Asilo a los niños haitianos | Letras Libres
artículo no publicado

Asilo a los niños haitianos

En algún momento del sábado en el Sector 8, la zona más peligrosa de la derruida Puerto Príncipe, un equipo de mexicanos salvó la vida de un hombre. A diferencia de otros grupos de rescate, los Topos no se habían dirigido, tras llegar a Haití, a las zonas turísticas ni a las embajadas ni a los edificios de la ONU. Los Topos echaron mochila al hombro y emprendieron la marcha a lugares como la Universidad St. Gerard, una escuela técnica con muchos y muy pobres alumnos. Ahí, los Topos y sus perros, esos nobles animales indispensables en la catástrofe y fuera de ella, encontraron a Patrick Alhston, un profesor de 25 años de edad. Ahlston fue atendido de inmediato por manos mexicanas: el ERUM, nuestra Cruz Roja y otros equipos especializados. Cuando abrió los ojos, una de las primeras cosas que vio fue el rostro de un hombre que llevaba en el pecho un chaleco que decía “Marina México”.

La historia de Patrick Alhston habla de lo mejor de México. Como ha ocurrido antes, los mexicanos se han unido de inmediato para apoyar a otros en desgracia. Las colas en la embajada de Haití han sido tan largas que la propia representación se dijo rebasada a las pocas horas de comenzar el esfuerzo de acopio. Lo mismo ha ocurrido en muchos otros puntos donde las autoridades y la sociedad civil han invitado a la ciudadanía a colaborar. Varias empresas —de esas que nos encanta vilipendiar— han contribuido de mil maneras (una de ellas, que pidió permanecer en el anonimato, pagó buena parte de los gastos de traslado de los Topos que horas después salvarían la vida de Patrick Alhston). Más allá de sus tropiezos de comunicación, el gobierno de México se ha comportado a la altura para ayudar a sacar al pueblo de Haití de ese círculo del infierno donde hoy se encuentra.

Lograrlo no será cosa fácil. Los costos humanos han sido inimaginables para un país como Haití. De las cifras más duras e inmediatas —decenas de miles de muertos, 3 millones de damnificados— no tardarán en surgir otras, permanentes y de consecuencias trágicas y definitivas. Pienso, por ejemplo, en los huérfanos de Haití. ¿Cuántos niños se han quedado no sólo sin padres sino sin familia? Al golpe arbitrario del terremoto —esa inclemencia de la naturaleza que llevó a Voltaire a dudar de la existencia de Dios tras la devastación de Lisboa en 1755— se sumará lo que el periodista Anderson Cooper ha llamado, sin la brillantez lírica de Voltaire pero con su misma desesperación, la “muerte estúpida” en Haití: el fallecimiento de personas con heridas curables ya no en 2010 sino en 1910. La tragedia social en Haití apenas comienza a aparecer. Y los niños serán los primeros en sufrir.

Por eso, México debe considerar un siguiente paso. Los mexicanos debemos dar asilo a los niños de Haití. No sería, por supuesto, la primera vez. A finales de los años 30 el gobierno mexicano rescató a casi 500 niños amenazados por la violencia de la terrible Guerra Civil española. Los niños vivieron en una escuela adaptada especialmente para ellos en Morelia. Con el paso de los años, el gesto del gobierno de Lázaro Cárdenas rindió frutos admirables. Muchos de los llamados “niños de Morelia” hicieron de México su hogar permanente, ilustrando, con sus vidas provechosas, los milagros de la generosidad de su nueva patria. Otros volvieron a España, sin olvidar jamás el oasis mexicano.

A la historia de los niños exiliados durante la Guerra Civil española se suman, sobra decirlo, la de millones de mexicanos que no estarían (estaríamos) vivos de no ser por la nobleza de este país. Hoy, México debería poner el ejemplo más importante de todos. Haití no está ya en sus casas colapsadas, en su puerto inservible, en su catedral en ruinas. Haití está en su gente, sobre todo en aquellos que, desde los ojos de la infancia, miran hoy a los muertos apilarse en las aceras. Es a ellos a los que hay que rescatar. México debería abrirles la puerta a los niños de Haití. Esa es nuestra vocación, nuestra naturaleza y nuestra historia. Estemos a la altura.

– León Krauze

(Publicado previamente en Milenio Diario)