Ostrón con tuétano: todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo | Letras Libres
artículo no publicado

Ostrón con tuétano: todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo

Si las ostras y el tuétano se chupan, era cuestión de tiempo hasta que alguien uniera ambas experiencias.

 

El problema no está en el dinero. Cualquier collar de perlas es un derroche porque significa que un molusco fue sacrificado por la causa equivocada. Ahí donde mis amigos ven mujeres estiradas, millonarias y aburridas yo veo algo peor: un paladar que pertenece al lado oscuro de la fuerza. Y no vale que tengan perlas y coman ostras, no, la bondad es siempre una elección. Así que la moraleja de este cuento va al comienzo.

 

Nunca confíen en una mujer con collar de perlas. Ni en un hombre.

 

No creo que Tamae Imachi tenga uno, por ejemplo, o al menos no lo tenía cuando conoció a su actual esposo en la cocina impecable de elBulli. Quién sabe si antes de pedirle matrimonio, Albert Raurich le ofreció una ostra con una perla adentro para ver si cogía primero la piedra o la carne. Tamae se comió la ostra, por supuesto, y ni siquiera reparó en la perla.

 

Un día haremos la ostra perfecta.

 

Le dijo Albert y así hasta que abrieron en Barcelona uno de esos improbables restaurantes donde la calidad está a la altura del ruido de la moda. 

 

¿“Haremos”, Albert?

 

Sí, tú y yo.

 

Pero, ¿qué dices? Si solo hay un modo de comer ostras.

 

El lugar se llama Dos palillos y fue apenas en enero de este año cuando demostraron empíricamente que no todas las ostras se deben comer vivas. Ves la ostra del Delta del Ebro y lo que parece una salsa espesa y traslúcida. Te preguntas qué tan bueno estará el invento, agarras la concha tibia, la llevas a la boca, te la chupas y si “concha tibia”, “boca” y “te la chupas” tienen connotación sexual es porque el ostrón con tuétano de Dos palillos es lo más parecido a pagar por sexo. Es un plato que vale un viaje. Es besar a Scarlett Johansson. Es perder la virginidad sin preguntarse “¿Y esto era todo?”

 

El alto contenido de sal en las ostras del Delta catalán las convierten en moluscos especialmente combativos cuando se comen vivas. Espléndidas con el cava, que abre las papilas gustativas, había que hacer algo muy intenso para superar su estado natural y es ahí donde entra el tuétano. Una cantidad precisa de médula espinal de vaca arropa a la sal y obliga a preguntarse a qué sabían todas esas pobres ostras que han sido desperdiciadas en cada perla.

 

Además, hay cierta nobleza en la gelatina que llevamos los seres vertebrados y que literalmente llena de vida y movimiento la columna que nos une con las vacas y los cerdos y los unicornios y Scarlett Johansson. Si las ostras y el tuétano se chupan, era cuestión de tiempo hasta que alguien uniera ambas experiencias.

 

Antes de convertirse en promotor turístico, Woody Allen dijo que no le gustaban las ostras porque prefería comer animales muertos. Woody, si regresas a Barcelona que no sea para hacer la segunda parte de Vicky Cristina sino para demostrarte a ti mismo que tal vez, como en el cine, tenías razón.