Un demócrata peculiar | Letras Libres
artículo no publicado

Un demócrata peculiar

Las convicciones democráticas del primer ministro de Turquía están puestas en entredicho por sus propias acciones. 

No es un buen síntoma de salud democrática cuando un líder político empieza a hablar de sí mismo en tercera persona. Es el caso del primer ministro turco Tayyip Erdogan que advirtió a los manifestantes reunidos en Gezi, un parque que colinda con la plaza Taksim en el corazón de Estambul, que “Tayyip Erdogan no cambia jamás”. Probablemente a Erdogan le gusta admirar el poder que detenta desde una perspectiva virtual y habla de sí mismo como si se viera desde fuera. El asunto sería menor si no hubiera estado acompañado en estos últimos días por la represión policíaca que ordenó para desalojar a los manifestantes que han ocupado Gezi desde el 31 de mayo, y que ha dejado varios muertos y cientos de heridos.

Tampoco habla bien de las convicciones democráticas de Erdogan la retahíla de descalificaciones que ha dirigido a los opositores que convirtieron el parque en su casa temporal. Los ha desechado como una bola de “vagos”, vándalos y hasta “terroristas”. Lo cierto es que los manifestantes son un grupo variopinto que tienen dos cosas en común: no son ni vagos ni delincuentes y buscan, más allá de salvar al parque de los horrendos y napoleónicos proyectos de arquitectura urbana de Erdogan, limitar el creciente autoritarismo del primer ministro.

La descalificación de los manifestantes es un signo del extraño concepto de democracia que practica el primer ministro turco. Reelecto tres veces ­–la última en 2011 con casi la mitad de los votos del electorado– ha gobernado desde 2002 tan sólo para sus votantes, como si la otra mitad del electorado fuera un fantasma incómodo y desechable. Esos son los ciudadanos de la plaza Taksim: intelectuales, periodistas, amplios grupos de jóvenes y profesionistas, más uno que otro radical de izquierda, que desean preservar el Estado laico que estableció el padre de la Turquía moderna, Kemal Ataturk, quieren vivir en una democracia plena y proteger la belleza de Estambul.

Sienten, con razón, que con el paso de los años el Islam light en el gobierno que representa el AKP, el Partido de la Justicia y Desarrollo que encabeza Erdogan, ha derivado en una serie de leyes abiertamente religiosas –en contra del aborto, prohibiendo manifestaciones de afecto entre parejas o limitando el consumo de alcohol– que vulneran el laicismo legado de Ataturk y el modo de vida moderno de amplios sectores urbanos.

El autoritarismo de Erdogan preocupa aún más a los manifestantes de la plaza Taksim. No es sólo el paternalismo del líder del AKP y su desprecio por el electorado que no votó por él lo que ha vulnerado la democracia turca en los últimos años.  El primer ministro ha limitado la libertad de manifestación y la libertad de expresión, dos puntales de cualquier democracia plena. En Turquía hay más periodistas encarcelados que en China y la (re)presión del gobierno ha derivado en la autocensura de los medios, evidente en los últimos días. El pingüino con máscara de gases es una de las imágenes del movimiento de la plaza Taksim: muestra de su naturaleza pacífica y del ahogo de la libertad de expresión en el país. Mientras las televisoras del mundo mostraban las imágenes de la violencia policíaca en Taksim, una de las estaciones más importantes de Turquía transmitía un largo documental sobre la vida de los pingüinos.

La respuesta verbal del gobierno frente a los manifestantes tampoco sabe a democracia. En los últimos días, antes de optar por el violento desalojo definitivo de la plaza, Erdogan trató de limitar la protesta al parque y prometió un referendum, pero en el camino alimentó la polarización entre los votantes conservadores y religiosos de provincia, que son su base de apoyo,y los sectores urbanos laicos y modernos. Mientras la policía atacaba a los manifestantes en Taksim y detenía a 4000,incluyendo hasta a los médicos que los atendían, Tayyip Erdogan presidía un acto de acarreados azuzando a sus seguidores contra “la minoría” que quiere dominarlos a ellos, “la mayoría”. Ha atacado a empresarios y banqueros privados –“especuladores” les dice–,  promoviendo un boicot de sus productos y servicios y ha elaborado una teoría conspiratoria que ve en los desórdenes la mano de agentes externos. Estos “enemigos”, que incluyen a cadenas como la BBC, CNN y la agencia Reuters (que “fabrican noticias” y distorsionan lo que sucede en Turquía),  conforman un misterioso “cabildo de las tasas de interés”,empeñado en bloquear el progreso económico turco elevando artificialmente la tasa de interés.

La distorsión noticiosa es,por supuesto, falsa. Tampoco el cabildo existe, pero la acusación puede afectar el flujo de capitales externos –44.4 miles de millones de dólares entre enero y marzo de 2013– que ha cubierto el 94% del déficit(47 mil millones de dólares) en cuenta corriente del país. Erdogan se está corriendo el riesgo de poner en la balanza el crecimiento económico de Turquía que ha sido uno de sus mayores logros. También está en juego la negociación con la Unión Europea para la futura incorporación de Turquía, la reforma constitucional que le permitiría gobernar 10 años más como presidente, el proyecto de paz con los kurdos y la creciente influencia del país en el Medio Oriente.

Al parecer, el poder absoluto empieza a corromper absolutamente en un decenio. Como a Vladimir Putin en Rusia, una década en el poder ha convertido a Tayyip Erdogan en un político inflexible convencido de su infalibilidad, alérgico a la crítica y brutal frente a cualquier oposición. Demócratas muy peculiares.  

(Publicado previamente en el periódico Reforma)