Pakistán, bitácora del fin del mundo | Letras Libres
artículo no publicado

Pakistán, bitácora del fin del mundo

El asesinato de Benazir Bhutto, en diciembre del año pasado, revela hasta qué punto Pakistán no está preparado para convertirse en un país clave del nuevo orden mundial, como efectivamente lo es desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Pakistán fue un invento, uno más, de la estrategia inglesa de control sobre sus ex colonias. Quien formó y creó Pakistán fue el líder musulmán Muhammad Ali Jinnah, quien se desempeñó como abogado de Bombay (hoy Mumbai) después de estudiar derecho en Inglaterra e incorporarse a la Liga Musulmana.

En su lucha contra la dominación colonial, Ali Jinnah buscó el nacimiento de Pakistán; los ingleses lo animaron a ese objetivo para favorecer la configuración de unas fronteras que disminuirían las fuerzas indias. Inglaterra sabía que la delimitación formal de territorios era posible por razones religiosas y, sintiendo una gran desconfianza hacia una India recién independiente, encontró en el nacimiento de Pakistán un elemento de intervención y debilitamiento.

Muhammad Ali Jinnah era miembro del Partido del Congreso de la India, político astuto que, una vez que obtuvo la promesa de independizar el subcontinente, apostó porque su jugada condujera a la independencia musulmana. En cuanto se hizo viable la independencia religiosa frente a la nacional nació el conflicto India-Pakistán y una de las bases del nuevo mundo. ¿En qué se apoyó Jinnah? En repetir en la población musulmana india el modelo de aislamiento de las tribus pashtunes asentadas en su mayoría en la frontera con Afganistán, uno de los pocos territorios que los ingleses nunca conquistaron.

Además, los ingleses sabían que Jinnah tenía poco tiempo de vida a consecuencia del cáncer de pulmón que padecía, información que ocultaron a Mahatma Gandhi. De hecho, el 11 de agosto de 1947, en la última reunión que mantuvieron, le ofreció ser el primer ministro de la India tras lograr la independencia para evitar la división territorial y, por ende, de la población. A lord Louis Mountbatten, portavoz del conflicto y responsable de estructurar la nueva India, le hubiera bastado informar al partido de la enfermedad de Jinnah para evitar el nacimiento del Estado de Pakistán en 1947.

La India entonces estaba formada por 547 estados y 617 lenguas diferentes.[1]  El acuerdo que Pandit Jawaharlal Nehru, primer ministro de la Unión India, hizo con sus gobernados fue un pacto con centenares de estados soberanos.

Pakistán es un país que de ninguna manera posee la diversidad cultural y religiosa de la India. Como Kosovo, es el resultado de un sentimiento de discriminación étnica basado en una pertenencia religiosa. Ésa es la clave de este país, no está formado por estados soberanos; dejando de lado Cachemira, el país está integrado por un caleidoscopio de tribus unidas por el sentimiento de persecución religiosa.

Es curioso que, antes de la presencia del Imperio británico, lo que unificaba a la India fuera el islam. En cierto sentido, su partición fue el cobro de la factura: ahora es el islam el que la divide.

Desde su independencia, los elementos aglutinadores de Pakistán han sido el ejército y la religión musulmana. El modelo militar se convirtió en la gran alternativa frente al modelo civil de la India.

Inglaterra aprovechó esta circunstancia y nombró a los generales dirigentes pakistaníes. Los ingleses, que tenían la experiencia de la llamada Declaración Balfour de 1917 –que reconocía el derecho de los judíos a crear un futuro país en tierras palestinas– y de su intervención en la península arábiga –donde modificaron fronteras e identidades a placer, salvo en Iraq, el único con el que no pudieron–, confiaban en tres cosas: que ellos habían formado a los generales indios y pakistaníes, que sabían qué generales eran los más extremistas, y que toda la rama feudal del poder político emanante del nuevo gobierno civil de la India estaba afectada por la misma corrupción. (La corrupción de los Nehru es la misma que la de los Bhutto.) A partir de ahí, todo intento de institucionalizar Pakistán fue abortado sistemáticamente por el ejército, que asumió, al igual que en Turquía pero con el islam como elemento de cohesión, la supremacía sobre el poder civil. Bajo esta óptica, los líderes militares como el general Muhammad Zia Ul-Haq o Pervez Musharraf son menos corruptos y más eficaces que los líderes civiles. El depósito del concepto de soberanía nacional radica en el ejército.

