Calderón en Washington | Letras Libres
artículo no publicado

Calderón en Washington

Felipe Calderón deberá resistir varias tentaciones cuando visite Estados Unidos esta semana. Primero, deberá evitar darle rienda suelta al fácil antiamericanismo que lo ha llevado a tomar decisiones que sólo se explican desde la víscera, como el coqueteo reiterado (y completamente estéril para el bienestar del país) con los enemigos declarados de Washington en la región. Calderón no proviene, ni mucho menos, de una tradición pro americana. Parece, en cambio, que lleva en la sangre la tentación de utilizar la crítica indiscriminada de Estados Unidos como herramienta política. Es cierto: hablar mal de “los gringos”, darles de golpes en la mesa en su propia casa, “chingárselos” como presumía haber hecho López Portillo con Carter, todo eso es muy aplaudido en México. Pero, allá, no provoca otra cosa más que perplejidad. Mal haría Calderón en ceder a vicio tan sibilino de la historia moderna mexicana.

El Presidente también deberá tomar en cuenta quién es realmente el “enemigo” de México. Como ocurre con frecuencia en tiempos de crisis, la sacudida por la ley antiinmigrante de Arizona ha derivado en la grosera generalización de la política en Estados Unidos. De pronto, para los analistas mexicanos, todo Estados Unidos está contra los paisanos: la ley Arizona es “sólo el primer paso” y esto prenderá “la llama de la intolerancia”. Es el lugar común hecho arte: la extrema derecha está resurgiendo en todo Estados Unidos y hay que tenerle mucho miedo al Partido del Té, que ya viene, como el coco, a convertir al vecino en un estado “fascista”. En resumen, Estados Unidos entero es el condado de Maricopa y cada político estadunidense equivale al mentado alguacil Arpaio. Son tonterías, y el Presidente no debe darles ningún crédito.

¿Cuál es la verdad? Lo cierto es que el Partido Republicano se está volviendo la minoría perpetua. El partido conservador está secuestrado por los intereses (marginales, de acuerdo con prácticamente todas las encuestas) de una minoría nativista muy primitiva pero atenta a los procesos electorales, sobre todo los del propio partido. El problema, para los republicanos, es que las elecciones generales se deciden en el centro del espectro político, no es sus márgenes. Con la salvedad (no menor) de los tiempos del terrorismo, la sociedad estadunidense defiende posiciones moderadas y sensatas. Barack Obama ganó en 2008 porque convenció a los independientes, no porque haya confiado en el ala más radical de su partido. Y ahí el quid del asunto para los republicanos actuales: deben vestirse de reaccionarios conservadores para no perder las primarias de su partido para luego tratar de correr hacia el centro para intentar competir con el demócrata en turno. Es un acto de malabarismo muy complejo y lo será aún más conforme la economía estadunidense mejore. De ahí, por ejemplo, la dolorosa encrucijada de John McCain, un hombre que trabajó por años para aprobar la más sensata reforma migratoria imaginable (copatrocinada, por cierto, por el demócrata Ted Kennedy) y que ahora ha tenido que apoyar, a gritos, las draconianas medidas aprobadas en Arizona. Dramático pero cierto: si McCain no se viste de radical, perdería la candidatura republicana al asiento que ocupa en el Senado desde ¡1987! Pobres republicanos: hundidos en la esquizofrenia.

Pero los republicanos no son el futuro de Estados Unidos. Mucho menos lo es el Partido del Té, tan disperso, vulgar e inconsecuente como Sarah Palin, la mujer que es su cara pública. El futuro son los demócratas, o al menos los valores que el partido defiende en varias áreas cruciales para México. Es a ellos a quienes debe hablarle Felipe Calderón. Debe hablarles de trabajo, esfuerzo y lucha, no reclamos, agravios y desplantes efectistas. Debe convencerlos de que el tiempo y la demografía están del lado de la sensibilidad frente a la agenda hispana. Pero, sobre todo, debe ser un estadista: pensar en los hombres y mujeres que estarán escuchándolo: el Congreso de Estados Unidos, no el de México; el Capitolio, no San Lázaro. Una diferencia crucial e indispensable, sobre todo en estos tiempos tan ingratos.

- León Krauze