Mujeres: tiempos de reflexión | Letras Libres
artículo no publicado

Mujeres: tiempos de reflexión

El 8 de marzo no puede enmarcar un festejo internacional cuando en amplias regiones del mundo los usos y costumbres legitiman aun- y el resto del mundo tolera- la explotación, marginación y mutilación de millones de mujeres.

Durante décadas, con o sin día internacional de la mujer, las festejadas celebramos sin reservas. Aquellas que habían nacido antes de la II guerra y habían abierto brecha a cuentagotas en las universidades y el trabajo, recordaban como si hubiera sido ayer-porque lo habían vivido- los obstáculos casi infranqueables que habían enfrentado para construirse una vida profesional fuera del ámbito doméstico y ejercer una creciente libertad. Una generación que aun necesitaba el “permiso” del padre o el esposo para estudiar o trabajar (y muy pocas lo hacían), que había transitado por largos noviazgos cargando al infaltable “chaperón”(y llegaba al matrimonio ignorante y virginal)  y que no podía hacer ejercicio porque era “poco femenino”(la bicicleta era un vehículo no solo demoníaco, sino causa de dolencias femeninas que era preferible no mencionar). Tomando con una mano la de esas mujeres, que se volvieron nuestras cómplices, y empuñando en la otra la píldora que nos permitió por primera vez en la historia decidir cuántos hijos queríamos tener y cuándo, las de la generación del 68 entramos a tambor batiente por la puerta que ellas nos habían abierto.

Estudiamos y nos incorporamos a la población económicamente activa sin pedirle permiso a nadie, mandamos a los chaperones a gorronear a otro lado y nos entregamos a los workouts de Jane Fonda como si fuera un desafío existencial cotidiano. No estábamos solas: oleadas de mujeres de uno y otro lado de la cortina de hierro rompieron en los setenta las fronteras del ámbito doméstico y los valores tradicionales, entraron a las universidades a estudiar lo que les gustaba y empezaron a ejercer como doctoras,abogadas o físicas.

Las protagonistas de esa revolución que se ha calificado como silenciosa cambiamos para siempre las percepciones tradicionales de género y de los derechos femeninos, los modos de vida y el entramado legal. Nos echamos encima, es cierto, una “doble carga” de trabajo. Ahora teníamos que atender a nuestra familia además de a nosotras mismas. Pero a diferencia de europeas y norteamericanas, las mexicanas contábamos con la mejor ayuda del mundo: la familia extendida. Había mucho que celebrar. Vivíamos en el mejor de los mundos posibles, aunque el mundo reconociera a regañadientes los beneficios de la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo.

Beneficios que son numéricamente aplastantes de acuerdo a estudios recientes. The Economist recopiló en un largo ensayo de 2011 (Closing the Gap) los resultados de estudios y encuestas de firmas como McKinsey y Goldman Sachs sobre la importancia macroeconómica del trabajo femenino. El PNB de los Estados Unidos es 25% más elevado de lo que hubiera sido sin el ingreso de las mujeres a la economía. Y si se cerrara la brecha entre la población económicamente activa masculina y femenina, crecería 9% más;  el de Europa en un 13% y el de Japón en 16%. México obtendría beneficios parecidos.

Y sin embargo, la celebración del 8 de marzo ha adoptado un perfil cada día más bajo. Hasta las mujeres hablan de las mujeres con un dejo de frustración y desencanto. Tienen razón. La revolución cultural, social y económica que prometía hace décadas extenderse sin límites y romper definitivamente fronteras geográficas y prejuicios, se ha detenido. El 8 de marzo no puede enmarcar un festejo internacional cuando en amplias regiones del mundo los usos y costumbres legitiman aun- y el resto del mundo tolera- la explotación, marginación y mutilación de millones de mujeres. En México, el 52.1% de mujeres que trabajan es uno de los porcentajes más bajos entre los países de la OCDE, y las mexicanas padecen todavía rezago educativo, leyes discriminatorias y altas tasas de acoso,abuso sexual y crímenes de género. Además, compartimos los problemas de las  mujeres occidentales que trabajan: la “doble carga” y el límite cupular que ni leyes ni sistemas de cuotas han podido romper. En cualquier país del mundo, y aun con el mismo nivel de preparación y aptitudes que los hombres, las mujeres ganan 23% menos, y conforman una delgada capa de un solo dígito en los puestos directivos de empresas y burocracias. 

No son tiempos para celebrar, pero tampoco para hundirse en el pesimismo. Por el contrario, las mujeres deberíamos inaugurar un período de búsqueda para resolver con solidaridad (bien escaso entre nosotras) los desafíos que enfrentamos y echar a andar de nuevo la revolución silenciosa.

 

(Reforma, 9 marzo 2014)