Huracán desenmascarado | Letras Libres
artículo no publicado

Huracán desenmascarado

Para algunos medios si no hubo víctimas para lucrar; el huracán no existió.

Faltaban unos días para el cambio de poderes cuando el director de Proceso, Rafael Rodríguez Castañeda, se reunió en el restaurante Lipp del hotel JW Marriot con un integrante del equipo de transición de Enrique Peña Nieto, quien en un puñado de frases definió la relación entre el semanario y el nuevo equipo presidencial:

—Los vemos como lo que son: enemigos políticos del gobierno que viene… Cada domingo recibimos Proceso sobre el escritorio. Acaso leemos la portada y la hacemos a un lado. Sabemos, sin leer el contenido, lo que dicen. No sorprenden a nadie.

Rodríguez Castañeda rechazó furioso el trato de enemigos, si bien reconoció en la conversación una peculiaridad de su semanario: el acercamiento a la realidad desde el exceso y el radicalismo.

Con Peña Nieto en la Presidencia, Proceso comenzó el camino sin retorno a un periodismo —como lo define la periodista Delia Rodriguez— dirigido a groupies de la información diseñada para generar emociones, y adoptó las costumbres de la prensa deportiva o del corazón (partidista, sesgada, irracional, opinativa).

Pronto, sus redactores y reporteros cultivaron la nota de mofa: “Primera pifia de Peña; recita incompleto artículo constitucional”, “Nuevo desliz de EPN: le cambia el nombre al presidente de Femsa”, “Nuevo yerro de Peña: ahora confunde la capital de Veracruz”, “Pifia de Peña en Davos: confunde OCDE con OSD”, “Otra de Peña: confunde Ojinaga, Chihuahua, con Okinawa, Japón”, “Reaparecen las pifias de Peña: invierte apellidos de medallistas olímpicas”, “Cosolo-acaque en vez de Cosoleacaque, el nuevo yerro de Peña”.

Una paulatina pérdida de contacto con la realidad, comenzó a llevar al grupo de periodistas al terreno de la fabulación, a fabricar historias para dar golpes de efecto y modelar un lector convencido de que vive en la mentira, así que más le vale vivir instalado en la sospecha.

Así fue que el 13 de julio pasado, con base en el testimonio de “fuentes policiacas que solicitaron el anonimato”, la revista publicó que cinco reclusos habían entrado junto con Joaquín El Chapo Guzmán a la zona de regaderas y se habían fugado con él del penal del Altiplano. Según la nota, el túnel construido desde el penal hacia un predio cercano, contaba incluso con ramificaciones.

La realidad desmintió la fértil imaginación de las fuentes anónimas de Proceso. Ni área de regaderas, ni túnel con ramificaciones, ni escape múltiple. El semanario sepultó el asunto y no volvió a dedicar una sola línea a él.

La nueva oportunidad para el grupo de periodistas de la revista llegó el pasado 23 de octubre. Para esa mañana, el huracán Patricia había alcanzado categoría 5. El National Hurricane Center de Estados Unidos ya se había referido a él como “extremadamente peligroso y potencialmente catastrófico”, mientras la NASA lo consideraba la tormenta más poderosa de que se tuviera registro en el Hemisferio Occidental tras alcanzar una velocidad de vientos de casi 322 kilómetros por hora. Medios internacionales como The New York Times trabajaron en materiales especiales sobre el fenómeno, mientras otros como Time explicaban su magnitud a través de comparativos con huracanes como Katrina.

Los periodistas de Proceso priorizaron, sin embargo, el relato conspirativo que, por definición, expurga cualquier dato que reste verosimilitud a su narrativa y que califica como simulacro o mentira lo poco que parezca bueno. Según el reportero Álvaro Delgado, si Patricia era todo lo que se decía, debía ser “masivamente mortífero”. Si ese escenario no se presentaba, era porque estábamos solo ante un “alarde mediático” de Peña Nieto.

Al comentario, le siguió una nota sobre una operación de presidencia de la República para inundar los medios de comunicación y las redes sociales. El sesgo de Proceso consistió en omitir convenientemente toda la información difundida por NASA, el National Hurricane Center o la World Meteorological Organization—organismo especializado de Naciones Unidas— y atribuir todos los datos del huracán a la Conagua y las valoraciones de su peligrosidad al Presidente.

“Huracán mediático” e “inundación mediática” llamó el reportero a los hechos del viernes 23.

Tomás Eloy Martínez decía que “cada vez que un periodista arroja leña en el fuego fatuo del escándalo, está apagando con cenizas el fuego genuino de la información”, y advertía sobre los medios que distraen al lector con denuncias ruidosas que se desvanecen al día siguiente, negándole el respeto de la información precisa.

La irresponsabilidad de quienes mutilan datos ante escenarios de potencial tragedia humana para enderezar un discurso de animadversión política, es similar a la falta de escrúpulos o el convencimiento fanático de los opositores de las vacunas que usan la ignorancia de quienes los siguen para amplificar sus llamados.

Quizá, como advirtió The New York Times, el país ha “aprendido algunas lecciones duras” de catástrofes anteriores. Acaso la más importante, es no dejarse sorprender por fabuladores que pretenden desenmascarar huracanes mediáticos. Proceso no publicaría una sola línea, ni una sola palabra del paso del huracán en su edición impresa. No hubo víctimas para lucrar; el huracán no existió. ~

 

 

 


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