Plantar libros, tener árboles, escribir hijos | Letras Libres
artículo no publicado

Plantar libros, tener árboles, escribir hijos

Durante la dictadura feroz que gobernó Argentina entre 1976 y 1983, muchas familias enterraron libros prohibidos en sus patios o jardines. Ahora, una exposición en Buenos Aires retrata su rescate.

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La casa está ubicada sobre la calle Corro, en el barrio Parque Vélez Sársfield de la ciudad de Córdoba, Argentina. Allí tuvo lugar el acontecimiento. Roberto, Luis y Ana Gerchunoff, los tres hermanos que aún residen en el país (Beatriz y Nora están radicadas en Israel), acompañados de sus respectivas familias, volvieron a la casa de su infancia. La habían dejado en 1980, cuando eran todavía unos niños. Y al volver rompieron una pared y rescataron el tesoro familiar: la biblioteca de sus padres, que llevaba oculta más de treinta años. Era el sábado 29 de marzo de 2008.

La última dictadura cívico-militar argentina —que impuso el terror entre 1976 y 1983 y de cuyo acto inicial, el golpe de Estado, se cumplen cuatro décadas este jueves 24 de marzo—no solo se propuso eliminar a personas e ideas, sino también muchos libros. Hubo prohibiciones, secuestros, clausuras, incluso quemas públicas. Los nazis lo habían hecho cuarenta años atrás en las calles de Alemania, pero evidentemente no había ningún inconveniente en parecérseles. En tal situación, poseer ciertos libros era peligroso. Era señal de que uno era un subversivo, un extremista, un agente del totalitarismo foráneo y muchos otros epítetos. Por eso, lo que mucha gente hizo fue ocultar sus libros. Los enterraba en el patio o creaba algún refugio donde estuvieran a salvo de allanamientos.

El matrimonio compuesto por el abogado Salomón Gerchunoff y la arquitecta Eva Maltz, militantes comunistas (él defendía a obreros y presos políticos), aprovechó que estaban haciendo obras en su casa para guardar los libros detrás de una pared falsa, creando un compartimento secreto en el cuarto de baño. Salomón fue detenido en mayo de 1977. Tras permanecer durante tres meses desaparecido (es decir, en uno de los tantos centros clandestinos de detención y tortura que la dictadura estableció en diversos puntos del país), pasó cuatro años en la cárcel legal. En ese lapso, Eva enfermó gravemente y en 1980, al borde de la bancarrota, se vio obligada a malvender la casa. La mudanza apresurada impidió a la familia llevarse muchas cosas: hasta la mascota, una perra, quedó allí. Y también, por supuesto, los libros escondidos.

La historia de que en la casa de la calle Corro había una biblioteca escondida circuló en el barrio durante años como una especie de leyenda. Quiso la casualidad que, en 2008, una de las inquilinas de la vieja casa, que conocía la historia, se convirtiera en compañera de trabajo de Ana Gerchunoff. Habló con ella y le ofreció volver a la casa a buscar la biblioteca. Así fue como los hermanos rescataron el tesoro: obras de Marx, Engels, Gramsci, las Memorias del general José María Paz, revistas de economía política, un libro de latín, cuadernos infantiles, cartas, hasta una invitación de cumpleaños y un folleto con la “Oda a la mariposa” y la “Oda a la pantera negra”, de Pablo Neruda, autografiado y dedicado por el poeta a Salomón. Lamentablemente, ni a él ni a Eva les alcanzó la vida para reencontrarse con esos recuerdos.

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El caso de la familia Gerchunoff es uno de los destacados en la muestra “Desenterrando libros prohibidos”, que se inauguró el sábado 19 de marzo en el Centro Cultural Haroldo Conti, de Buenos Aires. Haroldo Conti fue un escritor nacido en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, en 1925. Escribió novelas y cuentos elogiados por García Márquez y fue secuestrado el 5 de mayo de 1976; permanece desaparecido desde entonces. El centro cultural que lleva su nombre no está en un lugar cualquiera, sino en el Espacio Memoria y Derechos Humanos, un predio de 17 hectáreas donde funcionó la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el más grande de los centros clandestinos de detención y tortura de la dictadura.