Ahora bien, cada vez que ha habido un general exitoso, sea Zia –que ahorcó al padre de Benazir, Zulfikar Ali Bhutto, en 1979– o sea Musharraf, han sido las brutales guerras las que han desgarrado el interior del país. La diferencia con el pasado es que por primera vez, y a partir del 11-S, Pakistán no tiene como principal problema un eventual conflicto con la India.

La genealogía de los Bhutto, que desemboca en Benazir, está basada en un sentido feudal. Los marajás, que es el sistema de gobierno de los pequeños estados de la India, al ser trasladados al islam pakistaní siguieron el modelo de las tribus pashtunes, cuyos códigos permanecen inalterables desde el siglo II.

El único elemento de modernización en Pakistán lo tiene el ejército. Los líderes sociales pakistaníes representan la estructura tribal. Tras Shah Nawaz Bhutto, miembro de la Liga Musulmana, su hijo Zulfikar Ali Bhutto, después su nieta Benazir y ahora su hijo Bilawal Bhutto. Y más que ver al hijo investido, lo horrible es que esté tutelado por su padre, Asif Ali Zardari;[2] corrupto, convicto y confeso, llamó a usar la sangre de la tribu: “Mi madre siempre dijo que la democracia es la mejor venganza.” En esa lucha se da la paradoja de que Musharraf es el gobernante del progreso que incumple la norma democrática y el Estado de derecho, mientras que las fuerzas civiles son, en muchos sentidos, fábricas de corrupción que usan la formalidad democrática para congelar el desarrollo del pueblo.

Pakistán acabará siendo, con sus madrazas, el centro de creación del mayor ejército de muyahidines jamás conocido, debido a que su defensa siempre ha sido por medio de la estructura militar. No existe civilmente, sino tribalmente. En las madrazas se crean las nuevas generaciones de terroristas. De Islamabad a Karachi, la red de escuelas integristas parece más unos centros de entrenamiento de los guardianes de la revolución de Irán que unos centros de oración. Son academias de odio sistematizadas. Los niños son adiestrados casi desde el pecho materno para tener nada más un objeto en su vida: matar a los enemigos y convertirse en mártires del paraíso.

Por supuesto, del sueño empezamos a despertar con la caída del Muro de Berlín. ¿Quién sostenía el mundo árabe durante la Guerra Fría? Con la Unión Soviética, desaparecida, el mundo árabe tenía dos salidas: integrarse con plenitud al mercado y la democracia o volver a la esencia de la segregación, que fue el camino por el que optó. Nadie previó el peligro que terminaría representando Pakistán. Un peligro multiplicado geométricamente por la posesión de armas nucleares. Pakistán es una pieza desestabilizadora por su conexión geográfica, porque vive un atraso de once siglos y porque toda la estructura islamista de las madrazas pasa por él.

Las armas han existido desde el principio de los tiempos; la gran diferencia es que, basado en la antinomia defensa-ofensa, el conflicto ha ido caminando por el sendero de un mundo cada vez más inseguro, y hoy –como decía Gandhi, “ojo por ojo y el mundo acabará ciego”– ya somos ciegos. La bomba atómica fue el elemento que garantizó la independencia de Pakistán frente al vecino que también la tenía, la India. Hoy, el último de los problemas de Pakistán es precisamente la India: luego del 11-S, ya no urge debilitarlos con las guerras fronterizas en Cachemira, sino conseguir que luchen contra el extremismo que han creado. Mientras el gobierno indio tiene que evitar todos los días que haya una matanza en sus trenes, el pakistaní debe garantizar mínimamente que, aunque maten a Benazir Bhutto, sobreviva Musharraf. Desde luego, Pakistán era un país mucho más seguro al interior cuando su enemigo exterior era la India.

Con este panorama, es fácil prever un conflicto nuclear en un plazo de cinco a diez años, sin que pueda intervenir ningún plan maestro por parte de la CIA. Desgraciadamente, las armas nucleares se han convertido, como la bondad y la justicia, en una búsqueda interminable. Armas nucleares las había en todas las repúblicas socialistas soviéticas; es evidente que Irán es ya hoy una potencia nuclear: no ha desarrollado la tecnología, pero la ha comprado.

