Del inframundo al absurdo | Letras Libres
artículo no publicado

Del inframundo al absurdo

Es posible que en Teotihuacan se esté dando el hallazgo más importante de la historia arqueológica mexicana, pero las condiciones en las que trabajan los arqueólogos responsables son una vergüenza.

Estuve la semana pasada en Teotihuacan afinando un reportaje sobre los descubrimientos más recientes en esa, la más impresionante de las grandes urbes prehispánicas. Teotihuacan ha sido escenario de trabajo para decenas de grandes maestros de la arqueología mexicana e internacional. Lo que han encontrado es fascinante. Durante mi visita acompañé a la eminente doctora Linda Manzanilla al sitio de su más reciente excavación en la zona. Manzanilla ha dedicado su vida a Teotihuacan y el esfuerzo ha rendido frutos notables. Sin su trabajo sería imposible entender la composición multiétnica de la ciudad: los distintos barrios que albergaban —muy parecido a lo que ocurre en nuestra ciudades, casi 1800 años después— a poblaciones de origen muy diverso. En Teotihuacan había oaxaqueños y michoacanos que se dedicaban a una variedad asombrosa de actividades económicas. En los últimos años, Manzanilla se ha concentrado en Xalaa, un complejo de edificios que podrían guardar la clave para entender el colapso de la ciudad. La historia que cuenta es tan dramática como curiosamente contemporánea. En algún momento cercano a la mitad del primer milenio, los recursos naturales comenzaron a escasear al tiempo que crecía la distancia entre la clase gobernante y el grueso de la población. Eso derivó en una rebelión que incluyó un dramático incendio que culminó en Xalaa, donde hay cuatro estructuras idénticas ocupadas, en la hipótesis de Manzanilla, por las cuatro casas gobernantes de la ciudad. La arqueóloga tiene una larga lista de evidencias que respaldan su teoría. En Xalaa me compartió solo una. En un momento emocionante, descubrió el piso (todavía original) de una de los edificios para enseñarme las huellas que dejaron al caer aquellas vigas de madera al rojo vivo. Imaginar la escena me sacudió.

El martes por la mañana tuve el privilegio de acceder al que ya es el mayor descubrimiento de la arqueología mexicana en las últimas décadas: el túnel que conecta la Ciudadela con el interior de la pirámide de la serpiente emplumada. El responsable del proyecto es Sergio Gómez, un hombre de energía contagiosa que describe lo que ha vivido en los últimos doce años como "el sueño de cualquier arqueólogo". Y no es para menos. El túnel, descubierto tras un azaroso socavón a los pies de la estructura que se conoce como "plataforma adosada", es un milagro de riqueza y conservación. Mide poco más de cien metros de largo de la entrada hasta el centro geométrico de la pirámide, una de las más bellas del mundo prehispánico. Tras una década de trabajo extenuante, Gómez y su equipo han encontrado miles y miles de piezas: cuentas de jade, vasijas de todo tipo, figurines, misteriosas esferas minerales, semillas y poco más de cuatro mil objetos de madera (hasta antes del túnel, en Teotihuacan se había encontrado...uno). Todo esto ya es suficientemente extraordinario, pero lo que Gómez y los suyos hallaron en los últimos metros del túnel es... fuera de este mundo. Después de años de meticulosa excavación, el grupo de arqueólogos reveló una ofrenda. Cientos de enormes conchas, muchas de ellas labradas, apiladas en un rectángulo en el piso. Decenas de piezas de cerámica, madera y otros materiales. El equipo comenzó a levantar y catalogar cada objeto. Metros más adelante descubrieron nuevas ofrendas. Al llegar al final del túnel se toparon con cuatro pequeñas esculturas colocadas en sendas esquinas, todas mirando al centro del lugar. Gómez supone que, debajo de las ofrendas, descubrirá los restos de personajes de gran relevancia en la historia de la ciudad. También imagina que, al centro de las figuras del final, podría encontrarse un gobernante o, tal vez, algún otro portento. Así lo piensa por la riqueza de lo que ha encontrado pero también porque los teotihuacanos hicieron esfuerzos sobrehumanos por rellenar el túnel, incluido construirle dentro muros sucesivos y así evitar ingreso alguno hasta el mágico punto final. Eso no es todo: Gómez también supone que este lugar, en el corazón de la pirámide, es una representación del inframundo teotihuacano, nada menos y nada más que el punto de origen de la cultura más misteriosa y notable del México antiguo, el vientre mismo de Teotihuacan.

De concretarse la hipótesis de Sergio Gómez, estaremos ante el hallazgo más importante de la gloriosa historia arqueológica mexicana. De ese tamaño el misterio y la relevancia de Teotihuacan. Pregunto, entonces: ¿cuáles imagina usted que son las condiciones de trabajo de Sergio Gómez y su equipo? Buenas, supongo. ¿De qué calibre, el apoyo real del INAH y otras instituciones de gobierno? Considerable, ¿no? Lo que ocurre, me temo, es lo contrario. Valgan algunos ejemplos. La labor diaria de descenso al túnel se hace debajo de un toldo donado, no por el gobierno, sino por un visitante. Adentro hay sillas rotas, mesas maltrechas. El laboratorio de Gómez y sus jóvenes arqueólogos se encuentra no en el edificio planeado originalmente para ello (ahí están, claro, las tan fundamentales "oficinas") sino en un complejo relativamente maltrecho que recuerda a una escuela en desuso. Cientos de piezas invaluables descansaron en el piso del lugar hasta que un grupo de ingleses hizo el favor de regalar decenas de estantes de plástico.

Sin los ingleses, los caracoles labrados hace 18 siglos seguirían en el piso. Los jóvenes que restauran las piezas lo hacen sentados en sillas regaladas por un amigo de Gómez. El muchacho talentoso que hace representaciones topográficas en Autocad lo hace en una computadora prestada por Gómez. El ahínco y buen humor de los jóvenes en el túnel y el laboratorio es testimonio del liderazgo del arqueólogo responsable y de la devoción de aquellos por su labor, pero las condiciones en las que trabajan son una vergüenza no solo incomprensible sino repugnante. ¿Qué se necesita para que en México se dejen, por una vez, las pugnas, las envidias, el descuido, el mal uso de recursos, las decisiones miserables y los malos modos? Ahora sabemos que ni siquiera el descubrimiento del lugar más extraordinario de nuestra historia da para ello.

(El Universal, 16 de marzo, 2015)