Odio, de Adriana Díaz Enciso | Letras Libres
artículo no publicado

Odio, de Adriana Díaz Enciso

En esta novela solo hay dos personajes, la madre y la hija, el odio y el odio. Todo lo demás es literatura fantástica.

La predilección por lo fantástico-romántico, por el mundo de los íncubos y de los súcubos, por la inmortalidad irresistible de los vampiros y toda su parafernalia, a la vez neogótica y posmoderna, ha hecho de la literatura de Adriana Díaz Enciso (Guadalajara, 1964) una de nuestras escritoras más solitarias e insobornables. Vive en Londres desde hace años y acaba de terminar una novela de mil páginas sobre William Blake, a cuya sociedad de devotos pertenece. Ha batallado por hacerse servir por el género y no por ser una sierva de sus convenciones, de su prestigio clasicista tan paradójicamente comercial, lo cual quiere decir, para un escritor, pasar de la adolescencia a la madurez. No ha sido fácil su empresa, fallida en sus primeros libros, juveniles en el mal sentido de la palabra.

Odio (LunArena, Puebla, 2012) es su más reciente obra publicada. Una de sus cómplices en literatura, Verónica Murguía, ha visto bien el núcleo de esta novela y lo expresa en la cuarta de forros: "la historia de una separación, la primera y la más dolorosa: la escisión de la madre, de la familia". Yo iría más lejos: ése es el único tema del libro al cual la autora se ha esforzado por recubrir de antiguas vendas y gasas de lino como si se tratara de una momia egipcia. Los lectores de Odio disfrutarán, mórbidamente, desnudando al despojo, y a través de ese proceso, encontrarán las fases de la reclusión psiquiátrica en su modo represivo, un nihilismo metodológico (enloquezco, luego existo), una inversión del método de Paracelso para crear un homúnculo (según me enteró en la reseña de Odio publicada en Letras Libres por Ana García Bergua), la liberación de la locura mediante la compulsión por la escritura y el dibujo, mismo que solo acaba por liberar a la protagonista cuando se decide a destruir el capullo que la protegía, lanzada al mundo como Melmoth el errabundo, niña-vieja cargada de eternidad.

En sus escasas 125 páginas, Odio menudea en alusiones y parodias propias del canon fantástico (incluida Sylvia Plath elevada a la calidad de hada madrina y el Conde de Lautréamont como profeta antipsiquiátrico) que Díaz Enciso cultiva, pero que a mí, sin sentirme incómodo en esa frecuencia, me interesa menos que aquello que esta novela tiene de confesión oculta, un libro cuya época y lugar resultan indeterminados porque en verdad son datos banales ante su verdadero escenario, beckettiano, donde solo hay dos personajes, la madre y la hija, el odio y el odio. Todo lo demás, insisto, es literatura fantástica. Y no poco cine de terror, del bueno y del no tan bueno.

Quizá sea suficiente, para Díaz Enciso y para sus lectores, esa mera enunciación del conflicto mortal entre la madre y la hija; yo hubiera esperado verlo desarrollarse aún más monstruoso, descaradamente. Pero creo entender que la autora temía al melodrama y supongo que Odio fue, alguna vez, una novela enorme, amenazada por el realismo y sus minucias, a las cuales Díaz Enciso se resistió. Libro inesperado, Odio, de Adriana Díaz Enciso, deberá ser, me parece, uno de los más comentados de la temporada y, quizá, el verdadero nacimiento de una escritora.