Estados Unidos ha consumado su mayor declive, sin equivalente desde la gran depresión; sus planes estratégicos son un fracaso tras otro, como la democracia en Iraq y la civilidad de Pakistán. En este último, porque Musharraf no ha tenido las condiciones para consolidar un sistema que, aun siendo de origen militar, tuviese una buena práctica civil. Además, en Pakistán todos juegan. Es imposible analizarlo sin tener en cuenta a Rusia, a Irán, a China o a Afganistán, y viceversa. Pakistán es hoy la Viena de la Guerra Fría: en cada esquina hay un primo de Osama Bin Laden, alguien de la CIA, un agente de los rusos, una oreja de la India. Existe un clima de guerra latente.

Pakistán cumple en el mundo moderno el mismo papel que cumplieron los Balcanes a principios del siglo XX: es el territorio experimental de la guerra inevitable que, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, estaba en los vestigios del Imperio austro-húngaro y en los equilibrios étnicos: era el mapa de los odios raciales. Hoy, Pakistán y Afganistán forman parte de los puntos de encuentro y desencuentro, son el laboratorio del conflicto inevitable. El conflicto inevitable es, en Oriente, entre China y Rusia y, en Occidente, entre Rusia e Irán. De hecho, si existe alguna posibilidad de volver a recuperar un cierto orden multipolar basado en el elemento del uso disuasorio de la fuerza, ya no radica en Estados Unidos, sino en Rusia.

Vladimir Putin, que no se sabe si es un gran estratega pero sí es un gran táctico, supo, cuando todos sus colegas se dedicaban –con los despojos del Estado soviético– a convertirse en miembros de la mafia, que lo que había que hacer era organizar una mafia para conquistar el Estado. Fue leal con Occidente y con Estados Unidos tras el 11-S, hasta que vio cómo sus debilidades e incapacidades eran superiores a su fuerza, y comenzó a jugar solo.

El juego de Putin lo lleva a tres hechos: el primero, que la historia de su pueblo es la historia del gobierno entre la barbarie y la nostalgia; el segundo, que Rusia ha sido permanentemente hostigada en la frontera oriental y occidental, y el tercero, que los protagonistas del siglo XXI son sus vecinos. Uno de ellos, además, es el gran administrador del integrismo islámico: Irán.

La relación central de Putin con Ahmadineyad es la misma que la de Stalin con Hitler: un problema de tiempo. Es más, la única manera de controlar la expansión militar de los iraníes es convertirse en parte de ella. Putin sabe que el nuevo eje del siglo XXI es el corredor chiita Líbano-Siria-Iraq-Irán, que tiene la posesión del 45 por ciento de los hidrocarburos del mundo.

Parece mentira pero Pakistán, ese país paupérrimo sin petróleo ni industrias, superpoblado como toda la región, se ha convertido en elemento clave del equilibrio mundial. Musharraf ha fracasado en construir una alternativa electoral coherente. Es un buen administrador del caos de su país, pero no es un buen fabulador de su futuro. Sin embargo, los partidos políticos, en el mismo hecho democrático, tienen la esperanza del cambio. Por eso, seguramente, el resultado de las elecciones legislativas de febrero será favorable a los partidos de la oposición, aunque si Musharraf no muere en un atentado será un presidente que gobernará bajo la presión de un gobierno de oposición. Al final, el papel del ejército no ha desaparecido ni desaparecerá. El ejército es siempre la sombra que protege el funcionamiento del Estado, y que muchas veces lo destruye, lo interrumpe y lo cambia. El problema no es tener militares golpistas, sino tener civiles que no saben o no quieren construir sociedades democráticas. ~

 

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1 Actualmente la India está integrada por veintiocho estados y siete territorios de la Unión repartidos en seiscientos cuatro distritos, veintidós lenguas diferentes reconocidas por su Constitución y cientos de dialectos (www.india.gov.in).
2 Estuvo en prisión durante ocho años debido a su implicación en actos de corrupción y a su supuesta participación en el asesinato de un ex juez y su hijo, quienes fallecieron violentamente en 1996.