muy poco apreciadas en el mercado polaco. La malicia y la brutalidad, la falta de escrúpulos y el descaro se impusieron con mucho más efectividad y popularidad en estos nuevos tiempos. Las artimañas –a veces– se disfrazan muy hábilmente de nobleza; el fanatismo se viste con las ropas de la defensa de principios. Por ello no es nada sorprendente que quienes lucharon por una Polonia libre, quienes dejaron ahí los mejores años de su vida, se sientan hoy frustrados.

Pero el punto es que cada gran cambio revolucionario despierta esperanzas y expectativas que no pueden ser alcanzadas. En este sentido, cada revolución queda inconclusa o es traicionada; ninguna logra que los pecadores sean castigados y los justos recompensados. Y ojalá que la buena fortuna nos defienda de esas revoluciones en que se ajustaron las cuentas entre las virtudes y las vilezas. Porque el final de esas revoluciones es la guillotina o el paredón. La compensación por injusticias sufridas con frecuencia provoca nuevas injusticias, que a veces son mucho más terribles que las anteriores. Basta con revisar la historia de las revoluciones de los últimos dos siglos... Quien busca una justicia perfecta no debe olvidar que sólo son perfectas las ejecuciones.

 

VIII

A principios de este año la opinión pública polaca se conmocionó cuando se hizo pública la larga lista de apellidos de los funcionarios del Servicio de Seguridad del Estado, de los agentes del Servicio y de las personas que el mismo Servicio intentó y buscó cooptar en vano. Los nombres estaban mezclados, no había manera de descubrir en qué forma se habían ordenado. Decenas de miles de personas se sintieron ultrajadas, y este era sólo el comienzo del espectáculo. A partir de este momento la prensa y la televisión revelaron sin cesar nuevos nombres de supuestos agentes, citando datos de los archivos policiacos.

Conmocionado, Władysław Frasyniuk, indiscutible héroe de la revolución de Solidaridad, escribió: “No pude mantenerme callado cuando Lech Wałęsa se encontró humillado por los ataques de cooperación con el Servicio de Estado; ni cuando comenzó la salvaje lustracja* de ciertos políticos que antes habían cruzado inmaculados el proceso de la lustracja; ni cuando afirmaron que Zbigniew Bujak era ‘la puerta del Servicio Secreto’ hacia la clandestinidad de Solidaridad.”

Wojciech Kuczok cierra su libro Gnój con un llamado significativo: “¡Que los joda un rayo y que queme todo esto para siempre!”

“Pero ese día –escribe Kuczok– en lugar de la caída de aquel rayo tuvieron estiércol –sentían de repente el hedor por toda su morada, llegaba hasta los techos, lo sintieron de repente y se desconcertaron, comenzaron entonces a llamarse unos a otros y preguntarse qué era ese olor, como si estuvieran de repente asustados, era tal vez el principio de la putrefacción de la conciencia. [...] Bajaron y se asomaron por la puerta entreabierta, y el agua con estiércol empapó al vecino que se encontraba más abajo; el hedor los golpeó con doble fuerza. Las mujeres exclamaron desmayándose: Dios mío, las aguas negras están aquí.”

Hoy mancillar la revolución de Solidaridad y a sus héroes, partiendo de los archivos del Servicio de Seguridad, es para unos un acto heroico, y para otros, como tirar una granada en una sentina: a algunos los mata, a otros los hiere y a todos los impregna del hedor. Y ahora todos –los heridos, los salpicados– vamos a festejar el vigésimo quinto aniversario de agosto.

Sólo nos queda creer que el organismo del cuerpo polaco rechazará el veneno de las mentiras históricas y la perversa axiología de la vida pública. Sólo nos queda creer que después de estas cataratas de lodo quedará alguna forma de reencontrar el sentido perdido, que aprenderemos a hablar con sensatez de eso que nos atrevimos a hacer.

Sin embargo, haber desmontado la dictadura comunista sin derramar sangre, la recuperación de la soberanía, la construcción de una democracia parlamentaria y una economía de mercado, el crecimiento económico, la adhesión a la OTAN y la Unión Europea, la estabilización de las fronteras, las buenas relaciones con nuestros vecinos y las minorías nacionales, no creo que sean poca cosa.

Es por eso que veinticinco años después de agosto de 1980 me repito a mí mismo aquello que me enseñó el inolvidable Antoni Słonimski: Polonia es un país de acontecimientos milagrosos e inesperados, en la caldera polaca se entrelazan el diablo y el ángel.

En Polonia todo es posible –incluso los cambios que traen mejorías.

Gazeta Wyborcza, núm. 199,

publicada el 27 de agosto de 2005.

 

Post scriptum

Escribí este texto hace cuatro años. Eran años sumamente importantes para mi país. En el otoño de 2005 tuvieron lugar elecciones presidenciales y parlamentarias en las que la victoria completa fue del Partido Prawo i Sprawiedliwość [Derecho y Justicia]. Este partido creó una alianza electoral a la que invitó a otros dos partidos de populismo extremo: el partido poscomunista y el posfascista. El poder de esta exótica coalición –puesto que Derecho y Justicia era una de las líneas de Solidaridad– introdujo en Polonia un régimen que es una variante local de las ideas de Putin y Chávez. Intentaron atemorizar a la opinión pública a través de campañas en medios de información que el partido controlaba. Eran campañas de odio en que las insinuaciones y las mentiras eran el pan de cada día. Partiendo de los medios de información totalmente controlados, comenzaron a inmiscuirse en los medios privados y a penetrar el sistema de justicia independiente. Para lograr esto utilizaron los archivos del Servicio de Seguridad del Estado comunista; servicios especiales que organizaban provocaciones contra quienes se oponían al gobierno de los hermanos Kaczyński, presidente y primer ministro. Utilizaban a las procuradurías que perseguían a los opositores de este régimen con argumentos fabricados. Organizaban histerias propagandísticas contra los alemanes y los rusos. Polonia se reducía a un país aislado y cada vez más grotesco.

Después de dos años de provocaciones incesantes pero no siempre fructíferas, e incidentes al interior de la coalición, llegaron las siguientes elecciones. El partido de los hermanos Kaczyński fue apartado del gobierno.

Hoy Polonia es un país normal. Tenemos problemas normales con la crisis, tenemos conflictos normales en el Parlamento, escándalos normales y relaciones normales con nuestros vecinos. Es un placer ver que mi país es normal de nuevo. Cuando menos por un rato... ~

Traducción del polaco de Yuna Blajer de la Garza

 

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* El término polaco, acuñado en los últimos años, se refiere al proceso mediante el cual se pretendía aclarar las responsabilidades de cada persona en la revolución de Solidaridad, en aras de limpiar –de lustrar– su nombre.– N. de la T.