Poemas tardíos de Wallace Stevens | Letras Libres
artículo no publicado

Poemas tardíos de Wallace Stevens

Por alguna razón tomamos las últimas palabras de una persona, escritas o no, como su voluntad más incuestionable, el gesto que da sentido a una vida. Con mayor razón, podemos aventurar, cuando el testamento proviene de quien trabajó con y para el lenguaje. Los versos encontrados en la última libreta de Pablo Neruda representan una serie de juegos de palabras, aliteraciones y onomatopeyas inéditas en su obra. El poema que cierra la poesía completa de T. S. Eliot es inusitadamente autorreferencial y directo. Aunque no son un poema, las palabras de Celan en su lecho de muerte persisten como canto de cisne y poética inescrutable. Ahora bien, Stevens moduló su tono a lo largo de los años, compactándolo, profundizando en la forma, fiel a ciertos postulados suyos: la impersonalidad de la poesía, el poema como experiencia compartida (no informe o invención, sino vivencia), la conciencia que se desplaza a la manera de la imaginación para descubrir lo extraordinario.

El título del volumen resulta casi redundante. Agrupa los poemas postreros de quien publicó su primer libro, Harmonium, a los cuarenta y cuatro años –edad a la que una teoría comúnmente aceptada considera cerrada la producción central de un poeta. Lo cierto es que el abogado y vicepresidente de una compañía de seguros dio a la luz pública una poesía que maduró al margen de la vida literaria, y que prácticamente no conoció adolescencia. Entonces, ¿qué podemos esperar de sus últimos poemas? Coherencia. Un Wallace Stevens que ahonda en sus reflexiones barrocas, que subvierte el orden corriente de la poesía norteamericana tan cercana a lo conversacional. Un Wallace Stevens que se reserva una duda sobre la realidad generalmente aceptada. Y no busca sustituirla por una versión mejorada de la misma, sino especular sobre lo que existe, intervenir con la reflexión activa (ficción sinónimo de imaginación) el imperfecto trazo del continuum exterior que habitamos. No hay, en estos poemas de despedida otra sorpresa que un poeta ahondando en sus asuntos de siempre. Y eso de ninguna forma es poco: “Ahora, aquí, la nieve que tenía olvidada se torna // parte de una realidad mayor, parte de / una apreciación de la realidad // y por lo tanto una elevación, como si yo saliera / con una cosa que puedo tocar, tocar de todas las maneras.”

En Stevens lo central es esa teoría del mundo. El poeta va siempre tras los Grandes Temas, lo trascendente, los propósitos puros. Los elementos narrativos (personajes, anécdotas) transcurren a modo de ilustración, traducción a objetos del pensamiento abstracto. Los instantes líricos se dan de bruces con elucubraciones ontológicas, con extrañas construcciones filosóficas. Cada texto entraña la concretización de una inteligencia que parte de lo material para acceder a los laberintos de la percepción. Por ello, los poemas presentan en la primera lectura un innegable grado de opacidad. Pero este reto es una circunstancia calculada. El autor no está dispuesto a desarmar sus incógnitas para mostrarle al lector solo los resultados de sus indagaciones (“vivimos en una constelación / de trozos y de tonos, / no en un único mundo, / de cosas bien dichas [...] Pensadores sin pensamientos finales / en un cosmos siempre incipiente”). Por el contrario, si algo distingue a Stevens es su capacidad para llevar al papel los vericuetos que su conciencia ha atravesado, sin aplanarle el terreno al lector, sino más bien procurando que atraviese los mismos retos, que sus engranajes funcionen en armonía. En él, la escritura sucede al mismo tiempo que la percepción. En sus Adagios, el autor propone: “El poeta parece conferir su identidad al lector. Es más fácil reconocer esto cuando se oye música –quiero decir este tipo de cosa: la transferencia.” No hay didáctica ni comunicación, sino transmisión, identificación en el objeto verbal.

Aunque en la “Nota del traductor” se advierte lo que el lector habrá de esperar, algunas veces la versión dista de sonar con naturalidad (no digo cadenciosamente, pues Stevens no ofrece ritmos amables, sino de acuerdo al ritmo y la sintaxis de la lengua de recepción). Incluso lo abigarrado y arduo tiene revés y derecho. Pronombres inoperantes en español, decisiones semánticas un tanto neutras, más de un verso trasladado literalmente. Las eventualidades no resueltas de la lengua de partida dejan el resultado a medio camino entre dos idiomas.

Para Stevens el concepto de Dios está perdido. La fe religiosa no ayuda a habitar la realidad. En ese panorama, la experiencia estética y la revelación de la naturaleza ocupan el lugar de la espiritualidad como “salud”, “cura” y “renovación de la experiencia” del mundo. La identificación entre sujeto y entorno, entre el sujeto y la imagen (germen de todo mito), sucede como apoteosis, experiencia mística en la que el ser se renueva:

Es la naturaleza de su creador

                              [acrecentado,

elevado. Es él, de nuevo, en una

                         [refrescada juventud

y es él en la sustancia de su región,

madera de sus bosques y piedra

                             [de sus campos

o de debajo de sus montes.

 

El poeta no desconfía de la realidad per se: descree de las aproximaciones fáciles. Propone tomar el camino largo, el método profuso, para llegar a un estrato más pleno que incluya dentro y fuera. Potenciar “el sentimiento de la realidad”. La escritura del poeta tuvo siempre por destino el sitio donde “la realidad es una actividad de la más augusta imaginación”. Un devenir donde forma y contenidos, hechos y posibilidades, construyan la fugaz, presentida ficción suprema del Yo que se adentra en la Otredad. ~