Un país sin héroes ni villanos | Letras Libres
artículo no publicado

Un país sin héroes ni villanos

El discurso público sobre qué queremos lograr como país está completamente extraviado. No hay una narrativa que convenza y unifique voluntades. 

El discurso público sobre qué queremos lograr como país está completamente extraviado. No hay una narrativa que convenza y unifique voluntades. No hay objetivos nacionales que generen consenso real. La paz, el orden, el Estado de derecho, el crecimiento económico, la justicia social, la prosperidad… esas metas valiosas y deseables están perdiendo significado por la falta de credibilidad de los liderazgos políticos, económicos y sociales.

Toda narrativa necesita héroes. Pero en México parece que ya no los tenemos. No se aplaude ni a soldados ni marinos que todos los días arriesgan la vida para detener criminales, ni a los policías que se resisten a la corrupción. Tampoco hacemos mucho caso a todas las personas de bien que cada día cumplen con su deber en todos los ámbitos. Ahí está uno de nuestros peores defectos: nuestra incapacidad para ver y premiar lo bueno que hay en la sociedad. Por eso carecemos de modelos a seguir, porque aunque existen, no los reconocemos ni les damos aliento.

Y si no hay héroes, tampoco hay villanos contra quienes luchar. El caso de “El Chapo” desnuda nuestra incapacidad para distinguir lo que está bien de lo que está mal. Sean Penn y su “entrevista” a este delincuente es una auténtica desgracia. Ríos de tinta están corriendo para lapidar la soberbia y la ignorancia del irritante actor y activista convertido en reportero. Él dice que “no logró su objetivo”, pero yo creo que sí logró algo: le dio voz a lo que piensa mucha gente en México. A la idea de que “El Chapo” no es tan malo y si hay narcos como él es porque hay pobreza, o que “El Chapo” es en realidad un gentil hombre de negocios que, si la droga fuera legal, no andaría matando gente.

La reacción social al caso de Kate del Castillo también es de no creerse. En el afán de humillar a un gobierno que no se cansa de humillarse a sí mismo, pasamos por alto que además de una “tierna amistad”, ella posiblemente tenía una relación de negocios (lo que implicaría lavarle dinero al narco) con un sociópata que ha enlutado a miles de hogares. Concedamos: denunciar a un amigo criminal no es un delito. Pero de ahí a alegar que lo que hizo la actriz no merece repudio social y que “el gobierno no quiere que ella diga su versión”, como si fuera una perseguida política que alguna vez tuvo algo importante que denunciar, hay una gran distancia.

Para completar esta tragicomedia tenemos a un gobierno que no encuentra –y creo que ya nunca encontrará– un discurso convincente. Lejos de darle un respiro en la racha de malas noticias, la recaptura de “El Chapo” se convirtió en otro dolor de cabeza para nuestro atribulado presidente, no solo por el protagonismo que adquirieron Del Castillo y Penn, sino –una vez más– por la forma en la que Enrique Peña Nieto decidió comunicarse con la sociedad.

“Misión cumplida” escribió el mandatario en Twitter para anunciar su logro. Si este mensaje triunfalista ya era excesivo, el acto solemne en Palacio Nacional superó cualquier pronóstico. El presidente habló a la nación como si estuviera anunciando la recuperación de los territorios de Texas y California, y no la captura de un rechoncho criminal de casi sesenta años que se fugó por un hoyo cavado con ayuda de varios funcionarios corruptos. Desproporcionado en tono, el discurso presidencial fue un acto de desagravio personal que cayó muy mal.

¿Qué le faltó a este discurso? Un mínimo de autocrítica y reconocer el profundo malestar que significó la segunda fuga de este delincuente. Faltó una narración real de los hechos: se fugó, lo ayudaron, nos ofendió, pero ahora lo reaprehendimos porque era lo mínimo que podíamos hacer para cumplir nuestra obligación. Y también faltó un esbozo de qué sigue, qué se hará para asegurar que nunca más un delincuente tan peligroso vuelva a burlarse de la sociedad. Una vez más, el presidente deja ir una oportunidad para reivindicarse ante los ojos de los ciudadanos.

Convertido, con ayuda del tequila, en experto en política mexicana Sean Penn sentenció que “El Chapo” no solo es un criminal poderoso, sino “el otro Presidente de México”. Hoy ese “otro presidente” está en la cárcel. Pero no debemos olvidar que él y sus admiradores son producto de una sociedad que premia la deshonestidad y celebra el “éxito” mal habido. ¿Nos vamos a seguir burlando de esta situación con memes y chistes? ¿Seguiremos culpando de todo y al mismo tiempo esperando todo de nuestros políticos? ¿O seremos capaces de entender que la narrativa que necesita México la vamos a escribir nosotros cuando decidamos romper las cadenas de la corrupción, la impunidad y el cinismo? Tal vez lo logremos. O tal vez, como el mismo “Chapo” lo dijo al referirse a su negocio de  la muerte: “esto nunca se terminará”.  Yo no me resigno a que esto sea así.

 

 

 


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