Pepe Mujica, el rey filósofo | Letras Libres
artículo no publicado

Pepe Mujica, el rey filósofo

Tres elementos que explican la popularidad del discurso de Mujica dentro y fuera de Uruguay.

En La República, Platón sostenía que el gobierno ideal debería ser responsabilidad de una clase dirigente formada por hombres educados cuidadosamente desde la niñez. El sistema iría decantando a los más virtuosos, a aquellos que tuvieran las mayores cualidades intelectuales y morales. A partir de los 50 años, edad en la que según Platón el hombre alcanza la madurez, estos filósofos podrían convertirse en reyes. Su ética y su sabiduría les permitirían tomar las mejores decisiones.

En los últimos cinco años, Uruguay estuvo gobernado por una especie de rey filósofo postmoderno. Hablo, desde luego, del carismático Pepe Mujica, quien el pasado domingo 1 de marzo entregó el Poder Ejecutivo al nuevo mandatario, Tabaré Vázquez.  Mujica ha cautivado al mundo con su elocuencia, su sencillez personal y su filosofía de vida y se ha convertido en una verdadera estrella mediática. Sus frases, memes y discursos se han viralizado en internet, hasta convertirlo en todo un fenómeno global.

Hay muchos elementos que explican la popularidad del discurso de Mujica dentro y fuera de Uruguay. Comparto con ustedes tres que me parecen muy interesantes.

Uno, la fuerza de su discurso está en su propia biografía. Como lo he comentado en esta bitácora, el mensaje del uruguayo es poderoso, no solo porque tenga razón o estemos de acuerdo con él, sino por la forma en la que vive, por haber sido un presidente que habita una sencilla casa y tiene por auto un VW sedán. El ethos de Mujica y su congruencia entre lo que dice y lo que hace es lo que le da credibilidad a su discurso y el carácter de un líder digno de ser escuchado y seguido.

Dos, su mensaje es fuerte porque es emotivo. Para tratar de convencer, uno puede argumentar con precisión lógica, presentar evidencia y cifras, acudir a razones bien pensadas. Pero los discursos más memorables son aquellos que tocan las emociones de la audiencia, y Mujica lo hace como pocos. Nunca habló con el tono de un político que busca convencer o de un Jefe de Estado que proyecta autoridad por su cargo. Más bien, utilizó siempre el tono accesible y afable del abuelito buena onda y sabio que todos quisiéramos tener para pedirle consejo. De este modo, sus palabras adquieren otro tipo de autoridad: la que proviene de la experiencia, de haber visto, vivido, e incluso sufrido mucho.

Basta como ejemplo su discurso de despedida en el que entrevera la historia de Uruguay con su propia biografía. Las imágenes mentales que genera y la forma poética en la que narra su historia van directo al corazón: el niño pobre que crece lleno de sueños de justicia y que, por giros del destino, se volvió guerrillero, pero que entendió después que ni la violencia ni el comunismo eran la respuesta y optó por la política hasta llegar a dirigir su amada nación. El cierre del discurso es genial: lejos de autoproclamarse salvador de la patria, Mujica agradece con gran humildad y emoción a su pueblo por haberle dado la oportunidad de servirlo. La gratitud sincera comunica más que mil cifras. 

Y tres, su mensaje toma fuerza porque abandona la postura de la izquierda enojada y regañona. Creo que el discurso de Mujica ha resonado mucho entre las clases medias y altas de América Latina, porque no es el típico político de izquierda que fustiga al rico por ser rico. En lugar de ello apunta a una reflexión más intima, que aborda el tema del vacío existencial, con frases como: “La libertad está en consumir poco”. “Pobres no son los que tienen poco, son los que quieren mucho.” Y “si sos joven tenés que saber esto: la vida se te escapa, se te va minuto a minuto y no puedes ir al supermercado y comprar vida.”

Así, con la lógica de un filósofo y la sencillez de un monje, Mujica cuestiona los males del capitalismo salvaje, sin recurrir a emociones de enojo o revancha social. Es un discurso que mueve a la reflexión sobre la injusticia de un modo más amable, una verdadera “revolución tranquila”.

El discurso de Pepe Mujica ha sido tan poderoso y efectivo que pocos se detienen a preguntar ¿realmente dejó a Uruguay mucho mejor de como lo encontró? Para los más entusiastas, sin importar sus logros concretos Mujica es ejemplo vivo de que sí es posible hacer “política sin fines de lucro”. Para los escépticos, no es más que un gobernante promedio, excéntrico y pintoresco, que hizo algunas cosas buenas pero que también dejó muchas promesas sin cumplir.

Cualquiera que sea el balance de su gestión, es claro que Mujica es un líder que logró impregnar sus palabras de profundidad y humanidad como pocos lo han hecho en años recientes. Por eso, más que como un presidente, muchos lo recordaremos siempre como el viejito afable, que pasa la tarde del domingo cuidando su jardín, reparando su inseparable “vocho” azul y recibiendo lo mismo a reyes que a plebeyos en su humilde chacra para conversar mientras se prepara unos mates. Ojalá que, desde esa casita, el rey filósofo del Uruguay siga lanzando aforismos que nos hagan pensar, y sobre todo actuar distinto, para cambiar a nuestra atribulada América Latina.