Patrick Modiano: La memoria y la niebla | Letras Libres
artículo no publicado

Patrick Modiano: La memoria y la niebla

Una escritura precisa y profunda sobre una realidad incierta e inasible: el París de la ocupación y de los años sesenta. Algunas claves de la obra del Premio Nobel de Literatura.

Patrick Modiano ha contado la escena en varios de sus libros. Sus padres estaban separados, pero vivían en el mismo edificio. El 8 de abril de 1965 la madre de Modiano le pidió que llamara a la puerta de su padre para pedirle dinero. Le cerraron la puerta en las narices. La pareja de su padre, “la falsa Mylène Demongeot”, gritó que iba a llamar a la policía. El joven Modiano bajó al tercer piso. Al poco tiempo fueron a buscarlo unos policías, que se llevaron a Albert y Patrick Modiano en un furgón a comisaría, donde su padre lo denunció diciendo que era “un gamberro” y que había “montando un escándalo” en su casa. Era la primera vez que Patrick Modiano iba en un furgón celular. Pero, mientras el vehículo descendía por la calle Saints-Pères y el boulevard Saint-German, el joven sabía que para su progenitor era diferente: Albert Modiano, que una vez se había llamado Henri Lagroua, había estado en un furgón en 1942 y en 1943, durante la Ocupación.

Esa escena encierra algunas de las claves del mundo del sorprendente y más que merecido Premio Nobel de Literatura, un escritor extraordinario y discreto, cautivador y obsesionado por la reconstrucción de un pasado que siempre permanece inalcanzable, enigmático y levemente onírico: un hombre solitario y joven que huye y busca en el París de los años sesenta, con el telón de fondo de la guerra de Argelia y sus veteranos, y de crímenes como el caso Ben Barka; el recuerdo constante de la Ocupación, con sus persecuciones y su miedo, con la sensación de fragilidad e incertidumbre y sus negocios inconfesables; la expresión, profundamente conmovedora por su ausencia de retórica, de un desamparo profundo; el conflicto familiar y una identidad quebradiza. Sus novelas suceden, en más de un sentido, en un tiempo “entre perro y lobo”, en ese momento crepuscular y difuso. Otro gran escritor francés, Jean Echenoz, ha destacado “las variaciones de la luz”. Modiano ha escrito literatura juvenil, piezas de teatro y guiones de cine, pero en buena medida el atractivo de sus libros –numerosos y breves– reside en el placer de la repetición: en la exploración de un territorio de memoria y bruma a través de un estilo seco y preciso, que siempre recurre el anclaje de lo real y de los nombres: los nombres de las personas, de las calles, las fechas, los documentos. Esa observación muestra que las identidades son dobles, que los nombres son falsos, que uno debe registrar meticulosamente los detalles. José Carlos Llop ha dicho: “Modiano es uno de los escritores europeos esenciales de nuestra época, uno de sus principales retratistas, oculto tras una niebla narrativa. Porque la claridad, en Modiano, reside en la nitidez de su estilo, lo contado se acoge al impresionismo”.

Modiano nació en julio de 1945. Su madre era una actriz belga, “una chica guapa de corazón seco”. “No recuerdo ningún gesto de ternura o protección por su parte”, escribiría en Un pedigrí, una de sus obras maestras. Su padre descendía de una familia judía de Salónica de origen italiano; su abuelo paterno tenía pasaporte español. Era un hombre de negocios, a veces dudosos, que “habría desalentado a diez jueces de inscripción”. Se conocieron durante la Ocupación; algunos de los mejores libros de Modiano son una investigación sobre ese periodo, una encuesta sobre la “escena originaria” que a veces recuerda a Gil de Biedma: “Así yo estuve aquí/ dentro del vientre de mi madre,/ y es verdad que algo oscuro, que algo anterior me trae/ por estos sitios destartalados”.

