Frente al Papa, los bárbaros | Letras Libres
artículo no publicado

Frente al Papa, los bárbaros

A diferencia de la visita a Cuba, la estancia del papa Francisco en Estados Unidos tuvo momentos de firmeza y valentía. 

A diferencia de su visita a Cuba —donde quedó a deber firmeza y valentía— la presencia del papa Francisco en Estados Unidos dejó momentos emocionantes. El más importante, a mi parecer, fue su discurso frente al Congreso en pleno, un episodio inédito y políticamente relevante.

En las horas posteriores a las palabras del Papa en el Capitolio le pregunté a un colega de la prensa en Washington si recordaba una instancia parecida, en la que un jefe de Estado (o una figura similar) se hubiera puesto de pie frente a congresistas y senadores para, en términos mexicanos, leerles la cartilla. Me refirió al célebre discurso de Nelson Mandela en 1990. El ejemplo se queda corto: aquella vez, el Congreso estadounidense aclamó a Mandela como un héroe, mientras que el gran líder sudafricano ciñó sus palabras a su extraordinaria historia personal y a la lucha de su pueblo. Lo de Francisco fue distinto. El Papa habló con fuerza inusitada sobre temas que calan hondo en Washington, sobre todo entre los republicanos. Escritas desde el consejo de José Gómez, el notable Arzobispo de Los Ángeles, las palabras de Francisco sobre el papel de los inmigrantes en la construcción del continente americano y la urgencia de un trato compasivo para quienes sólo buscan una vida mejor resultaron particularmente elocuentes. En su inglés pausado, el Papa dio una cachetada de terciopelo (¿o sería de seda?) a los republicanos que han insistido por años en reducir a los once millones de indocumentados que viven en Estados Unidos a una especie de subclase, e incluso de subgénero. ¡Ya quisiera uno como mexicano un gobierno que tuviera una pizca de la valentía papal para denunciar atropellos, maltratos y desplantes racistas! Supongo que a Francisco nadie le avisó que tenía que “respetar la política interna estadounidense” y bla, bla, bla… En fin.

El caso es que la visita del Papa fue conmovedora. Para nadie lo fue tanto como para el vocero de la Cámara de Representantes, el congresista republicano John Boehner. Católico hasta la médula, acólito de muy niño, Boehner había intentado llevar a un Papa al Capitolio desde hace más de veinte años. Lo consiguió con Francisco. Y las consecuencias fueron, digamos, particularmente húmedas para el pobre señor Boehner. Antes, durante y después del discurso, el hombre no pudo parar de llorar. Muchos analistas supusimos que el llanto de Boehner se debía únicamente a la conclusión de un anhelo personal. La verdad era más compleja.

Apenas unas horas después de que Francisco hablara en el Congreso sobre la importancia de la inclusión y la solidaridad humana, John Boehner anunció su retiro como vocero y congresista. La suya es la crónica de una muerte política anunciada. Desde hace años, Boehner ha estado en la mira de la facción más conservadora del Partido Republicano, especialmente de un grupo llamado “Freedom Caucus”, compuesto por tres docenas de miembros que, aunque podrían parecer marginales, tienen secuestrado a su partido y pretenden hacer lo mismo con el país. Estos congresistas radicales creen en exactamente lo contrario al mensaje del Papa. Asumen la política legislativa como una confrontación absoluta antes que una serie de compromisos y negociaciones en las que un triunfo absoluto es generalmente imposible. Para estos bárbaros ideológicos, incluso un conservador como John Boehner (con un claro récord de derecha como congresista) resultaba insuficiente. Lo que ese segmento del Partido Republicano quiere es la guerra contra Obama, una figura a la que rechazan, claro está, por razones mucho más profundas y repelentes que el mero desacuerdo político. “Falsos profetas”, les llamó el propio Boehner durante el fin de semana en los programas de debate en Estados Unidos. Si hubiera querido ser justo, debió agregar “racistas” e “intolerantes”, una combinación cada vez más de moda entre el Partido Republicano, una combinación que ni el propio Jorge Bergoglio, con toda su elocuencia, podía desarticular.