El gran salvavidas | Letras Libres
artículo no publicado

El gran salvavidas

Las remesas sirven como una especie de seguro en tiempos de inestabilidad. Son, en muchos sentidos, el gran salvavidas para millones de familias y para la estructura de decenas de economías en desarrollo.

Las remesas podrían convertirse no solo en el factor que estabilice el consumo y dé tranquilidad a millones de familias en el mundo entero, sino también en una fuente de inversión

El Banco Mundial acaba de publicar su acostumbrado reporte sobre las perspectivas para el año que comienza. Después del diagnóstico de rigor —descenso en el precio del petróleo y otras materias primas, bajas tasas de interés, etcétera— el reporte se enfoca en una variable particularmente interesante: las remesas. Aunque no es una conclusión nueva, el Banco Mundial subraya el papel que juegan las remesas como factor estabilizador en tiempos de crisis en los países que las reciben. El reporte también explica el comportamiento “acíclico” de las remesas: parecen ser mayormente inmunes a las violentas sacudidas que alteran varias otras variables de la dinámica económica del planeta. Al ser una inyección de capital que se traduce en mayor consumo, las remesas sirven como una especie de seguro en tiempos de inestabilidad. Son, en muchos sentidos, el gran salvavidas no solo para millones y millones de familias, sino para la estructura de decenas de economías en desarrollo.

Las cifras de remesas en el mundo son impresionantes. Solo en 2012, los 232 millones de migrantes que viven en un país distinto al suyo mandaron a casa cerca de 530 mil millones de dólares. Nada más los que viven en Estados Unidos enviaron 123 mil millones de dólares. En México las remesas son fundamentales. Para otras economías, lo son todavía más. Baste solo un ejemplo: los 4 mil millones de dólares que recibe El Salvador representan 17% del PIB del país.

Después de leer el reporte del Banco Mundial me topé con una charla Ted impartida por Dilip Ratha, una eminencia en el tema. Para Ratha, que nació en la India, las remesas son “dólares envueltos en afecto”. Pero también advierte dificultades y retos. El más grave es el costo de envío. Ratha explica que “el pago promedio actual en el mundo es de 8%” del monto transferido. “En algunas zonas, como África, el promedio es considerablemente mayor: 12%”, se lamenta. Ratha sugiere que relajar la regulación de los envíos eventualmente podría reducir costos (después de todo, el propósito de esas reglas es evitar el lavado de dinero, ridículo en el caso de la enorme mayoría de remesas, de un par de cientos de dólares). El siguiente paso sería ayudar a las familias a darle un mejor uso al dinero que reciben.

Actualmente, la gran mayoría del dinero se va en cubrir los gastos diarios más elementales. Así ocurre con 78% de los hogares que reciben remesas en México, de acuerdo con un estudio del Centro Pew y el Fondo Multilateral de Inversiones. Las razones son varias. La primera, claro, es la pobreza: las familias usan el dinero para eso porque para eso lo necesitan, sanseacabó. Pero el fenómeno es más complejo. Dos factores juegan un papel poco favorable: la desinformación y la falta de comunicación. El manejo más básico de finanzas personales es un pendiente del sistema educativo. Agréguese la desconfianza que despierta el sistema bancario y el resultado es lógico: invertir o ahorrar parte de las remesas recibidas es casi impensable. El otro problema es la falta de comunicación. La persona que recibe la remesa habla muy poco con la persona que la envía, a veces una vez al mes, a veces solo un par de veces al año. ¿Resultado? El estudio del Pew revela que, en 83% de los casos mexicanos, la persona que recibe el dinero es quien decide cómo gastarlo. “Lo ideal sería mejorar la frecuencia y la calidad de la comunicación”, me dijo Ratha cuando lo entrevisté el viernes pasado: “Dos cabezas piensan mejor que una”. De esa manera, me dijo, las remesas podrían convertirse no solo en el factor que estabilice el consumo y dé tranquilidad a millones de familias en el mundo entero, sino también en una fuente de inversión en infraestructura, servicios y, crucialmente, educación. Ese sí que sería un salvavidas.

(El Universal, 26 de enero, 2015)