Otegi, Savater y la genealogía de la moral | Letras Libres
artículo no publicado

Otegi, Savater y la genealogía de la moral

Otegi pertenecía a ETA cuando Savater descubría ataúdes pintados en su despacho en la Universidad del País Vasco. 

Empecé a interesarme por la política leyendo las tribunas de Fernando Savater. Primero fueron sus artículos en prensa, que más tarde mi padre compró en libros de compilaciones, y luego la mayoría de sus libros, bien de filosofía, bien de política. Hoy hay muchas cosas con las que no estoy de acuerdo con él, pero, para mí, Savater siempre será un héroe. Lo era entonces, con catorce o quince años, cuando los ídolos de uno suelen ser futbolistas y estrellas del rock; y lo es ahora, tanto tiempo después, cuando los ídolos de uno suelen ser futbolistas y estrellas del rock.

En realidad, Savater da muy bien como héroe posmoderno: con sus gafas gruesas, su mirada veleidosa, un físico romo y ese aire un poco estrafalario, no pasaría por Superman. Pero lo heroico de los hombres y mujeres que se jugaron la vida combatiendo el terrorismo en el País Vasco era precisamente eso, que no tenían superpoderes, como delató el rastro de sangre que fueron dibujando al paso de sus plumas y de sus voces; como desveló la estela de lágrimas que dejaron sus huérfanos y sus viudos.

A Savater lo recibían en la universidad, cuando iba a dar clase, con pintadas de ataúdes. Era la época en la que un informe señalaba que los vascos eran los jóvenes europeos que en mayor medida legitimaban el uso de la violencia para alcanzar fines políticos. Solo por detrás de los serbios. Savater, claro, tuvo que marcharse de Euskadi, y aún puede decirse afortunado por haber salvado el pellejo.

Era yo adolescente cuando publicó su autobiografía “razonada”: Mira por dónde se llamaba. De sus páginas salí convertida en una nacionalista furibunda, entendiendo la nación como esa “comunidad de ciudadanos” que describió Dominique Schnapper. El terruño me lo comí y me lo guardé en el pecho; y ahí sigue, donde no puede hacerle daño a nadie. De aquellas páginas salí también con los valores puestos en orden. Consciente del programa etarra de limpieza ideológica, de la complicidad de los nacionalistas y vacunada contra la mentira del conflicto. No desfilaban tanques por las calles de San Sebastián, no se cavaban trincheras en las aceras. Había un bando que mataba y otro que moría. Unos tenían las pistolas y los otros, la dignidad de una lengua libérrima. Los primeros eran los malos; los segundos, los buenos.

En los últimos años, sin embargo, es frecuente encontrar, en medios y redes de tendencia izquierdista, todo tipo de dicterios contra Savater. De fascista para arriba. Es curioso, habida cuenta de su conocido origen y tránsito por las vías del progresismo. Pero es más curioso todavía que muchos de sus insultadores tengan a Otegi, en cambio, por un hombre de paz y un preso político. El dirigente abertzale salió hace dos días de prisión tras cumplir una condena de seis años por tratar de reconstruir la ilegalizada Batasuna bajo las órdenes de ETA. Otegi cometió robos, participó en atentados y tomó parte en secuestros como miembro de ETA político-militar primero, y de ETA militar después. Otegi pertenecía a ETA cuando Savater descubría, de buena mañana, otro ataúd en la puerta de su despacho. Y cuando enterraba a sus amigos y aun a sus adversarios, con igual desconsuelo del demócrata.

De algún modo se ha operado una nueva genealogía de la moral, una de un tipo desquiciado y procaz, por la que los malos escriben columnas de opinión y los buenos bendicen la violencia. No hay nada festivo en la salida de Otegi de la cárcel, tampoco hay ofensa: no puede haberla en el proceder de la justicia. Se trata de un trámite administrativo. Me reservaré el derecho de despreciarle en silencio y solo le agradeceré la coartada para urdir un plan antiguo: dedicar una columna a Fernando Savater. En mi leve parcela virtual, los héroes siguen cantando a la libertad, mientras los malos celebran la muerte.

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