Pedro Páramo, sesenta años después | Letras Libres
artículo no publicado

Pedro Páramo, sesenta años después

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera.

...

Íbamos cuesta abajo, oyendo el rumor sordo del motor de la camioneta que se despeñaba como si fuéramos al infierno.

–Mira, compa –me dijo el chofer, bajando la velocidad–: ¿Ves aquel cerro? Ahora ve para el otro lado. ¿Ves ese otro cerro? Y ahora mira hasta el fondo y para atrás, hasta donde te alcance la mirada. Pues todo eso es la plaza que controla Pedro Páramo.

–Parece que está todo abandonado.

–Aquí no vive nadie.

–¿Y Pedro Páramo?

–A Pedro Páramo lo mataron hace muchos años.

...

Era la hora en que los niños deberían estar jugando en las calles, pero en este pueblo no había ni ruidos. Miré las casas vacías, invadidas de yerba, los disparos en las paredes, las huellas de los incendios y de las explosiones. Pensé en mi madre, habría querido decirle: “Te equivocaste, me mandaste a un pueblo solitario, se fueron todos huyendo.” Llegué a una casa. Una mujer estaba ahí. Me dijo que entrara y atravesamos un pasillo lleno de bultos.

–¿Qué es todo esto? –pregunté.

–Cosas –me contestó–, tengo la casa llena de las cosas que me dejaron los que se fueron, dijeron que iban a volver, pero nunca volvieron.

–¿Esas cosas son de Pedro Páramo? –pregunté.

–Esas no –dijo, apuntando a la derecha, donde se apilaban cajas con ametralladoras–, esas son de los que estaban contra Pedro Páramo.

–¿Y esas? –pregunté, apuntando hacia donde había unos paquetes de plástico negro, enrollados de la misma manera que los paquetes de droga.

–Esas son de unos que primero estaban con Pedro Páramo y luego ya no, se pasaron a los Zetas o no sé a cuáles. Aquí hay cosas hasta de los soldados y de los federales, que salieron corriendo luego del último ataque.

–Vaya relajo.

–El mismo infierno.

...

–¿Qué es lo que pasa?

La mujer sacudió la cabeza como si despertara de un sueño.

–Es la camioneta de Miguel Páramo, que anda para arriba y para abajo.

–¿Entonces sí vive alguien aquí?

–Solamente la camioneta que va y viene. Todo comenzó con Miguel Páramo. Yo fui la primera en enterarme la noche en que murió. Estaba ya acostada cuando escuché el ruidero de su camioneta y luego oí que tocaban en mi ventana. No me extrañó porque a veces venía a dormir conmigo. “¿Qué te pasó?”, le dije, porque venía chorreando sangre y lleno de balazos. “No sé”, me contestó, “no me acuerdo de nada, creo que me estoy volviendo loco”. “Debes estar muerto, Miguel”, le dije, “mañana tu padre se torcerá de dolor y va a querer venganza, ¿tú sabes quién te metió los tiros?”. “¿Quién va a ser?”, me dijo, “hay tantos echando tiros que hasta de las piedras desconfío”.

...

Este pueblo está lleno de ecos. Cuando caminas oyes crujidos, risas, ladridos de perros, la música de una fiesta. Y voces:

–Están esperando el cargamento en la frontera desde la semana pasada, ¿qué le vamos a decir a Pedro Páramo?

–Vinieron unos nuevos a querer cobrar el veinte por ciento, pero yo les dije que ya no queda nada, que ya le dimos a Pedro Páramo, ¿de dónde vamos a sacar más dinero?

–Don Pedro, derrotaron al Tilcuate. Llegaron unos heridos a Comala. Dijeron que era gente de las autodefensas y que habían tenido muchos muertos. Parece que se encontraron con unos que dicen que ahora andan por su cuenta.

–Que la Familia, que los Zetas, que los de la Nueva Generación, ya todo mundo se mete aquí, ya Pedro Páramo no controla nada.

–¿Y ahora a quién le pedimos armas, entonces?

...

Estaba muy cansado, como si el alma se me hubiera caído y no tuviera fuerzas ni para recogerla. Le pedí permiso a la mujer. Me dijo que me echara donde quisiera y se esfumó en una nube de polvo. Me acosté en un rincón en el suelo.

–¿No me oyes, madre? –pregunté.

–¿Dónde estás?

–Estoy aquí, en tu pueblo, junto a tu gente, donde tú querías que viniera.

–Es mejor que te levantes del suelo, ahí te van a comer los gusanos.

Hice el esfuerzo y cuando me di cuenta ya estaba de pie, liviano y como si mi cuerpo no pesara nada.

–Hijo, ¿por qué estás lleno de balas? ~