Pasión por las listas | Letras Libres
artículo no publicado

Pasión por las listas

Aseverar que Francis Scott Fitzgerald es un autor posmoderno sería una broma de mal gusto o uno de esos típicos ejercicios revisionistas a los que son tan proclives los críticos que a toda costa persiguen la originalidad, no importa si merced a la impostura. Fitzgerald es ya para siempre el cronista de la era del jazz, un modernista por excelencia, pues. Los constantes cambios de tono, la recurrencia de diversos registros no sólo narrativos sino aun poéticos —esas greguerías abundantes en Hermosos y malditos—, la conversión de la frivolidad en el más alto valor existencial y la amargura de resonancias clásicas ante la conciencia de haber dilapidado la energía vital me parecen razones suficientes para reivindicar a Fitzgerald como un contemporáneo y permitirle que se tome un finlandia con nosotros, aunque me temo pedirá un Vermouth o un manhattan.

En los bravos días cuando la posmodernidad campeaba como fenómeno cultural y los estudiosos se devanaban los sesos acumulando características para definir prácticas y ejercicios posmodernos, se consideraba a la proclividad de las listas, como unas de las características distintivas de la narrativa posmoderna, además de la parodia, el elemento grotesco, la metalepsis, la intertextualidad y la metaficción. Así, Nigel Wheale en Postmodern Arts: An introductory reader (1992) afirmaba:

Because they represent the proliferation of items in the late capitalist world, the rubble of commodity through which choice has to be excersided: Lists do not prioritize their contents, they represent blank information which matches the blank regard of a postmodern consumer.

Por su parte, Todd Gitlin, en un artículo traducido y publicado en La Jornada Semanal (6 de enero de 1991), “Saber por fin qué es el postmodernismo”, aseguraba:

Un lugar común del postmodernismo es la lista, como si la cultura fuera una venta de garage, así que es apropiado evocar al postmodernismo a través de una lista de ejemplos...

¿Para qué remontarse a desconocidos académicos norteamericanos? Umberto Eco, autoridad si las hay entre el caótico mundo postmoderno, acaba de lanzar en la Feria de Frankfurt su volumen más reciente: El vértigo de las listas donde reflexiona en torno a “la afición humana por las enumeraciones, a partir de textos literarios y obras de arte de todos los tiempos”. Si bien Eco remonta esa manía a las sociedades primitivas considera a la poética de las listas como un rasgo del “mundo moderno y posmoderno.”

En la primera novela de Scott, A este lado del paraíso, el protagonista Amory Blaine está obsesionado con las listas. Incluye una en la novela, las diferencias entre “un trepador” y “un gran hombre” y pregunta a Monseñor Darcy, su padre espiritual “¿Por qué haré tantas listas” a lo que monseñor responde que se trata de un resabio medievalista. En el inolvidable The Crack-Up, el narrador confiesa que durante su prostración amén de dormitar todo lo posible “hacía listas y las rompía, cientos de listas: de jefes de caballería y de jugadores de fútbol y de ciudades, de canciones populares...” En otra parte dice: “Y de los que se rindieron y sucumbieron podría hacer una lista”. El propio ensayo autobiográfico “Subasta: Modelo 1934” suscripto por Scott y Zelda podría considerarse una lista. Quizá la anécdota más escalofriante al respecto sea la reflexión de André Le Vot sobre el acuñamiento de neologismos en el título de una lista de vencidos —quizá a la que Fitzgerald se refiere como “Necrology and Breakdownlogy”: “Estas listas suenan como una obsesionante llamada a los muertos, a los suicidas, a los enfermos mentales que suelen frecuentar su memoria”.

Es cierto, las listas que Nick Hornby, apenas uno entre otros –pienso en Rodrigo Fresán, también– convirtieron en uno de sus rasgos más acusados, o que artistas posmodernos practicaron como sustitutos visuales, no son exclusivas de nuestros años recientes, ni siquiera como enumeración perezosa que pretende suplir la creación de atmósferas. Baste decir que en La Ilíada aparece una lista de barcos. Herman Melville adecua el recurso en Moby Dick y James Joyce en Ulises.

Sea que las listas corresponden a una característica de la sátira menipea o se trate de juegos lingüísticos que subvierten la estructura sintáctica y narrativa, estamos ante una manifestación que se encuentra presente desde siempre en la literatura. “Se trata”, afirma Eco en el libro que leeremos en castellano para mitad de noviembre, “de estudiar una mente que al clasificar la realidad, la transforma”.

– José Homero