Podemos y la guerra de símbolos | Letras Libres
artículo no publicado

Podemos y la guerra de símbolos

En las últimas semanas ha habido discusiones por varias acciones con alto contenido simbólico de la formación de Pablo Iglesias y sus aliados.

La política española se ha vuelto tan apasionante en los últimos tiempos que parece ocuparlo todo. Hablamos de las tácticas y la aritmética del poder, y de la tensión sexual no resuelta entre las distintas formaciones. Es un espectáculo de gran intensidad retórica. Ese mayor interés puede contribuir a incrementar la calidad de nuestra democracia. Los votantes saben y exigen más, y la fragmentación del poder puede aumentar la rendición de cuentas y la vigilancia mutua. Al mismo tiempo, el aspecto espectacular, algunas particularidades de las elecciones recientes -las candidaturas personalistas, el doble enfrentamiento entre izquierda y derecha y vieja y nueva política- y las dificultades para las alianzas han hecho que la conversación política nacional parezca más ensimismada, ajena a cuestiones amplias que nos afectan y nos seguirán afectando cuando se alcancen pactos de gobierno.

Otra posible consecuencia de que la política sea más sexy es que acabemos hablando más de política que de medidas políticas. La política se convierte en un fin, en vez de un instrumento, y parece que casi todo ocurre en un vacío: aunque la propia dificultad de llegar a acuerdos lo desmiente, a veces hay quien señala que con voluntad y una señalización ideológica adecuada se pudieran afrontar todas las contingencias y resolver todos los problemas.

Pocas cosas son más entretenidas que una batalla de símbolos, y la formación que mejor sabe manejarlos, en parte porque es un partido en campaña permanente, es Podemos. Lo que menos importa es que sean creíbles, o que reivindiquen medidas que hace años que están en funcionamiento, impulsadas por los partidos de la “vieja política”. Hace unas semanas los diputados del partido anunciaron su renuncia a un plan de pensiones que no estaba en vigor desde 2012. “Nunca más un país sin su gente”, decían ayer en la fórmula que repitieron al prometer su cargo, como si hasta ahora el Congreso de los Diputados hubiera sido un zoológico o no fuera gente la gran mayoría de españoles que no eligió a la formación el 20 de diciembre. La consigna me hizo recordar los versos de Brecht que quizá ya operan en Cataluña: ante la poca fiabilidad de los votantes, el parlamento debería disolver al pueblo y elegir uno nuevo.

En las últimas semanas ha habido discusiones por varias acciones con alto contenido simbólico de la formación de Pablo Iglesias y sus aliados. Esas acciones, que manifestaban cierta inclinación peronista, han revelado a menudo el cruce de una retórica revolucionaria con una sensibilidad un tanto rancia, como de día de Domund en una parroquia de izquierda de hace veinte o veinticinco años: los pobres invitados a cenar en Nochebuena y los elegidos para “encarnar la diversidad”. Muestran también un uso simbólico de las personas, que ejemplifica que Carolina Bescansa acudiera al hemiciclo con su bebé, para realizar un “gesto” en un espacio donde hay una guardería desde hace años.

Otra de las cosas que muestran es su habilidad para apoderarse del relato y convertirse en los protagonistas de la noticia. Aunque han fracasado en las negociaciones sobre la mesa y en su aspiración a tener cuatro grupos parlamentarios, el espectáculo de ayer les hace aparecer en las portadas.

Arcadi Espada denomina esta estrategia comunicativa “anecdotismo”. La foto o nota excéntrica, el detalle destinado a “desengrasar” -como decía una de mis jefas en televisión- se convierte en el centro de la noticia. Aprovechan el funcionamiento y las debilidades del periodismo, así como lo que Manuel Jabois llama “la capacidad de un español de escandalizarse”, y luego se benefician de la polémica generada, que contribuye a cargar de significado un gesto a menudo frívolo o intrascendente. Consiguen que se hable de ellos y además, en un movimiento de judo, las reacciones más contundentes (o grotescas) son las que más se recuerdan, y se descontextualizan y emplean para anular todas las críticas.

Las guerras simbólicas son divertidas y muy eficaces para la movilización. Es casi imposible mantenerse al margen, y seguramente tampoco es deseable. Pero también es bueno no entrar en todas las escaramuzas, porque benefician a quienes las organizan y protagonizan, roban atención y recursos que deberían ir destinados a reformas y debates necesarios, en vez de desperdiciarlos en propaganda y bufonadas.

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