Weber entre nosotros | Letras Libres
artículo no publicado

Weber entre nosotros

Según el pensador alemán hay dos tipos de sistemas de legitimidad, el sistema de leyes y el del carisma premoderno. 

 

Lo que parece un montaje perfectamente planeado no es el supuesto ”fraude” que dio el triunfo a Peña Nieto en las elecciones, sino la estrategia de López Obrador para probarlo. Un desenlace anunciado desde el arranque de la campaña electoral. AMLO es predecible. Por meses denunció las encuestas “copeteadas”; su “compra” por el PRI es ahora una de las pruebas que presenta al TRIFE para anular la elección. De nada sirve que esas encuestas, que se equivocaron en el puntaje pero no en los resultados, probablemente lo favorecieron invitando a los votantes priistas a no ir a las urnas y a los suyos a votar en masa.   

Repitió una y otra vez que Televisa había “impuesto” a Peña y no había equidad en la cobertura de las campañas. Los medios no tienen poder para construir un candidato de la nada e imponerlo a los votantes en ninguna democracia, en ninguna parte del mundo. Ni siquiera Murdoch con su imperio mediático pudo hacerlo: en Inglaterra apoyó a políticos hechos que se encaminaban a la victoria, como Blair o Cameron, que hubieran ganado de cualquier forma y, ciertamente, Romney no era el candidato de Fox News en Estados Unidos. Nada de eso ha matizado la posición de López Obrador: la imposición anunciada se ha convertido en un dogma para AMLO y sus seguidores.

No se tocó el corazón para descalificar al IFE cuando avaló los resultados de la elección, refrendó la equidad de la campaña y comprobó que no había habido irregularidades, ni en el conteo de votos ni en el proceso electoral. A renglón seguido AMLO transitó al siguiente estadio de su orquestada estrategia: la “compra” de millones de votos que, según él, justifican invalidar la elección.

Sus asesores deben haberlo disuadido de acusar al PRI –y al PAN– de “comprar” al 70% del electorado que votó contra él. Una afirmación que hubiera sonado descabellada aún en boca de López Obrador. Se ha contentado con reclamar la compra de 5 millones (una cifra curiosamente suficiente para darle el triunfo). Si el PRI hubiera comprado esos millones de votos a 700 pesos por cabeza(una suma que le hubiera permitido competir con las donaciones que el PRD ha repartido por años entre sectores de la población del DF que son ahora parte de su electorado cautivo), hubiera gastado la exorbitante cantidad de 3,500 millones de pesos y desplegado a decenas de miles de “mapaches” compra-votos. Una operación tan amplia y visible que nunca se le hubiera escapado ni a los observadores de la campaña, ni al IFE.                                                                                                                   

¿Qué separa a quienes respetamos el Estado de derecho –y hubiéramos reconocido el triunfo  de cualquier candidato si lo hubiera confirmado el IFE– y a aquellos que mandan al diablo a las instituciones porque su candidato perdió,más allá de los números, la racionalidad y las leyes?

Dos fuentes de legitimidad distintas. Max Weber, el célebre pensador alemán que tipificó los tipos de dominación política, estaría feliz entre nosotros documentando el choque paralelo entre dos sistemas contradictorios de legitimación: un sistema racional de leyes y uno de dominación carismática premoderno. Pierdan toda esperanza quienes esperan que López respete las resoluciones de las instituciones del país. Para él, sólo “sus datos”(encuestas sin fuente, boletas robadas y videos hechizos) valen; todo se rige de acuerdo con sus normas. Su epitafio político será, en efecto, el lema que él mismo acuñó:”¡Al diablo con las instituciones!”

Sus proclamas y medidas han cancelado el debate y la crítica entre sus seguidores y quienes intentan inútilmente hacerlos entrar en razón, porque no están inscritas dentro de un marco democrático. Quienes propagan las consignas de AMLO, no apoyan políticas concretas: creen en dogmas que no admiten discusión y repiten mantras intuitivos que no tienen sustento en la realidad.    

Los liderazgos carismáticos son irracionales: incluyen a todos los líderes religiosos de la historia –ejemplares o no– y a una caterva de dictadores totalitarios y demagogos muy poco recomendables. Seguirlos implica un salto al vacío que puede terminar en el paraíso postmortem o en un infierno terrenal. Los liderazgos carismáticos premodernos –advierte Weber– son esencialmente inestables porque dependen de los delirios del líder en turno. Y ese es el riesgo que corremos en México. El 70% del electorado que votó contra AMLO, y el 70% de encuestados postelectorales –según Reforma– que piden que se reconozca el conteo del IFE y están decididos a respetar la decisión del TRIFE, no deben olvidar que el escenario más probable cuando el mesianismo de líderes carismáticos premodernos triunfa sobre el imperio de la ley es la violencia. La peor alternativa posible para México. 

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