Poesía involuntaria | Letras Libres
artículo no publicado

Poesía involuntaria

Existen muchas formas de poesía involuntaria: desde los resultados de la búsqueda predictiva de Google y los algoritmos de los robots informáticos, hasta las letras de canciones que cada uno entiende como quiere (o como le sale).

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Todo el tiempo, a cada momento, Google está produciendo poemas. Miles, millones. Sus “búsquedas predictivas” son una fábrica de poesía involuntaria. Desde hace tres años, el blog Google Poetics —creado por un escritor y una periodista finlandeses— recopila algunos de esos pequeños poemas que se generan de forma automática cuando, al introducir algunas palabras, se despliega un menú (como el que se ve en la imagen que ilustra este artículo) con las búsquedas más frecuentes. El blog está en inglés y en su portada anuncia que existen versiones en una docena de otros idiomas, entre ellos el español, pero en el momento en que escribo estas líneas la única que funciona, además de la original, es la página en portugués.

El caso es que internet y la informática y sus algoritmos han venido a resignificar la idea de “poesía automática”, expresión que los surrealistas habían acuñado para referirse a la poesía escrita como un fluir de la conciencia, sin la determinación o la censura del pensamiento racional. Existen, de hecho, numerosas webs destinadas a la creación automática de literatura. Veamos un par.

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Las más básicas utilizan un concepto similar al de Raymond Queneau y sus cien billones de poemas, de los que ya hemos hablado aquí. Esto es: disponen de varias e intercambiables opciones para cada uno de los versos del poema. De este modo, los números de combinaciones posibles se disparan. La web Festisite, por citar una, ofrece poemas de amor en inglés y holandés: cuatro posibilidades diferentes para cada uno de los dieciséis versos. Esto da un total de casi 4,3 millones de poemas diferentes. Curiosamente, en ambos idiomas, la primera propuesta para el primer verso es: “Escribí este poema especialmente para ti…”

Una iniciativa interesante fue La mareadora, un blog creado por el mexicano Eugenio Taselli. El experimento consistía en un pequeño código informático que, de forma automática, tomaba alguna frase publicada en internet, a partir de ella creaba un texto nuevo y lo publicaba. Este método dio lugar a muchos resultados con errores sintácticos o gramaticales o que, simplemente, carecían de sentido, igual que tantos de los libros de “La Biblioteca de Babel” soñada por Borges (de hecho, ese fue el título elegido por Taselli para la página en la que publicó el código). Pero como muchos otros versos sí eran correctos, Taselli concluyó la experiencia creando un poemario, titulado El drama del lavaplatos, con los textos creados por su pequeño robot.

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En 1928, Roberto Arlt publicó un aguafuerte titulado “Yo no tengo la culpa”, en la que hablaba de su apellido y las sospechas que este generaba entre sus lectores, que creían que se trataba de un seudónimo. “¿No es, acaso, un apellido elegante, sustancioso, digno de un conde o de un barón? —se preguntaba—. ¿No es un apellido digno de figurar en chapita de bronce en una locomotora o en una de esas máquinas raras, que ostentan el agregado de ‘Máquina polifacética de Arlt’?”.

Medio siglo después, Ricardo Piglia tomó esa figura para hablar de su estilo (a través de Emilio Renzi, su álter ego, en la novela Respiración artificial):

Para Arlt la lengua nacional es el lugar donde conviven y se enfrentan distintos lenguajes, con sus registros y sus tonos. Y ese es el material sobre el cual construye su estilo. Este es el material que él transforma, que hace entrar en “la máquina polifacética”, para citarlo, de su escritura. Arlt transforma, no reproduce.

De alguna manera, eso es lo que hacemos todos. Tomamos los distintos lenguajes, los tonos y los registros que nos rodean y a partir de ellos generamos nuestro estilo, nuestra propia habla, nuestra forma de expresarnos. Invirtiendo los términos: somos como robots. Pequeños programas informáticos. Con los textos ajenos creamos textos nuevos y los dotamos de significado.

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Hay un fenómeno bastante curioso y divertido que se da cuando las canciones se entienden mal y, como consecuencia, se cantan con una letra diferente. Un texto distinto, que genera un sentido nuevo. Me vienen a la memoria algunos ejemplos. Charly García canta en “Promesas sobre el bidet”:

Cada cual tiene un trip en el bocho,
difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo.

El bocho, en Argentina, es la cabeza. Es decir que “un trip en el bocho” es “un viaje en la cabeza”. Y un viaje podríamos decir que equivale a una fantasía, una historia, una versión. Sin embargo, son multitud los que cantan o han cantado que cada cual tiene un “triple” en el bocho. En Argentina se llama triple a ese pequeño artefacto que permite convertir un tomacorriente en tres, gracias al cual se puede conectar la tele, la videocasetera y un ventilador a un mismo enchufe. Y esa frase, tener “un triple en la cabeza”, también genera sus propios sentidos: también es poesía. Poesía involuntaria.

Otro caso. En la canción “Al lado del camino”, Fito Páez afirma:

Yo ya no pertenezco a ningún “ismo”

Con “ismo” se refiere al sufijo que se usa en sustantivos que aluden a doctrinas, corrientes o teorías: capitalismo, marxismo, hedonismo, consumismo, etc. Sin embargo, hay quienes siguen sin entender qué quiere decir con eso de que “ya no pertenece a ningún istmo” (un istmo es la “lengua de tierra que une dos continentes o una península con un continente”). “¿Es como que está parado en medio de dos cosas?”, se pregunta alguien en esta página. Nuevas lecturas, nuevos sentidos.

Un caso más. Una vez leí, entre los comentarios a la canción “Seis tequilas”, de Joaquín Sabina, que alguien elogiaba la siguiente metáfora:

Qué border es la ansiedad

La palabra inglesa border significa frontera, límite. En algunas regiones de habla hispana se popularizó como adjetivo: algo border es algo limítrofe, que está en el margen, en las orillas. Ahora, cuando vuelvo a buscar la canción en YouTube para escribir este artículo, veo un comentario en el que alguien corrige la letra que se lee en el video: “¡Es border, no borde!”. Pero la verdad es que la canción dice “borde”, que en España es un adjetivo que significa “antipático”, “impertinente”, “desagradable”.

El cineasta argentino Eliseo Subiela contó que, en cierta ocasión, invitado a dialogar sobre sus películas con los alumnos de una universidad, dijo algo que al parecer ofuscó mucho a uno de los estudiantes. Tanto se ofuscó el muchacho que acusó al director de no haber entendido su propia película. Me imagino ahora a alguno de estos comentaristas a los que les gustó tanto la metáfora sobre la ansiedad que le discutirían al propio Sabina que es mucho más border que borde.

¿Cuántos otros ejemplos habrá? ¿Cuánta más poesía involuntaria crearemos día a día? ¿Cuántas canciones cantaremos como nos parece mejor, solo para darles el sentido que más nos gusta o porque es el único que podemos?