Ver a Hidalgo a los ojos | Letras Libres
artículo no publicado

Ver a Hidalgo a los ojos

La historia mexicana posterior al mundo prehispánico no cuenta con un museo apropiado. La necesidad está ahí.

Mi hijo de siete años y yo aprovechamos las vacaciones de invierno para visitar una exposición en el Museo de Historia Natural de Los Ángeles sobre una de mis obsesiones de infancia: las momias. Pocas cosas más divertidas que descubrirle mundos a los hijos, y mucho más (para ellos) cuando involucran huesos. Mateo estaba fascinado. La exposición repasa los rituales fúnebres, diferentes pero vinculados por ciertas prácticas, de las antiguas culturas de Perú y Egipto. Para mi hijo, el momento culminante llegó en la penúltima sala, dedicada al arte de la reconstrucción facial. Hay algo mágico en ese proceso de sumar capas de músculo y piel para reencontrar un rostro embalsamado hace miles de años hasta tenerlo ahí en su aparador, mirándolo a uno de frente, con la misma viveza con la que observaba, quizá, el fluir del Nilo.

Al volver a casa, recurrimos a Google para buscar otras reconstrucciones faciales de gente famosa. Así pude mostrarle el rostro adolescente de Tutankamón, muerto antes de cumplir los veinte años. Después encontramos la mirada impresionante de Ötzi, el hombre de las nieves muerto hace cinco mil años en las heladas alturas entre lo que hoy es Austria y Alemania. Después vimos a Bach, con su cara redonda y bonachona, o a la enorme nariz de Copérnico. La maravillosa reconstrucción del rostro de Ricardo III me dio la oportunidad de platicar la historia shakesperiana y la no menos fabulosa manera como fue hallado el esqueleto del maltrecho rey. Hasta nos encontramos al temible Robespierre con todo y sus verrugas (esa historia me la quedé para otro momento).

Después de nuestro largo recorrido por la, digamos, historia facial del mundo, mi hijo me preguntó por México. Le sorprendió que no nos hubiéramos topado con ninguna figura de nuestra historia entre la serie de reconstrucciones. Su queja es la mía también, no sólo en esta técnica concreta sino sobre nuestros museos en general. Pocos países con un pasado tan rico y variado como el nuestro. Aun así, y a pesar de los notables esfuerzos de los arqueólogos mexicanos, el Museo de Antropología está lejos de su potencial, sobre todo por lo que hace a nuevas tecnologías. Lo mismo podría decirse del Museo del Templo Mayor, cuidado con esmero pero condenado al retraso tecnológico. ¿Imagina el lector el tipo de recorridos virtuales que podrían hacerse a través de la antigua Tenochtitlán?

La historia mexicana posterior al mundo prehispánico no cuenta con un museo apropiado. La necesidad está ahí. Basta recordar el éxito de la exposición del bicentenario en Palacio Nacional, a la que acudieron más de un millón de personas. Las banderas antiguas, las ropas y hasta las osamentas de los héroes de la patria inspiraron devoción. Hay mil temas de historia social, cultural, económica y demás que podrían cubrirse con tecnologías modernas.

Como parte de la oferta imagino, de pronto, lo sorprendente que sería someter los restos de Guerrero, Hidalgo, Aldama, Allende y Morelos (si es que de verdad se trata de Morelos, pero esa es otra historia) a la misma reconstrucción facial que fascinó a mi hijo en su breve viaje al pasado. Lo mismo podría hacerse, con otras figuras de la historia mexicana, desde los ciudadanos de Teotihuacán (el laboratorio de la eminente doctora Linda Manzanilla ya ha hecho experimentos notables en la UNAM) hasta ciertos protagonistas de la Revolución. A mí, al menos, me emocionaría.

Pero más allá de la reconstrucción facial (y las ganas que me quedan de ver a los ojos a Miguel Hidalgo) ¿por qué no crear con nuevas tecnologías un museo de historia mexicana que haga honor al trayecto entero del país? A pesar del gran número de museos que ya hay en la ciudad de México, hay espacio para un recinto que permita a los niños recorrer la construcción de uno de los países más complejos del mundo. Imagino que el sector privado se sumaría con gusto a un proyecto así. Digo, se vale soñar.

(Publicado previamente en el periódico El Universal)