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Un vistazo al futuro: Discurso de la presidente de la República,María Hidalgo, en la Ceremonia Conmemorativa del Centenario de la Caída de los Mártires de Iguala 

Discurso de la presidente de la República, María Hidalgo, en la Ceremonia Conmemorativa del Centenario de la Caída de los Mártires de Iguala

Señoras y señores:

Hoy conmemoramos, con profundo respeto, un siglo de la Caída de los Mártires de Iguala. Todo México recuerda en esta fecha el triste acontecimiento que dio origen a un profundo cambio de nuestra sociedad: la desaparición y muerte de 49 mexicanos en la ciudad de Iguala, Guerrero hace cien años.

Los Mártires de Iguala eran jóvenes estudiantes y ciudadanos inocentes que, como recordamos, perdieron la vida a manos de criminales violentos ayudados por autoridades corruptas que traicionaron los valores humanos más elementales.

Fueron 49 mexicanos que sufrieron lo indecible a manos de la maldad. 49 personas que lo perdieron todo a manos de crueles asesinos que, de alguna manera, también eran víctimas de una sociedad perdida y deshumanizada.

Hablar del México de 2014 nos parece hoy tan extraño, porque es hablar de una sociedad sumida en una profunda crisis existencial y de valores. Parece que estamos hablando de un país bárbaro. Pero no. Hablamos de este, nuestro México hace apenas cien años.

Quien ha tenido la oportunidad de estudiar las costumbres de la época se encuentra con una sociedad obsesionada con el consumo, que medía su bienestar en términos de ingreso, crecimiento económico, compra y acumulación de bienes materiales y otras metas que hoy no tienen mucho sentido como fines personales, mucho menos como fines nacionales.

Era también una sociedad obsesionada con el poder, pero no entendido como responsabilidad o servicio, como lo vemos ahora. Era el poder en su forma más salvaje: la capacidad de decidir sobre la vida y el destino de otros por la fuerza, la amenaza, el engaño o el dinero.

El poder entonces se ejercía de modo autoritario en los hogares, en las escuelas, en los trabajos y en la política. Parecía que todos buscaban ganar algo a expensas de los demás, fuera un cargo en el gobierno, dirigir un partido político, una empresa monopólica o un cártel de la droga – los historiadores aun debaten las diferencias.

La vida era una permanente lucha por dejar de ser abusado y convertirse en abusador. Nadie quería ser víctima. Pero todos querían ser victimarios. Ese era el México del 2014.

Hoy sabemos que esa sociedad tocó fondo porque no había invertido el tiempo ni los recursos humanos, científicos y materiales necesarios para asegurar un piso mínimo de bienestar emocional en la gente.

Por ejemplo, México tenía el primer lugar mundial en obesidad infantil, una condición que tiene hoy muchos años de haber sido erradicada. Y lo tenía simplemente porque se había dejado de atender las emociones de los niños.

Cuesta trabajo creerlo, pero hace cien años éramos un país con bajo desempeño escolar por la misma razón: niños ansiosos y sin autoestima, condenados a buscar placer en el azúcar, de la misma manera en la que adultos ansiosos y depresivos buscaban la salida a sus conflictos internos en todo tipo de drogas. Se debatía con mucha pasión cuáles debían ser legales y cuáles ilegales, cuando hoy sabemos que en ninguna droga hay respuestas duraderas a las preguntas que importan.

Y qué decir de la violencia y el crimen, generados por ese sistema social competitivo basado en el logro hedonista y material, reforzado todo el tiempo por los medios de comunicación. Quien no compraba, no existía. Quien no tenía, no era nadie. Por eso había todo el tiempo gente dispuesta a hacer lo que fuera para tener “éxito”. O al menos la apariencia de lo que llamaban “ser exitoso”.

La inmensa mayoría de la gente mentía. Mentían a sus jefes, a sus parejas, a sus amigos, a sus padres y a sus hijos. Se mentían, sobre todo, a sí mismos.

Otros, en gran número, robaban. Algunos lo hacían en cantidades insignificantes y otros se habían convertido en verdaderos maestros de la corrupción y el fraude. Los primeros se justificaban con la conducta de los segundos. Unos decían que robaban porque lo necesitaban, pues eran pobres. Otros decían que robaban porque podían, porque eran ricos. Al final, todos se encubrían. Y todos perdían.

Y unos cuántos mataban. Unos cuantos estaban dispuestos a arrancarle la vida a mujeres, niños, jóvenes, hombres, ancianos, a quien fuera, con tal de poseer dinero y poder. Unos cuantos, despojados de su propia humanidad, lograron llenar el país de muerte y violencia durante las dos primeras décadas del siglo pasado.

Lo peor no era eso. Lo peor es que parecía que todos vivían en un país diferente. La dirigencia política, la élite empresarial, los profesores y estudiantes universitarios, los periodistas y opinadores, los comerciantes y trabajadores, todos se contaban su propia historia y responsabilizaban a alguien que no eran ellos. Todos hablaban de “México” no como si fuera su casa, sino como si fuera otro país, otro lugar. Se comportaban como si cada quien fuera en un barco diferente… hasta que el barco encalló e hizo agua.

