La locura de Christopher Dorner | Letras Libres
artículo no publicado

La locura de Christopher Dorner

El caso de Dorner no admite relativismos. Pero esto es Los Ángeles. Desde el principio mismo de su semana de locura, Dorner generó simpatía en redes sociales.

La policía de Los Ángeles y los angelinos tienen una larga historia de desencuentros. La historia moderna de esta ciudad se narra, entre otras cosas, desde los disturbios provocados por varios escándalos de abuso de poder policial. En 1992, Los Ángeles estuvo cerca de colapsarse cuando media ciudad se rebeló violentamente tras la decisión de un jurado de absolver a un grupo de cuatro policías acusados de golpear de manera salvaje a un afroamericano, el tristemente célebre Rodney King. La reacción de la gente, especialmente en el sur de la ciudad, fue tan violenta que las autoridades tuvieron que llamar a la Guardia Nacional para acabar con los saqueos. Al final, los disturbios dejaron más de 50 muertos y un punto de quiebre entre la policía angelina y los ciudadanos. Con el paso de los años, la relación entre ambas partes ha mejorado, pero la fractura sigue ahí. Muestra de ello es el extraño caso de Christopher Dorner.

La noticia resultaba asombrosa hasta para esta tierra, acostumbrada a transmitir persecuciones vehiculares con un gusto cinematográfico: Christopher Dorner, policía despedido y ex militar, había publicado un “manifiesto” en Facebook en el que explicaba su decisión de comenzar una venganza contra todo el cuerpo de policía de Los Ángeles. Entre 2007 y 2008, Dorner decía haber presenciado varios episodios de abuso de poder y racismo. “El departamento (de policía) no ha cambiado desde los días de Rodney King”, insistía. En agosto de 2007, narraba haber sido testigo de un episodio de brutalidad policial que lo llevó a romper el “código azul de silencio”, pacto de protección entre policías. De acuerdo con su versión, Dorner decidió denunciar a su superior, una sargento de apellido Evans, tras verla maltratar a un sospechoso. Evans negó la acusación y reviró, acusando a Dorner (a quien tenía la encomienda de supervisar). El caso terminó en un comité interno. Dorner perdió el juicio y, con él, su trabajo. En el manifiesto publicado años después, insistía haber sido víctima de una conspiración: varios miembros del comité de evaluación eran amigos o antiguos colaboradores de la sargento Evans. El resultado, decía Dorner, había sido un juicio indigno y arbitrario, en el que un oficial afroamericano había sido injustamente despedido solo por señalar la cultura de abuso e impunidad que aún prevalece en la policía de Los Ángeles.

Después de la publicación del manifiesto en Facebook, Dorner enloqueció. A lo largo de una semana recorrió el sur de California, matando a la hija del oficial de policía que lo había representado durante el juicio interno, al prometido de la chica, a un oficial de la ciudad de Riverside y a otro policía más. Los departamentos de policía de Los Ángeles y los alrededores organizaron el operativo de búsqueda más grande de la historia del sur de California. Las autoridades ofrecieron más de un millón de dólares por Dorner. Al final, fue descubierto en la zona montañosa de Big Bear, donde se pertrechó en una cabaña desde la que disparó cientos de veces contra los equipos de asalto que lo rodeaban. Entre bombas de humo y gases lacrimógenos, Dorner se suicidó antes de que sus colegas pudieran detenerlo.

Desde los hechos, Dorner debería ser considerado un simple y llano criminal. Hay un abismo entre la indignación por un cese injustificado y la decisión de asesinar a todos los relacionados —directa o indirectamente— con ese despido. El caso de Dorner, pues, no admite relativismos. Pero esto es Los Ángeles. Desde el principio mismo de su semana de locura, Dorner generó simpatía en redes sociales. En una señal ominosa para la ciudad de Los Ángeles —y para toda autoridad que insista en erosionar su vínculo de confianza con la ciudadanía— miles de personas se unieron a una página de Facebook que identificaba a Dorner no como un asesino de inocentes sino como una especie de vengador, representante trágico de todos los que han tenido que aguantar los abusos de la policía local. La presión obligó a Charlie Beck, jefe de la policía, a reabrir el expediente del despido de Dorner: “Lo haremos para asegurarle al público que el departamento de policía es transparente y justo”. Para algunos, sin embargo, el caso Dorner revela una cultura policial corrupta e irreparable. “Dorner mató policías corruptos”, decía alguien en Facebook: “Los policías matan gente inocente”.

Macabro silogismo.