Esperando a los bárbaros | Letras Libres
artículo no publicado

Esperando a los bárbaros

La caída del Imperio Romano es un episodio fascinante de la historia humana. Desde el libro clásico de Gibbon, decenas de estudiosos han tratado de responder una pregunta de enorme complejidad: ¿cómo y por qué cayó Roma? Teorías abundan. Hay quien piensa que tuvo que ver con una desmedida ambición imperial. Extenuados, los ejércitos romanos comenzaron un proceso de implosión que debilitó a la metrópoli. Otros creen que su problema fue el haberse extendido demasiado desde el punto de vista geográfico. Hay quien achaca la caída a la resistencia de las tribus germánicas o al ascenso de otros poderes que, para el tercer siglo de nuestra era, estaban dispuestos a acabar con la hegemonía romana. Pero quizá la teoría más interesante es la que atribuye parte de la explicación al deterioro moral no sólo de la sociedad romana sino de sus gobernantes; la pérdida de la virtud cívica en el ejercicio de la vida pública. La lección es evidente: cuando un imperio comienza a desconfiar de la inteligencia, la erosión llama a la puerta.

Las comparaciones entre Estados Unidos y Roma son a veces ociosas. Aun así, es imposible negar que, sobre todo de un tiempo a la fecha, las coincidencias son notables. Al menos desde hace una década, la política en Estados Unidos ha coqueteado con una frivolidad que recuerda las anécdotas de Suetonio. El triunfo de Barack Obama significó un respiro: había ganado un hombre para quien la inteligencia y la templanza son valores primordiales. Un hombre que desconfiaba de la estridencia para apostar, en cambio, por la capacidad del votante promedio para sufragar no con el hígado sino con el cerebro. Al menos en 2008, Obama tuvo razón: los estadunidenses demostraron contar aún con una buena dosis de virtud cívica.

Pero eso no quiere decir que Estados Unidos se haya librado del sino romano. Prueba de ello es Sarah Palin. Recuerdo bien la primera vez que escuché en vivo a Palin. Era la Convención Republicana de mediados de 2008. Ungida como la esperanza de los conservadores, Palin dejó claro no sólo cuáles valores pretendía defender sino cómo pretendía defenderlos. En su discurso de aquella noche en St. Paul, Palin atacó a Obama no sólo por ser liberal; lo atacó por ser preparado. Enfatizando la división cultural —la “guerra cultural”, le llaman en Estados Unidos— Palin encendió los ánimos de su público desde el peor populismo posible: el que hace de la ignorancia una virtud y de la inteligencia y la preparación sinónimos de pedantería.

Uno pensaría que, tras la elección, la gobernadora de Alaska regresaría a su terruño. No fue así. Desde 2008, Palin se ha consolidado como el rostro más visible de su partido. La mujer es recibida con ovaciones enloquecidas cuando se presenta en foros conservadores. Su libro Going Rogue, en el que cuenta todas las desventuras de su candidatura vicepresidencial y exhibe a detalle el calibre de su ignorancia, ha sido un best seller desde su aparición. Si todo se quedara en la celebridad de una voz marginal, el problema sería menor. El asunto es que Palin ha sido suficientemente astuta como para convertirse en un dolor de cabeza constante para Obama. Fue crucial en la asombrosa campaña de desinformación que puso en riesgo la reforma sanitaria de Obama. Ahora, en año electoral, Palin seguramente ganará en relevancia. Después, todo es posible. No es impensable que, ante la falta de figuras evidentes, el Partido Republicano la nomine en 2012.

El éxito de Sarah Palin ilustra uno de los mayores peligros que enfrenta Estados Unidos en el nuevo siglo. Palin dice defender las causas de la “América real”. El problema, naturalmente, es lo que la ex gobernadora de Alaska y sus seguidores entienden por ello: no ese Estados Unidos emprendedor y patriota que resulta admirable sino el otro, el belicista, ignorante y frívolo; el que desprecia a Obama por ser “un profesor de leyes” y dice preferir que se acaben los políticos en Washington. Y sí: el Estados Unidos que desea el fracaso del presidente más por el color de su piel que por tener con él auténticas diferencias ideológicas. Si esa “América real” llega a gobernar el país más poderoso del mundo, desde sus propias entrañas, los bárbaros habrán llegado.

–León Krauze

Publicado previamente en Milenio Diario