Poesía en español | Letras Libres
artículo no publicado

Poesía en español

Me explicó Marisol Loaeza, en un paseo de mi casa a Harvard Square, que no está lejos, Guita se va caminando todas las mañanas, que se ha dicho que la sociedad estadounidense es la sociedad del miedo. Y quien lo haya observado logró una buena cifra de esta sociedad. No hay gente más aprehensiva, su captación del posible daño futuro es muy fina en todos los aspectos de la existencia. Este es el único lugar donde antes de que comience la función en los cines y teatros se pide al público que localice y se grabe bien dónde están las salidas de emergencia, no vaya a ser que se desate un incendio o alguna otra catástrofe, y la gente no sepa qué hacer. He ahí en acción la imaginación de la catástrofe, que tan bien opera en las consejas médicas de una sociedad obsesionada con la salud: haz ejercicio, todo mundo a correr, no comas eso, acuérdate del colesterol...

Esta prevención colectiva y constante de la desgracia es la que hizo ganar a Bush la reelección pese a la aberrante guerra de Iraq, porque el estadounidense conoció en el ataque a las Torres Gemelas la más angustiosa de las sorpresas: la catástrofe que no había podido prever, y su aprehensión neurótica del terrorismo subió en espiral.

 

 

El otro día, después de nadar, por prescripción médica, me dirigí a un establecimiento al que le dicen la Joyería; se trata en realidad de la librería Schoenhof’s, de libros en idiomas extranjeros, de Harvard, bien surtida de libros en español, francés, alemán, ruso, qué sé yo, en los muchos idiomas que se hablan en la universidad, pero tan caros que por eso le dicen la Joyería. Estuve viendo un rato los libros en español; bien, mucha generación del 98, hasta algunos volúmenes, pocos, que no había leído. Y ahí estaba cuando localicé a un autor por completo desconocido para mí que escribía un libro de recuerdos de tres escritores, Espina, Unamuno, Valle-Inclán. Abrí el libro al azar y leí: “a propósito de este biógrafo, Ramón Gómez de la Serna, me escribe Espina desde París el 3 de septiembre de 46, lo siguiente: ‘y a propósito de ese miserable: creo que Gómez de la Serna es en falangista repugnante. Los nuestros me escriben indignados por las marranadas de Ramón. Parece que capitanea o casi la pandilla intelectualoide franquista de Buenos Aires’.”

El párrafo leído me causó no sé qué alegría, una alegría recatada, modesta, pero dichosa al fin, el calor de algo familiar ausente y ahora recobrado. Era, claro, el castellano, pero no sólo el idioma sino el apasionamiento español... Y advertí que llevaba tres meses sin leer nada en español, que no fuera lo que yo mismo escribo o lo que preciso para las clases. Y nada que no fuera mesurado, razonable, académico, tan lejano de la vociferación española, que me sonó de maravilla. Sí, qué delicioso, como tomar un capuchino después de caminar en una nevada. Pobre Nabokov, con razón se quejaba tanto de su pérdida del ruso; si yo con tan poquito tiempo estaba tan añorante, cómo estaría él después de tantos años. También recordé a Ludwik Margules, que ya muy viejo me dijo, un día que le hablé por teléfono para ver cómo estaba, “se murió... [y aquí un nombre que no conservé], y ya no tengo con quién hablar polaco”, y estaba tristísimo.

Y sí, Gómez de la Serna se portó muy mal de viejo y fue abyecto con Franco, pero ya estaba tan viejo, derrumbado y deprimido que no era más Gómez de la Serna. El autor del libro se llama Santos Martínez Saura. No necesito ni decir que tuve que adquirir el volumen.

 

 

Pasó por Harvard el notable poeta venezolano Rafael Cadenas, leyó poemas y conquistó a todo mundo con su sencillez. Hubo también conversación con el escritor. Como cabe esperar de un poeta, se expresa con expresivo refinamiento. Por ejemplo, en algún momento se quejó de la publicidad y los comunicadores diciendo: “Las palabras sufren en esta época su mayor penuria.” Esta frase, así dicha, sólo puede construirla una persona acostumbrada a la interminable tarea de buscar las mejores voces y a acomodarlas en el mejor orden posible, es decir, un poeta. Puso como ejemplo el uso incasable del vocablo tema: “¿No pueden decir cualquier sinónimo?, digamos, asunto; asunto es buena palabra”, y citó: “Voy de mi corazón a mis asuntos”, verso de Miguel Hernández. También citó luminosas palabras de Vallejo: “Días en que está el corazón como el sol sobre el pan.” Y en algún momento acuñó un juicio literario y a la vez político: “Doña Bárbara está en el poder, es Chávez.” Como Eliot, Yeats o, para no ir más lejos, Shakespeare, ha tratado de prescindir del yo en sus poemas. Como él es poeta lo dice así en un poema: “Busco un claro para ver sin mí.” ~


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  • Pocas personas hay más queridas y admiradas en el reino de la literatura mexicana que Hugo Hiriart, quien el próximo 28 de abril cumple setenta años en plenitud de sus extraños y seductores poderes literarios. En 2010 publicó uno de sus ensayos más penetrantes y eficaces, El arte de perdurar (Almadía), una pieza polémica sobre por qué Borges y no Reyes se adueñó de la posteridad, tema hugoliano si los hay.