Una lectura del debate | Letras Libres
artículo no publicado

Una lectura del debate

El siguiente debate debe ser abierto. Y si los partidos se resisten, el IFE deberá sacudirse el temor y apelar directamente a la opinión pública.

Si pensamos solo en el debate del domingo, el ganador fue Gabriel Quadri. Al repetir hasta el cansancio aquello de “los políticos que se pelean”, Quadri logró crear un personaje que seguramente resultará atractivo: el del outsider que mira a la clase política con una mezcla de asombro y decepción. Si a eso agregamos la desatinada indiferencia con el que sus tres rivales trataron a Quadri —ni siquiera se les ocurrió explicar el vínculo del académico con Elba Esther Gordillo— es posible prever que Quadri le asegurará a su partido el ansiado registro, asunto lamentable: un hombre bueno al servicio de lo malo.

La otra manera de medir el triunfo en un debate es el impacto que el encuentro tiene sobre la dinámica del proceso entero. Desde esa óptica, me parece que Enrique Peña Nieto se llevó la mejor parte. Como puntero, Peña solo necesitaba empatar, incluso perder de manera estrecha. Es evidente que se preparó exactamente para eso. Peña llevaba la encomienda de responder a cada uno de los ataques en su contra, incluso aquellos que pudieran abrirle flancos. Y así lo hizo. No dejó cabos sueltos. A veces sin tener que hacerlo, picó todos los anzuelos que le tiró López Obrador, incluso aquellos que no se referían a él de manera directa.

Peña también hizo lo que marcan los cánones cuando tomó los ataques en su contra e intentó revertirlos. Su intercambio con Josefina Vázquez Mota fue exitoso. En esencia, Peña aprovechó las bajísimas expectativas que tontamente le asignaron sus oponentes antes del encuentro. Nunca será un orador elocuente (su uso de ciertos verbos haría sonrojar a un maestro de primaria). Pero nadie podrá decirle que no puede ligar dos palabras (“si no quiere revisar la tarea, Josefina, no la califique”).

El problema es de sus rivales, que insistieron en catalogarlo como un oligofrénico cuando es, en realidad, un político de discurso limitado pero instintos eficaces.

¿Qué se puede decir de los otros dos candidatos? Josefina Vázquez Mota siguió al pie de la letra una estrategia obvia y conocida: propuesta, luego ataque. Casi en cada intervención habló de su proyecto y, de inmediato, atacó al puntero, a quien siempre se refirió como “el candidato del PRI”, intuyendo que ligar a Peña con la historia de su partido es requisito indispensable para minar su ventaja. Pero a Vázquez Mota le faltó fuerza. El tono sentimental tiene sus límites. En un debate, el candidato tiene que transmitir don de mando. No vi eso en la aspirante del PAN. Su poca firmeza a la hora de defenderse del tan previsible ataque peñanietista sobre sus inasistencias a la Cámara de Diputados es un ejemplo evidente.

Andrés Manuel López Obrador me sorprendió. Creí que entendería el debate como una de dos magníficas oportunidades para refrescar su discurso y atacar al puntero, con la ventaja que le da la experiencia. No hizo ni lo uno ni lo otro. Durante 45 minutos optó por ignorar las preguntas y exponer, en cambio, su teoría de la conspiración del México moderno. En ánimo de “informador”, hizo referencias históricas que el público puede o no haber entendido. Luego insistió una y otra vez en la “imposición” de Peña Nieto, con las televisoras como villanas. ¿De verdad cree que los votantes mexicanos —los indecisos, no las redes sociales, no la base dura del lópezobradorismo— va a darle la espalda a Peña Nieto por…Televisa? Cuando finalmente atacó, López Obrador consiguió sacudir al priista. Aquel intercambio sobre Bejarano y Ponce fue, sin duda, lo mejor de la noche. En general, sin embargo, me parece que López Obrador desperdició el encuentro. No era el día para repetir el mismo mensaje de hace años. Era el momento para sacar de sus casillas al puntero con un discurso distinto, mucho mejor preparado. El mismo López Obrador de siempre no va a ganar esta elección. Es extraño que no lo entienda.

Lo urgente ahora es modificar el formato del segundo debate. El IFE tiene que intentar persuadir a los partidos de realizar un encuentro moderno, con público. No debe dar a conocer las preguntas antes de tiempo. Ni tampoco —¡Dios mío!— permitirle palomearlas a ningún asesor de ningún candidato. Eso no es equidad, eso es chapuza vil. El siguiente debate debe ser abierto. Y si los partidos se resisten, el IFE deberá sacudirse el temor y apelar directamente a la opinión pública. Si las redes sociales no sirven para esa presión, ¿para qué sirven?