Política fricción | Letras Libres
artículo no publicado

Política fricción

El voto simbólico y cargado de ilusión a Carmena y Colau olvida que en toda negociación ceder es imprescindible.

Hay un tipo de desempleo, el friccional, que es inevitable: es aquel que no es consecuencia de un desajuste entre la oferta y la demanda sino del movimiento de los trabajadores de un empleo a otro. Es voluntario y libre. El pleno empleo, por lo tanto, no es más que una quimera. En una sociedad abierta es razonable que sea así. Lo mismo ocurre con el sufragio universal: la abstención es inevitable. Un 100% de participación es otra quimera. Siempre habrá alguien que no desee formar parte del proceso democrático o que considere que el voto es una adhesión incondicional y absoluta a un partido, y por lo tanto nunca esté satisfecho hasta que no pueda votarse a sí mismo (o ni siquiera). En estas elecciones municipales y autonómicas, las de mayor oferta partidista con posibilidad de obtener representación parlamentaria en muchos años, un 35,06% de electores no votó, casi dos puntos más que en 2011.

Hay otro tipo de abstencionista que lo es porque se le pasó el plazo para pedir el voto por correo. Tengo un amigo comunista que tiene una buena excusa para justificar su olvido: “la vía democrática no es el camino”. La vía democrática sí es el camino para acabar con 24 años de alcaldías del PP en Madrid, por ejemplo. Cuando en 2013 Colau llevó una Iniciativa Legislativa Popular al Congreso, sabía que ese era un buen camino para acabar con el drama de los desahucios. El otro es presentarse a las elecciones, como dijo Esperanza Aguirre hace años al ser preguntada sobre el 15M. Eso han hecho.

Este nuevo panorama político, más fragmentado, donde va a ser inevitable pactar, debería ayudar a acabar con la percepción de que votar es dotar de plenos poderes a un político. Según Metroscopia, un 69% de los españoles considera positiva la desaparición de las mayorías absolutas. Un 57% cree estar preparado para “una vida política más diversificada y compleja, basada en la negociación permanente”. La pérdida de mayorías absolutas del PP en capitales como Valencia, Madrid o Cádiz demuestra que el voto ya no es a un rey sino a un negociador.

La alternativa que surge de las candidaturas de izquierda es conciliadora e inclusiva (Carmena diciéndole a Carmona que “van a hacer cosas muy bonitas” en Madrid), siempre dentro de unos márgenes ideológicos, pero su programa, repleto de medidas para recuperar la “dignidad” cuya puesta en marcha no depende del contexto o el presupuesto, sino de “voluntad y valentía política” –Carmena lo explica así: “Lo importante es saber lo que quieres hacer. El cómo, depende”–, no parece un borrador negociable. ¿Qué porcentaje de dignidad están dispuestos a ceder los votantes de Carmena y Colau –y los de las demás candidaturas de izquierdas– en las negociaciones con el PSOE, su obvio aliado para desbancar al PP? Su voto es tan simbólico y cargado de ilusión que parecen haber olvidado el concepto de cesión, como parecen haber olvidado que el PP seguirá gestionando la Sanidad y la Educación desde la comunidad de Madrid.

Según la misma encuesta que considera que los españoles están preparados para la nueva política de pactos, un 54% piensa que los políticos no lo están. La ridícula actitud de Esperanza Aguirre en rueda de prensa tras las elecciones, casi sugiriendo un telón de acero para proteger a la democracia liberal de los enemigos de la civilización occidental, es muestra de ello. Pero también tras las buenas maneras de Carmena, que ya habla de gobernar antes siquiera de haber pactado –aunque afirma que no tiene prisa–, hay un ligero poso de intransigencia, quizá inintencionada, fruto de su convencimiento de que tiene la razón a pesar de no tener todos los votos. En las redes sociales es común un tipo de usuario que considera que por estar más enfadado que los demás lleva más razón. Luego están los que piensan lo mismo por estar más ilusionados. 

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