Hipocresía mexicana | Letras Libres
artículo no publicado

Hipocresía mexicana

Imaginemos lo siguiente. Un medio de comunicación decide dar a conocer una grabación que revela los evidentes nexos de un funcionario público con un criminal. Ambas voces son inconfundibles. La sociedad se indigna y exige que el funcionario enfrente a la justicia o, al menos, asuma la responsabilidad política que, en cualquier sociedad digna, implica una revelación de este calibre. Entonces, ocurre algo curioso. Los correligionarios del político en apuros tratan de desmarcarse y desmarcarlo. El funcionario argumenta que esa no es su voz. Se dice perseguido, víctima de un “linchamiento mediático”. Él y los suyos se quejan más de la forma que del fondo, de la grabación que de lo que la grabación revela. La oposición, en cambio, no pierde tiempo y denuncia lo que realmente importa: los vínculos del hombre exhibido con el crimen organizado. Uno de los líderes opositores dice que “hasta un niño” se daría cuenta de que la voz es, en efecto, del funcionario sospechoso. Los diputados de la oposición retan al político a un peritaje y comienzan a promover un juicio político en su contra. Otros le “sugieren” que se separe del cargo. Pero el político revira, desafiante: asegura que no pagará los platos rotos, incluso si se demostrara que esa es su voz, porque la grabación no vale nada legalmente. Aun así, la oposición no cede. Imbuida de un espíritu justiciero, intenta presionar a diestra y siniestra buscando algún tipo de rendición de cuentas políticas en un país poco acostumbrado a ello. La prensa afín a la oposición cumple su labor informativa y lleva la noticia a sus titulares durante semanas. Hay otra prensa que, por otras razones, hace lo contrario. Al final, sin embargo, el político exhibido no asume responsabilidad política alguna y logra permanecer en funciones. Triunfa el cinismo.

Cualquiera pensaría que esta reseña que comparto se refiere al escándalo del diputado Julio César Godoy, cuyos vínculos con La Familia michoacana han quedado pavorosamente expuestos en los últimos días. Pero la intención es otra. La crónica recuerda, paso a paso, el no menos deplorable proceso de Mario Marín, gobernador poblano. La comparación es pertinente. Los dos episodios revelan, primero, la imposibilidad de persuadir a un político en funciones de aceptar la responsabilidad de sus actos. En México es más fácil encontrar una aguja en un pajar que conseguir que un político exhibido suelte su hueso como muestra de la más elemental vergüenza. Pero hay algo peor. La comparación de los casos Marín y Godoy exhibe, con claridad prístina, la asombrosa hipocresía de la clase política mexicana.

En el caso Marín, el PRD jugó un papel admirable. Tal y como está escrito, varios protagonistas del perredismo –desde Andrés Manuel López Obrador hasta Pablo Gómez, Alejandro Encinas y otras voces– exigieron que Marín renunciara y enfrentara no solo el oprobio sino la justicia. Tenían razón. Por eso duele examinar las reacciones de muchos de esos mismos (y otros) perredistas eminentes en los días posteriores a la revelación de la llamada telefónica entre Godoy y “la Tuta”. Los papeles se han invertido con precisión casi matemática. Los que en el caso Marín defendían el ejercicio de la justicia y exigían la rendición de cuentas políticas, hoy se escudan en los mismos argumentos que, entonces, usaban el “góber precioso” y los suyos. Lo que antes era una grabación contundente, hoy es un “linchamiento mediático”. Lo que antes era una pieza de inteligencia que ayuda a comprender mejor la amenaza que se cierne sobre México, hoy no es más que una artimaña de la PGR. Lo mismo, por supuesto, puede decirse del PRI y su reacción al escándalo Godoy y a otros similares (pero más cercanos a la causa priista) como el de Fidel Herrera. Ninguno de estos casos admite ambigüedad alguna. Que los partidos y los políticos mexicanos decidan acomodar su brújula moral dependiendo del perjuicio que un escándalo les ocasiona, no solo revela su mezquindad, también confirma la llegada de tiempos cínicos e hipócritas, tiempos como los que pueden, si se les permite, acabar por completo con una nación.

– León Krauze

(Texto publicado previamente en el periódico Milenio.Imagen)