Cuenta Modiano en Un pedigrí sobre su madre: “Su novio le había regalado un chow-chow pero ella no se ocupaba de él y se lo confiaba a diferentes personas, como haría más tarde conmigo. El chow-chow se suicidó tirándose por la ventana. Ese perro figura en dos o tres fotos y debo confesar que me emociona infinitamente y que me siento muy cerca de él”. Tuvo una adolescencia difícil, llena de internados, fugas y peleas con su padre. La literatura fue una especie de salvación. Una persona importante para él fue Raymond Queneau –con una risa que era, escribe Modiano, mitad géiser y mitad carraca–, que sería su padrino de boda y que le ayudaría con su primer libro, El lugar de la estrella, publicado en 1968 y recogido en Trilogía de la Ocupación en Anagrama. Escribió canciones, cubrió los sucesos de mayo del 68, ganó el Premio de la Academia Francesa por Los bulevares periféricos y el Goncourt por Calle de las tiendas oscuras. Escribió el guion de Lacombe Lucien, una película dirigida por Louis Malle que trataba un tema entonces tabú: el colaboracionismo. Entre sus más de veinte libros tiene obras admirables como Joyita,  Libro de familia o Accidente nocturno. No es “un hombre de letras” (aunque sí es un escritor culto, rico en alusiones y metadiscurso), sino un narrador, “un novelista”, ha dicho Pierre Assouline. Ha declarado que se siente prisionero del tiempo que le ha tocado vivir: se ha definido como su traductor. También se le puede ver como un pionero de la literatura de la realidad y de la autoficción. Sin la escritura de Modiano es difícil imaginar la de algunos de sus mejores contemporáneos. A veces se percibe su huella en obras de José Carlos Llop, de Ignacio Martínez de Pisón, de Félix Romeo o de Marcos Giralt Torrente.

En uno de sus libros más hermosos, Dora Bruder, Modiano encuentra un anuncio publicado en diciembre de 1941 en París-Soir donde se pide información sobre una adolescente judía desaparecida. Contrastando la fuga de la joven con las de su propia adolescencia, la historia de los Bruder con la de su familia, Modiano investiga el destino de Dora, que terminaría muriendo en Auschwitz, como su padre y su madre: “Se dice que al menos los lugares conservan una leve huella de las personas que los han habitado. Huella: hueco o relieve. Para Ernest y Cécile Bruder, para Dora, diría: hueco.  He sentido esa impresión de ausencia y de vacío cada vez que me encontraba en un lugar en el que hubieran vivido”. De las huellas en el espacio y en la memoria, de ese hueco de las personas extirpadas y negadas, habla buena parte de la literatura de Modiano. Dentro de él hay otro, que es el de una humanidad irreductible:

Siempre ignoraré qué hacía ella aquellos días, dónde se escondía, con quiénes estuvo durante los meses de invierno de su primera fuga y en qué semanas de primavera volvió a escaparse. Ese es su secreto. Un secreto pobre y precioso que los verdugos, las ordenanzas, las llamadas autoridades de la ocupación, el Calabozo, los cuarteles, los campos, la Historia, el tiempo –todo eso que mancha y que destruye– no le podrán robar.

En ese libro, Modiano cita una frase de Jean Genet: “El verdadero fondo del argot de París es la ternura triste”. Esa descripción podría aplicarse en ocasiones a Modiano, un hombre tímido que al describir su escritura habla de “estilo elíptico” y “frases simples”. Esa escritura insinúa más de lo que muestra y es mucho más profunda de lo que parece a primera vista. Modiano ha creado una geografía poblada por personajes fascinantes donde suceden variaciones de una misma historia: una historia, según Félix Romeo, “sencilla y compleja, transparente y turbia, antigua y muy moderna”. Cuando recibió el Nobel, Modiano dijo a su editorial: “Qué raro”. Para sus seguidores es una buena noticia. Para quienes no lo conozcan todavía, es la ocasión perfecta de abrir uno de sus libros y –parafraseando el título de su nueva novela– empezar a perderse en el barrio.

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