Periplos gráficos | Letras Libres
artículo no publicado

Periplos gráficos


Gauguin revolucionó un formato escasamente considerado de la historia del arte: el cuaderno de viaje. Híbrido de diario íntimo, de álbum de imágenes, de cartapacio de esbozos, de dietario, de bloc de notas y de carpeta de objetos encontrados, ha sido un compañero constante de la exploración militar y científica y del vagabundeo artístico desde hace siglos. Gauguin rompió sus proporciones armónicas y sus límites tradicionales, en una experimentación de materiales y técnicas que es la propia del arte contemporáneo. El manuscrito ilustrado de Ancien culte (1891-92) tiene una cubierta hecha con fibras de Tahití, sobre la que el pintor estampó figuras de inspiración primitivista; en su cuaderno Noa Noa (1891-1903) mezcló acuarela, fotografía, tintas, grabado, altas dosis de erotismo (por no decir pornografía) y hasta versos propios. La tradición gráfica y viajera de Humboldt, los Goncourt, Turner, Delacroix, el propio Gauguin –como punto de inflexión–, Picasso o Hopper se perpetúa en nuestros días en dos grandes nombres propios: Titouan Lamazou, de origen francés y pulso nómada, y Peter Beard, que nació en Nueva York pero ha residido sobre todo en África. Son los clásicos vivos del cuaderno de viajes, según se desprende de la selección de artistas y obras que firma Farid Abdelouahab en Cuadernos de viajes. Crónicas de tierras desconocidas (Geoplaneta, 2006), la primera gran lectura del subgénero que se ha hecho hasta ahora, que termina precisamente en ellos.

Lamazou y Beard tienen algo en común: el uso de la fotografía como constituyente fundamental de sus trabajos trashumantes. Los cuadernos de Lamazou juegan, en la composición de cada página, con la caligrafía, el dibujo del natural y los mapas pintados, en relación directa o indirecta con la instantánea en blanco y negro. Su obsesión es el paisaje, a menudo contemplado desde una perspectiva panorámica, que complementa mediante la cartografía; pero también se interesa por el retrato, el paisaje humano, como ocurre con los gauchos en su obra del año 2000 sobre el Cabo de Hornos. El collage que descubrió Gauguin es llevado todavía más lejos por Beard; quizá hasta sus últimas consecuencias mientras no se abandonen los límites intrínsecos al papel de un cuaderno. Como se observa en el último libro de lujo que le ha dedicado la editorial Taschen, Art Edition 251-2500 (edición limitada que salió al mercado con un precio de 3.000 euros y ya se ha agotado), el compañero de taller de Salvador Dalí y Francis Bacon, y compañero de viajes de Truman Capote y Andy Warhol, incorpora a su obra desde los objetos más ingenuos (flores, hojas, etiquetas de cerveza, viñetas de cómic, envoltorios de caramelos) hasta las substancias más innegablemente propias de la intimidad (semen, sangre), en el marco de una investigación sobre cómo la técnica mixta puede registrar la cotidianidad del exilio voluntario.

Según afirma Abdelouahab en alusión a Lamazou, “esta corriente de composiciones cuadernísticas se ha puesto de moda gracias, en parte, a la influencia del trabajo de reactualización del cuaderno que este artista inició en Francia junto con Yvon Le Corre”. Efectivamente, en el país vecino los “carnets de voyage” son una práctica artística y editorial de circulación normalizada. Glénat, Gallimard o Seuil, entre muchos otros sellos, publican regularmente los cuadernos ilustrados de artistas de trayectorias dispares, como el consagrado dibujante Loustal (www.loustal.net), que se limita a la ilustración en color de lo que observa en sus periplos, o como la joven pareja formada por Reno y Claire (www.reno-marca.com), que combina ilustración, texto y fotografía en libros como el multipremiado 3 ans de voyage (Hermé, 2005) o el reciente Madagascar (Aubanel, 2007).

En los Estados Unidos, en cambio, el mercado se está decantando por la fotografía en detrimento de la ilustración; pero no se puede hablar de una tendencia consolidada ni de una tradición como en el caso francés. Chronicle Books, después del volumen que le consagró en 2001 a Dan Eldon –fotorreportero asesinado en África a los veintidós años y uno de los herederos más claros y brillantes de Beard en el cultivo del diario artístico–, a cargo de la periodista Jennifer New (Dan Eldon. The Art of Life), dedica actualmente la totalidad de su colección “Travel Photography” a guías fotográficas de la arquitectura y los jardines de países de todo el mundo. Por su lado, Powerhouse Books –el sello editorial de Powerhouse Arena, uno de los laboratorios de la cultura visual de Brooklyn– sacó a la venta el año pasado Travel Notes. 22 Thousand Miles Across the Americas, del joven fotógrafo viajero alemán Christoph Bangert, un diario de ruta que une Nueva York con Tierra de Fuego mediante un collage de fotografías, billetes de transporte, sellos administrativos y anotaciones en inglés. Pero de momento no parece que se trate del primer paso en una posible nueva colección. El grupo editorial teNeues, por último, especializado en diseño, urbanismo y tendencias, acaba de publicar otro rara avis sobre viajes, Travel, del austriaco Andreas H. Bitesnich, un volumen exquisito en blanco y negro, con fotografías de encuadre clásico hechas en el sur de Europa, el Caribe, Camboya, el norte de África y los Estados Unidos; el contraste entre la imagen de la página impar y de la par, los espacios en negro con letra en blanco y las fotografías a doble página crean un viaje visual, en la línea de los propuestos por Sebastião Salgado sobre trabajadores manuales de todo el planeta o sobre migraciones también globales, cuya ambición está en el propio título. Definir una mirada mediante algunos fragmentos: así se expresa el viaje.

Los cuadernos artísticos, los “carnets de voyage” o los libros de fotografía de viaje actúan por sinécdoque en la recepción por parte del lector. Como el álbum de fotos doméstico, algunos momentos sintetizan una experiencia que se caracteriza tanto por la multiplicación de vivencias como por la dificultad de su relato. Es significativo que escritores como Nicolas Bouvier, Paul Bowles o Bruce Chatwin hayan dialogado con el arte fotográfico tanto con imágenes propias que nos revelan un modo de mirar como mediante prólogos o ensayos que reflexionaban sobre otras miradas, cómplices. La imagen y la palabra han estado más unidas en el relato de viajes que en el resto de narrativas. Pero, durante siglos, los libros de viajes, los documentales más o menos etnográficos, las exposiciones de pintura o de fotografía sobre culturas ajenas o los “travelogues” (como Burton Holmes llamaba a sus conferencias ilustradas, primero con fotografías y después con películas, sobre sus viajes por el mundo entero), es decir, las distintas manifestaciones de la palabra o la imagen sobre el movimiento, estuvieron dirigidos a un público mayoritariamente sedentario. Ahora que todos somos turistas, esas modalidades de relato tienen que mutar necesariamente, en busca o bien de una complicidad con el lector que ya conoce esos espacios o bien de lugares o historias que todavía sean inaccesibles para el grueso de los ciudadanos occidentales, en una presentación que persiga nuevos formatos, textuales o audiovisuales, híbridos. El cómic de no ficción, el cuaderno-collage, las docuficciones, los blogs de viajes o las videoinstalaciones de nuestro inicio de siglo están problematizando precisamente ese tránsito. Sobre todo en la pantalla del ordenador, pero también en las páginas de un libro, el turista del siglo XXI, cuando acaban sus vacaciones, consume sucedáneos para seguir viajando. ~