El payaso Beck | Letras Libres
artículo no publicado

El payaso Beck

Hace poco más de cinco años, cuando publiqué La casa dividida (Planeta, 2005), mi principal crítica al Estados Unidos del año 2000 era su frivolidad, más preocupado por las indiscreciones eróticas del presidente que por pensar el mundo con sensatez. Un ejemplo: antes del 11 de septiembre de 2001, la prensa de aquel país cubría con morbo insaciable la desaparición de una becaria que trabajaba con un congresista de medio pelo. Oprah Winfrey dedicó varias emisiones al caso. Time, Newsweek, el New York Times... todos dedicaban ríos de tinta a la vida erótica y el destino de la pobre mujer. Fue en ese contexto de culto a la trivialidad que Estados Unidos eligió a George W. Bush, un hombre primitivo, producto químicamente puro de su tiempo.

La elección de Barack Obama fue un improbable pero bienvenido regreso a la cordura. Cuando una mayoría del electorado estadunidense optó por darle la espalda al Partido Republicano, secuestrado por el discurso conservador más vergonzoso, buena parte del mundo creyó que Estados Unidos había vuelto a sus cabales. Después de todo, una enorme cantidad de votantes había rechazado no solo a John McCain, sino a su compañera de fórmula, la inefable señora Palin, tan piadosa como ignorante. Obama, en cambio, defendía valores como la mesura, la reflexión y el estudio como pilares del ejercicio del gobierno. “Un hombre racional para tiempos irracionales”, como lo describió algún analista tras el memorable triunfo de noviembre de 2008.

Por desgracia, la cultura de la ignorancia y el populismo es hierba mala. En los dos años desde la elección de Obama, Estados Unidos ha vivido una especie de restauración de la estupidez. En la tradición populista-ignorante de George W. Bush, Sarah Palin ha despegado como protagonista en el Partido Republicano. Pero lo de la ex gobernadora de Alaska es lo de menos. A últimas fechas, el escenario de la política estadunidense ha sumado nuevos protagonistas. Y son lamentables. El más preocupante es Glenn Beck, un histrión patético que promueve una mezcla incomprensible de política social conservadora y puritanismo intolerante (con una buena pizca de racismo) y que se ha convertido en una voz de peso en los medios de comunicación estadunidenses — gracias a su programa en Fox News— y, ahora, en la política en Washington. Beck es un fanático religioso con acceso a un micrófono. Un tipo que dice saber lo que en realidad ignora. Un charlatán. Ni más ni menos. Y lo suyo quedaría en el terreno de la propaganda de no ser por la increíble popularidad de la que goza.

El sábado, en un gesto del más notable cinismo, Beck organizó una marcha y un mitin en Washington DC en la misma fecha y el mismo sitio en los que Martin Luther King conmoviera al mundo hace 47 años con su inolvidable discurso del “tengo un sueño...”. Sin el menor recato, Beck aseguró que su intención era hacer suyos los valores defendidos por King. Para hacerlo, convocó a una inmensa congregación en la que incluyó a Palin y otros defensores de los valores más irracionales de la sociedad estadunidense. Y aunque no habló de política, el bufón Beck —a quien le gusta llorar al aire— no esconde sus intenciones. Quizá, incluso, sueña con el éxito electoral. Después de todo, dice que habla con frecuencia con Dios. Y con el apoyo del no menos irracional Partido del Té y millonarios conservadores que lo financian, uno nunca sabe. Lo dicho: pocos peligros mayores para un país que ceder a la tentación de la frivolidad y la irracionalidad.

- León Krauze

(Imagen tomada de aquí)