El histrión latinoamericano | Letras Libres
artículo no publicado

El histrión latinoamericano

El jueves pasado, en la UNAM, participé en una conferencia sobre el uso y el abuso de la emoción en el periodismo de nuestros tiempos. Compartí mesa con tres colegas inteligentes y (a Dios gracias) entretenidos. Me interesaron particularmente las palabras de Rodrigo Uribe, un experto chileno en comunicación política. Dijo Uribe que la emoción juega un papel cada vez más evidente y descarado en nuestro manejo de la información. Esto, aseguró, no es necesariamente un defecto. Después de todo, la emoción en dosis adecuadas hace más receptivo al público porque nos vuelve más sensibles a la noticia. Aun así, Uribe advirtió de las consecuencias de abusar de la emoción, no solo en el periodismo cotidiano sino en el ejercicio político. “Todo termina por volverse farándula”, remató Uribe. Creo que tiene razón. En mi intervención retomé el modelo del colega chileno y traté de identificar el fenómeno: “Populismo informativo”. “O populismo a secas”, dijo alguien por ahí justo cuando Uribe reproducía un video de Sebastián Piñera.

Ver a Piñera en acción me recordó lo mucho que detesto el histrionismo de los políticos latinoamericanos. La desfachatez frente a las cámaras y micrófonos de varios de nuestros gobernantes es el ejemplo más claro y moderno del típico populismo de la región, exacerbado ahora por el alcance casi orwelliano de los medios de comunicación. Veamos un par de casos recientes. Piñera es el ejemplo más natural. La manera como el presidente chileno ha abusado de la emoción generada por la crisis de los mineros de Atacama merecerá, imagino, varias tesis de comunicación política. Todo parte de un hecho contundente: hasta antes del colapso de la mina, el presidente de Chile había sufrido un principio muy complicado de gobierno. Con apenas 48 por ciento de aprobación, Piñera necesitaba un salvavidas. Lo encontró a principios de agosto, cuando los chilenos se enteraron de la tragedia minera. Piñera se puso a trabajar: astuto, seguramente se dio cuenta de que el rescate de incluso uno de los trabajadores atrapados significaría un empujón muy necesario para su gobierno. Diecisiete días después, Piñera reveló que 33 mineros permanecían con vida. Lo cierto es que la noticia le había llegado desde temprano por la mañana, pero Piñera había esperado hasta la hora de la comida para difundirla, para que generara la mayor emoción posible, para que tuviera el mayor rating posible. Desde entonces, Piñera no ha cedido. Ha hablado con los mineros, ha manipulado a las familias, ha usado a los medios, ha organizado conciertos, ha dado discursos melosos. Todo, dice, por los mineros. En parte, imagino, es verdad: el trabajo de los técnicos chilenos ha sido loable. Pero hay otro lado, también muy evidente: el uso mediático de la tragedia para fines políticos muy particulares, los de Sebastián Piñera, que pretende ser el verdadero héroe de la película. Hoy, Piñera goza de 68 por ciento de popularidad.

Algo parecido ocurrió en Ecuador. Desde la crisis de finales de la semana pasada he tenido la oportunidad de hablar con varios expertos ecuatorianos. Todos coinciden en que la crisis pudo haberse evitado si el presidente Correa no hubiera insistido en visitar personalmente al regimiento iracundo de policías quejosos. Pero no solo eso: todos me han dicho que los policías no tenían como intención derribar al gobierno de Correa. Pero Correa no iba a dejar pasar la oportunidad. Bien lo decía Moisés Naim en El País del domingo pasado: “Los beneficios políticos de sobrevivir a un golpe de Estado generan enormes incentivos para presentar toda protesta violenta como algo más grave”. Después de su dramático rescate, que incluyó frases de un histrionismo maravilloso (“si me quieren matar, mátenme”), Correa ya avisó que no habrá perdón ni comprensión para los policías que, dice, querían acabar con su gobierno. No sería ninguna sorpresa que, como señala Naim, Correa dé ahora rienda suelta a la vena autoritaria que ya otras veces ha mostrado. Al fin y al cabo, pocas cosas más histriónicas —y latinoamericanas— que un caudillo despechado. Habrá que ver si los medios ecuatorianos le siguen el juego o se resisten al populismo informativo y prefieren el periodismo.

- León Krauze

(Este texto apreció publicado en Milenio Diario. Imagen tomada de aquí.)