El castigo democrático | Letras Libres
artículo no publicado

El castigo democrático

Lo que objetivamente ocurrió el 5 de junio en México fue un paso más en la construcción de la democracia.

Según los agoreros de siempre, el 5 de junio fue un día negro para la democracia. Que si los electores ya no creen en nada, que si fue el proceso más turbio del que se tenga memoria, que si el INE pecó de triunfalista, que si falló el PREP. No sé en qué país viven. O sí sé: viven en el país de su ideología, en el que la realidad no cuenta. O en el país de su vanidad, en el que siempre dicen lo que su público aplaudidor quiere oír, aunque sean mentiras. O en el país de su dogmatismo, donde sólo es democrática la victoria de su partido o candidato. Lo que objetivamente ocurrió el 5 de junio en México fue un paso más en la construcción de la democracia.

En su corolario a La sociedad abierta y sus enemigos (publicado originalmente en The Economist, que lo reprodujo en su edición del 31 de enero de 2016), Karl Popper terminó por definir a la democracia no por el bien que potencialmente alcanza sino por el daño que impide. El acto decisivo de la democracia es la capacidad de castigar con el voto al mal gobernante separándolo del poder.

La historia del siglo XX habría sido otra si muchos pueblos sujetos a la dictadura o al mal gobierno hubiesen podido librarse, no mediante el tiranicidio (como prescribían Santo Tomás y el padre Mariana) o una revolución (como tuvo que ocurrir en 1910 en México) sino con el arma letal de los votos. En ocasiones, el castigo se lleva a cabo mediante un Referendo revocatorio (como el que prescribe la Constitución bolivariana que Maduro se niega a acatar). En general, la salida del gobernante ocurre al cumplirse el plazo electoral.

Nada garantiza que el voto mayoritario lleve al poder a los mejores (de hecho, a menudo, ocurre lo contrario) pero el ejercicio periódico y legal del voto disminuye el daño con la esperanza de que el nuevo gobernante se desempeñe razonablemente bien, porque de no hacerlo será a su vez castigado. Puede no haber límite a esta progresión. Pero con sus diversas variantes en el sistema electoral, este procedimiento es lo mejor que ha inventado la humanidad para gobernarse. Esta idea minimalista de la democracia refrenda la famosa frase atribuida a Churchill: "es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los otros".

Los ciudadanos han aprendido a castigar con el voto. Lo hicieron en Nuevo León, con el gobierno de Rodrigo Medina. Y el pasado 5 de junio lo han vuelto a hacer en varios estados y municipios donde votaron por la alternancia, notablemente en los casos de Veracruz y Tamaulipas. El hartazgo con la corrupción y la impunidad es evidente. Y el castigo ejemplar.

Al PRI, que fue el gran perdedor, le espera el examen de conciencia que en realidad nunca hizo. Mentalmente no dejó de "sentirse" en el poder, como si por doce años hubiese alquilado Los Pinos a unos advenedizos. Por eso no calibró la dimensión del agravio ciudadano. Sin esa autocrítica, su probable salida de Los Pinos en 2018 podría ser prolongada y acaso definitiva.

Al PRD le espera el mayor debate de su breve historia. ¿Seguirá sumido en la fragmentación y la guerra interna? ¿Se rendirá ante el caudillo que le exige obediencia, arrepentimiento y expiación? ¿Encontrará un candidato propio para el 2018? ¿Convergirá con el PAN en una alianza que vaya más allá de la estrategia electoral hasta perfilar una agenda común? ¿Tendrá el valor, la imaginación y el talento de asumirse como una izquierda liberal?

Los independientes no prendieron. En la teoría de Popper parece razonable: el castigo afecta al partido (una institución colectiva que entra en crisis), no sólo a un individuo (que simplemente se va a su casa).

Morena refrendó su primacía en la Ciudad de México. Su Jefe Máximo espera triunfar en 2018 mediante un voto de castigo a todos los que no están con él. De lograrlo, asumiría el monopolio histórico del castigo.

El PAN fue el sorpresivo vencedor de la jornada electoral. Es muy probable que el ciudadano que lo favoreció lo haya hecho sin ilusiones, como un mal menor. Pero, en cualquier caso, el PAN ha recobrado su imagen de opositor al PRI. Le convendría recordar que la soberbia es el mayor pecado. Y no le ha faltado soberbia tras su triunfo. El voto del 5 de junio es una oportunidad de recobrar el valor que fue distintivo de sus fundadores: la simple y llana decencia.

(Publicado previamente en el periódico Reforma)