¿Por qué no se pudo, Obama? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Por qué no se pudo, Obama?

El tamaño de la decepción con Obama no está en lo poco o mucho que logró visto objetivamente. Sino en la brecha entre las expectativas que generó y la cruda realidad de una década en verdad compleja.

Lo confieso sin pudor: soy un fan absoluto de Barack Obama. Creo que desde John F. Kennedy la Casa Blanca no había tenido un residente tan inspirado y talentoso para el discurso. Algunos me dirán que Ronald Reagan. Sin duda, otro gigante del podio. Pero Obama es Obama. Les cuento las tres veces que lo he escuchado dar un discurso.

En enero de 2009 estuve en Washington D.C., congelándome a menos no se cuántos grados, para la ceremonia de investidura del primer presidente afroamericano de Estados Unidos. Nunca me había emocionado tanto un discurso. La reacción de la gente ante cada frase profunda fue electrizante. La conexión emocional de Obama con una audiencia masiva que le respondía “¡Amen!” y “¡Aleluya!” era más de iglesia que de mitin político. Confieso que se me salieron las lágrimas en un par de frases memorables, como cuando dijo que él es “un hombre cuyo padre hace menos de 60 años no hubiera sido atendido en un restaurante local, y que hoy puede estar ante ustedes para prestar el juramento más sagrado”. Respiré profundo para que mi esposa y mis amigos no pensaran que era un cursi, pero no pude contener la emoción. Si ya saben cómo soy, para qué me invitan.

Lo volví a escuchar en abril de 2009. Era yo redactor de discursos en Los Pinos. Cuando supe que Obama vendría a México, le pedí a mi jefe redactar el primer borrador del discurso que daría el presidente Calderón en la ceremonia oficial de bienvenida. Mi motivación no era noble. Quería mi mano a mano con Jon Favreau, el redactor en jefe de la Casa Blanca, un cuate apenas unos años menor que yo, a quien los medios estadounidenses habían endiosado como el genio detrás de la retórica obamesca.

Le puse muchas ganas a ese texto. Las grandes injusticias de la relación México-Estados Unidos me daban impulso e inspiración. En concreto, las injusticias de mi vida laboral comparada con la de Favreau: “Serás famoso y ganarás mucho más que yo, Favreu. Te harán reportajes porque trabajas para el hombre más poderoso del mundo en la Casa Blanca. Escribes rodeado de top models, champagne y caviar. Pero ante la página en blanco tú y yo somos iguales, Favreu, ya verás…” rumiaba en mi cabeza, mientras le daba una mordida a mi torta, me entregaba frenéticamente a la redacción del discurso del presidente y soltaba alguna risotada malévola que retumbaba en los sótanos de Los Pinos a la media noche. Qué tiempos aquellos.

Pero me estoy desviando. Les contaba: Obama llegó a Los Pinos, se bajó de “La Bestia” y con absoluto aire de rock star llegó envuelto en aplausos de la concurrencia, que se le entregó desde el primer momento. Calderón leyó su discurso, cortado en el ritmo por una pésima traducción consecutiva. A pesar de ello mi propuesta original había sufrido pocos cambios en las revisiones del presidente y mi ego estaba por los cielos. “Ahora sí, Favreu, muéstrame lo que traes”, pensé. Entonces, cuando Obama tomó la palabra, me di cuenta de que no traía un discurso preparado. Comenzó a improvisar. Y lo hizo con gran naturalidad y elocuencia. Ahí descubrí que Favreu no era el arma secreta de Obama: era simplemente un instrumento que él usaba con maestría para sacarle el máximo brillo a una espectacular capacidad oratoria. No en balde se han escrito tesis doctorales sobre sus discursos y hasta artículos sobre el efecto del tono barítono de su voz en sus audiencias.

La tercera vez que le escuché fue en su última visita a México, en mayo de 2013, en el evento del Museo de Antropología. El cuerpo del discurso fue muy bueno, con todos los ingredientes que debía tener: humor, anécdota, cultura, citas citables, argumentación lógica, acciones concretas. Pero el cierre fue de antología. De esos que uno dice: “¡Por que no lo escribí yo, caray!”. Fue un mensaje directo a los mexicanos: ustedes son un gran pueblo y tienen que creer más en ustedes mismos. El vecino nos vino a decir las palabras de aliento que no nos podemos decir entre nosotros. Esa pieza fue para mi un verdadero ejemplo de libro de texto de cómo se hace un llamado a la acción a través de las emociones. 

Toda historia tiene su drama. Una noche de 2008, en plena campaña electoral, Hillary le recordó a Obama las palabras de Mario Cuomo: “se hace campaña con poesía, pero se gobierna en prosa”. O sea, muy bonito el discurso, muy buenas las promesas, pero así te va a ir gobernando porque no lo sabes hacer. “Estaríamos mejor con Hilary”, dirán muchos ahora. Yo tengo mis dudas.

Hoy Obama está muy alicaído. Se le considera aquí y allá un fracaso. El bully Putin (todo un oxímoron) lo desbancó por segundo año consecutivo de la lista de los más poderosos del mundo. Uno no podría creer que un Presidente de Estados Unidos que hizo historia solo con llegar al puesto, ganó el Premio Nobel de la Paz, evitó una depresión económica, neutralizó al liderazgo de Al Qaeda y ha gobernado con bastante decoro a un país muy complicado en tiempos difíciles, se vería tan derrotado. Pero lo está. Ya hasta sus discursos son criticados por no haber construido una narrativa exitosa de su gestión. Se acabó la magia.

Pienso que el tamaño de la decepción con Obama no está en lo poco o mucho que logró visto objetivamente. Tal vez está en la brecha entre las expectativas que generó y la cruda realidad de una década en verdad compleja. O tal vez tiene que ver con su afán de tender puentes y negociar, ahí donde solo hay brechas que se abren cada día más. Ya se ha escrito mucho y muy bien al respecto y no voy a abundar en hipótesis aquí.

Por lo pronto, estos dos últimos años con los Republicanos envalentonados controlando el Congreso serán todavía más difíciles y ríspidos para Obama. Espero que a pesar de ello, él le siga dando a la palabra el valor que tiene para dejar testimonio de lo que hizo y de lo que intentó, así como de lo que trató de hacer y no pudo. Que nos explique por qué se murió el “Yes we can” que a tantos nos emocionó. ¿Por qué no se pudo, Obama? Solo así, al paso de los años, la historia le hará un juicio justo.