Esperando a aquel Peña Nieto | Letras Libres
artículo no publicado

Esperando a aquel Peña Nieto

Por más que el gobierno federal apueste a que la tormenta amaine, el daño ya está hecho. La corrupción y la impunidad en México han aparecido en los mayores diarios del mundo, en reportajes, notas, columnas de opinión y hasta editoriales.

Tengo una anécdota con Enrique Peña Nieto que vale la pena compartir ahora. Ocurrió durante la entrevista que le hice a principios del 2012, cuando la campaña por la Presidencia entraba en su etapa definitiva. Para entonces, Peña Nieto probablemente asumía que la fortaleza de su candidatura y su ventaja en las encuestas serían suficientes para llevarlo a Los Pinos. Se le veía cómodo. Durante la charla, regresó una y otra vez a la idea de que su mandato sería conocido como el gobierno del crecimiento y, sobre todo, de la competencia. Al escucharlo, llevé la conversación hacia la entonces hipotética reforma energética y luego a la de telecomunicaciones. “Se le van a enojar los empresarios”, le dije. Peña escuchó el comentario recargado en el respaldo. Se me quedó mirando y acto seguido se incorporó y se acercó al borde de la silla. Echó el cuerpo para adelante y me dijo, enfatizando cada palabra: “Mire usted. Yo tengo muy claras las responsabilidades del Estado mexicano”. Hizo una pausa de un par de segundos y volvió a reclinarse.

El momento me confirmó una virtud del candidato: su habilidad para ejercer el poder. Un recorrido veloz por los años de Peña Nieto en Toluca revela a un hombre de mando firme al que no le temblaba la mano para tomar decisiones, incluso contra su círculo más cercano de colaboradores y amistades. Así ocurrió con el caso Paulette, cuando el gobernador sacrificó a su amigo Alberto Bazbaz para tratar de dar por terminada una historia extraña, trágica y potencialmente perjudicial para su ascenso político. Así también cuando eligió a Eruviel Ávila como su sucesor. Y como esas, varias más. Sea lo que sea, gustara o no, aquel Enrique Peña Nieto no titubeaba: quizá instintivamente entendía que el poder está para ejercerlo y que de las crisis se sale tomado decisiones. A pesar de los amigos, los colaboradores… a veces a pesar de uno mismo.

Buena parte de la crisis política por la que atraviesa México hoy se explica con la desaparición reciente de aquel Enrique Peña Nieto. Una combinación de perplejidad personal, torpe administración de daños y una (ya larga) serie de errores y malos consejos de su círculo más cercano lo ha llevado a una parálisis que ha terminado por poner en riesgo su legado y hasta la estabilidad de su presidencia. Hace tiempo que la tragedia de Ayotzinapa, la indignación generalizada, la violencia subsecuente y, ahora, la polémica por la tristemente célebre “casa blanca” dejaron de ser “narrativas controlables”. Por más que el gobierno federal apueste a que la tormenta amaine, el daño ya está hecho. La corrupción y la impunidad en México han aparecido en los mayores diarios del mundo, en reportajes, notas, columnas de opinión y hasta editoriales (los de The New York Times han sido devastadores). Esto no se soluciona aguantando el temporal ni presionando a los medios mexicanos para que dejen de hablar de lo que tienen que hablar. Se arregla, precisamente, teniendo claras las responsabilidades del Estado mexicano.

El presidente tiene que volver de su viaje con el buche lleno de piedritas. Debe regresar enojado, harto y presto a hacer cambios que marquen un parteaguas. Tiene que venir a dar la cara, a responderle a sus detractores, a limpiar cualquier duda de un conflicto de interés en cuanto a la casa y proponer medidas históricas para lidiar con la corrupción y la podredumbre. Tiene que ganarse el ciclo informativo no confiando en que su gente de comunicación va a presionar a las redacciones de diarios, estaciones de radio y empresas de televisión, sino tomando decisiones como las que alguna vez tomó en Toluca. Debe, me parece, despedir al procurador Murillo Karam. Cuando, en un caso de la gravedad de Atotzinapa, los errores de un funcionario son más que sus aciertos, ese funcionario merece perder su puesto. El desafortunadísimo —pero revelador— “ya me cansé” debe ser la gota que derrame el vaso presidencial. Murillo debe irse porque ha perdido confianza y credibilidad. Al mismo tiempo, creo, Peña Nieto deberá ofrecer, en un acto de valentía moral, su cooperación absoluta para esclarecer el embrollo de la “casa blanca”. No: el comunicado original no es suficiente ni sus declaraciones posteriores. La sombra del conflicto de interés es demasiado larga y el presidente no puede permitirse caminar envuelto en la desconfianza. El que nada debe nada teme. Después, Peña Nieto tendría que dedicarse a demostrar que, además de ser un reformador, es también esa, la más rara de las aves: un priísta comprometido con la justicia y la honestidad. Deberá perseguir a quien haya que perseguir, deshacer cualquier contrato con sombra de duda, distanciarse de amigos que pretendan operar a la vieja usanza. Deberá, pues, ir contra la cultura del PRI. En la práctica, todos los días. Si lo hace, estará a la altura del candidato vehemente —y, la verdad, hasta admirable— con el que conversé hace un par de años. Si no, será recordado como uno más en una larga estirpe de cínicos.

(El Universal, 17 de noviembre, 2014)