El punto de inflexión vino a partir de 2014, cuando la sociedad horrorizada y sacudida por la muerte de los Mártires de Iguala, comenzó a cambiar.

Las élites comenzaron a entender que perpetuar el sistema de abuso y privilegio que durante tantos años les benefició era ya insostenible. Que generar riqueza en medio de un mar de injusticia y tragedia no sólo era inmoral: era profundamente insatisfactorio y estéril. Que si querían perdurar, tenían que empezar a compartir, a aportar, a devolver algo de lo que habían recibido.

Las clases medias comenzaron a entender que tenían que salir de su apatía. Que tenían que participar activamente en el servicio público, la filantropía, las organizaciones sociales o nunca nadie iba a responder por sus valores y preocupaciones. En especial, comenzaron a preocuparse por participar en política, porque se dieron cuenta de que lo que no hicieran ellos por si mismos, por su propio país, no lo iba a hacer nadie más.

Los pobres comenzaron a entender que ya no bastaba con decir que todo era culpa del gobierno o de los ricos y comenzaron a buscar nuevos sistemas de organización comunitaria, de creación de redes más solidarias y de una nueva cultura del esfuerzo individual.

Comenzó a entenderse que el cambio tenía que venir desde cada ciudadano para ser verdadero y duradero.

Comenzó a hablarse no de combate a la violencia o de lucha contra la corrupción, sino de construcción de una cultura de la paz y de la honestidad. Honestidad y paz en las familias. Honestidad y paz en las escuelas. Honestidad y paz en las calles. De ahí, construir la honestidad y la paz en los gobiernos fue mucho más fácil.

Comenzó a pensarse en términos de una “cadena de favores”: ayudar a quien tienes al lado, aun si esa persona no podrá devolver el favor, porque alguien más te ha ayudado o te ayudará algún día a ti.

Comenzó a entenderse que antes que preocuparse por la “imagen de México en el mundo” había que preocuparse por “qué aporta México al mundo”.

En las escuelas, empezaron a cambiar los programas de estudios.

Comenzaron a impartirse materias como “Empatía humana”, “Comunicación interpersonal”, “Cuidado de la mente”, “Prevención y solución de conflictos”, “Argumentación y debate inteligente” y muchas otras que hoy nos parecen elementales, pero que en ese entonces representaron una revolución educativa por ofrecer herramientas que la gente, simplemente, no tenía.

Comenzó a pensarse en términos de bienestar humano. Las políticas públicas se reorientaron para apoyar, desde el primer día de vida, a todo niño.

Se crearon instituciones que entonces parecían un sueño, pero que hoy son pilar de nuestra sociedad, como la Secretaría de la Niñez, el Sistema Nacional de Construcción y Preservación de la Paz con Justicia y la Secretaría de Formación y Convivencia Humana.

Solo así se logró atacar los verdaderos problemas que aquejaban a la sociedad: la insatisfacción personal, los vacíos emocionales, la neurosis permanente y, hay que decirlo, una tasa más preocupante que la inflación o el PIB: la tasa de detección temprana de psicópatas. Ello permitió darles tratamiento y reducir dramáticamente su presencia en posiciones donde podían dañar a los demás.

Se transformó a fondo la prioridad nacional para centrarse en la construcción de una sociedad más justa, más humana, más solidaria.

Se transformaron los indicadores de bienestar de lo material a lo personal. Del crecimiento económico al crecimiento del individuo y de la comunidad. Del control de la inflación al control de la insatisfacción. De medir la cintura y el bolsillo de la gente a ayudarle a tener una vida más pausada y equilibrada con las prioridades de la mente y del espíritu.

Señoras y señores:

Hace cien años México comenzó a cambiar.

Ese es el legado de los Mártires de Iguala y de millones de mujeres y hombres que desde entonces dedicaron su vida a construir, no a destruir. A dar, no a exigir. A sentir, a pensar y, sobre todo, a actuar. A entender que todos vamos en el mismo barco, que todos vivimos en el mismo país.

A ellos, los mexicanos de 2114 les damos las gracias. Si no hubieran despertado de esa pesadilla, si se hubieran quedado en la queja y la apatía, si se hubieran instalado en el cinismo, en el “¿para qué?”, en el “no se puede”, en el “es culpa de los demás, yo no puedo hacer nada”, entonces nada habría cambiado.

Pero se atrevieron a pensar diferente. Se atrevieron a hacer las cosas diferente. Se atrevieron a soñar con un mejor futuro y a trabajar para alcanzarlo. Y por eso hoy México es lo que es: una de las naciones más prósperas, desarrolladas y equitativas del mundo, con libertad y justicia para todos. Una nación en verdadera paz.

Gracias a los Mártires de Iguala. Gracias a los mexicanos de la segunda década del siglo XXI, que al igual que los que lucharon por la Independencia y los que cayeron defendiendo a la Patria en las guerras del siglo XIX, supieron estar a la altura del desafío que la historia les planteó.

Honor, remembranza y gloria a los Mártires de Iguala y a los mexicanos del 2014. Si hoy podemos ver más allá, es simplemente porque estamos parados sobre sus hombros.

Muchas gracias.