En su texto de presentación, la muestra detalla que, en el contexto de represión impuesto en esos años, “ciertos libros (y la práctica de la lectura) se volvieron sospechosos y peligrosos, por su ilimitada fantasía, por sus finales abiertos, por su ideología confusa, porque afectaban la seguridad nacional”. De la persecución, continúa el documento, “se pasó a la (auto)censura, la prohibición y hasta la quema de libros de manera pública, como forma de sembrar el miedo y diseminar el terror”.

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Es curioso, en cierto sentido, que más allá de los libros de Marx, Engels y otros “clásicos” de la censura, por decirlo de alguna manera, los dictadores argentinos hayan puesto especial énfasis en libros para niños. Así fue como, por ejemplo, se censuró un libro infantil titulado Cinco dedos, del Colectivo Libros para Niños de Berlín, cuya moraleja era clásica: “La unión hace la fuerza”. Pues fue prohibido por tener, según el decreto dictatorial, “finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria para la tarea de captación ideológica, propia del accionar subversivo”.

Otro caso fue el de La torre de cubos, colección de cuentos de Laura Devetach, sufrió el mismo destino. La causa esgrimida fueron sus “graves falencias tales como simbología confusa, cuestionamientos ideológico-sociales, objetivos no adecuados al hecho estético, ilimitada fantasía [y] carencia de estímulos espirituales y trascendentes”. Entre otros.

No sorprende esta caza de brujas contra la literatura infantil, en realidad, si se tiene en cuenta uno de los mensajes que los responsables de tanta persecución y tanta muerte propalaban todo lo que podían: “Mientras usted está tranquilo en su casa, mientras usted trabaja a favor del país, su hijo, en la escuela, puede estar recibiendo instrucción ajena a nuestra idiosincracia. Si usted no reacciona, la guerra jamás será ganada”.

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A veces, escuchar o leer muchas veces una historia hace que se diluya la capacidad de comprenderla en su más honda expresión. Quienes nos hemos criado en la Argentina escuchando los relatos de supervivencia y adaptación de esos años corremos el riesgo de que nos pase eso. Un modo de salirse de ese lugar de confort y recuperar, de algún modo, el necesario espanto ante estas historias, consiste en tratar de ponerse en los zapatos de aquellas personas.

Por suerte no tengo que sufrirlo de verdad. Pero trato de imaginarme por un momento en esa situación, sin incluir el miedo, sin incluir las prohibiciones, sino solo la necesidad de ocultar mis libros. Esos que me gusta tener siempre cerca, a los que acudo con frecuencia, que me reconfortan con solo saber que están ahí. Me imagino teniendo que sepultarlos detrás de una pared, o enterrarlos en un patio o en un jardín, sin saber si algún día los volveré a ver. Sería muy triste. Lo podría ver como un funeral, como un sepelio.

Visto en perspectiva, se me ocurre que lo mejor sería interpretarlo de otra forma: como una siembra. Libros como semillas, que se entierran como un modo de plantar libros nuevos. El mejor modo de tener árboles. Y quizás una forma —para completar el juego de palabras—de escribir hijos. Tal vez, a su modo, es lo que hicieron Salomón Gerchunoff y Eva Maltz con su biblioteca escondida en la casa de la calle Corro. Y también todas las demás familias que sufrieron, hace cuatro décadas, lo que nadie debería volver a sufrir nunca más.

 

 

PD: La foto que ilustra este artículo forma parte de la muestra “Desenterrando libros prohibidos”. Muestra a uno de los nietos de Salomón Gerchunoff y Eva Maltz mientras rescata los libros que permanecieron ocultos por más de 30 años. En primer plano, el primero de los libros rescatados: La plusvalía, de Karl Marx.

 


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