Octavio Paz y Severo Sarduy | Letras Libres
artículo no publicado

Octavio Paz y Severo Sarduy

Sarduy y Paz, el cubano y el mexicano, el hierático y el tropicoso. Quizá ninguno de los discípulos de Paz sacó tanto provecho de la India paziana, como Sarduy, como lo demuestran todos y cada uno de sus textos indios.

Severo Sarduy (1937-1993) alimentaba dos facetas no muy publicitadas actualmente, pero muy queridas, de Octavio Paz: su época poética más radical que él mismo dio por terminada tras Blanco (1968), la del vanguardista de los años 60 y su pasión por la ciencia contemporánea, a la cual dedicó muchas horas de lectura durante su última década, con una avidez similar a la de Sarduy, aunque con mayor modestia.

Los episodios mexicanos de Colibrí (1984), como lo muestra François Wahl en su ensayo "Severo de la Rue Jacob", que es milagrosamente tan hermoso como el texto de Sarduy del cual parte, "El Cristo de la Rue Jacob", abundan en tópicos como la muerte vestida de verde jade de Frida Kahlo o las siluetas grupales de Diego Rivera que llevan al descubrimiento, en la "colosal cabeza olmeca" de La Venta, de su propio autorretrato. Pero lo esencial, y aquí vuelvo a la hermandad de un siglo entre Darío y Sarduy, es que el México del cubano nunca fue crepuscular ni poseedor de la melancolía del altiplano, sino solar y secreto, escandalosamente nocturno. No la media tarde, sino la alta noche. Y quien haya hecho vida nocturna en la ciudad de México de los años 80, antes de la globalización de las bellezas femeninas y masculinas, encontrará a la Enana y a la Monja y a otros figurines y figurones de Colibrí bastante realistas, debo confesarlo.

De la literatura mexicana contemporánea rescató Sarduy, como éxota que fue, el exotismo y la decadencia, esa universalidad modernista en la que se hubiera reconocido Darío y que llevó al escritor cubano a leer académicamente (y lo digo, en este caso, subrayando que ese Sarduy es el más escolar, el más atento en Escrito sobre un cuerpo a complacer a sus maestros) Farabeuf o la crónica de un instante (1965), de Salvador Elizondo, y Zona sagrada (1967), la olvidada novela fetichista de Carlos Fuentes.

Esa disposición decadentista lo llevó, ya en la madurez, a dialogar con Alberto Ruy Sánchez, de quien reseñó Los nombres del aire (1987), el cuento oriental (y novela lírica) sobre la isla arábiga de Mogador, deteniéndose en uno de los tatuajes descritos por el mexicano, lo cual lleva al cubano a uno de sus temas desarrollados con mayor riesgo y originalidad: el mimetismo animal siguiendo a Caillois y el travestismo, en La simulación (1982), el que me gusta más entre sus ensayos. Y digo diálogo porque al ensayo entusiasta de Sarduy, aparecido en Vuelta, lo había precedido uno del propio Ruy Sánchez, sobre Colibrí, después recopilado en Cuatro escritores rituales (2001) y uno de los textos más precisos que se han escrito, sin palabrería y sin ese otro mimetismo deplorado por Severo Sarduy, como enfermedad de la crítica. Finalmente, menciono un texto mexicano no recopilado de Sarduy, el capítulo que habría escrito en Si muero lejos de ti (1979), la novela de Jorge Aguilar Mora, quien atestiguó, en París, el cariño de Sarduy por Paz.

Tras la estela de Paz, Sarduy alcanzó a decodificar México como contraparte de la India y atisbó cierto México chamánico, el de "la sabia de los hongos", en Tanka (1986), una de sus obras de teatro en la cual hay todo un interludio dispuesto bajo "la voz de María Sabina" según los testimonios recogidos por Álvaro Estrada y donde la chamana dice que los extranjeros se llevaron con ellos el poder de los hongos.

En un fragmento suelto sobre la India, titulado "Encuentro con las divinidades coléricas y detentadoras del saber" (1989), Sarduy insiste, pensando en Parvati, en el viejo tema de los dioses ocultos de México: "En las rodillas de Shiva juguetea el travieso Ganesha, el dios con cabeza de elefante, mientras que Karttikeya, con sus seis cabezas, mira hacia todos lados. Ganesha vigila a su montura: un ratón. El esposo agita un instrumento, como un minúsculo tamborín. Entre esas dos epifanías, que la iconografía de Oriente ha codificado al extremo -pero, por supuesto, puede invocar también y con la misma pertinencia, la de México- oscila siempre nuestra imagen de la Diosa".

A Darío -retomó la secuencia inicial debida a Gustavo Guerrero, quien piensa que lo iniciado con el autor de Prosas profanas culmina en Sarduy- le habría colmado que fuese en la India -en ese otro horizonte clásico tan ajeno a la latinidad-, donde se encontrara un Sarduy con un Paz, el cubano y el mexicano, el hierático y el tropicoso. Quizá ninguno de los discípulos de Paz, incluyéndonos a todos los mexicanos, sacó tanto provecho de la India paceana, como Sarduy, como lo demuestran todos y cada uno de sus textos indios. La India, resulta casi obvio decirlo, fue para Sarduy el centro de gravedad entre la Cuba perdida, la insularidad barroca y el París, concedamos que si no cartesiano al menos geométrico de los estructuralismos. Sarduy correspondió al regalo con unas páginas solemnes, que son una verdadera oración, no en la Acrópolis como la de Renan, pero sí, digamos en el templo de Kali, "Paz en Oriente" (1990). Allí se pregunta dónde está el "Asia" del "pensamiento asiático de Paz" y lo que Sarduy descubre, es "el pasadizo secreto" entre "las dos laderas" que une Oriente y Occidente, pero también a Parvati con la Coyonchautli. El cosmopolitismo latinoamericano es, por ventura, un asiatismo y por ello somos ese Extremo Occidente que Darío, Paz y Sarduy recorrieron.

No se sabe gran cosa del misterioso y breve viaje de José Lezama Lima a México, en 1949. Tampoco encuentro, en las pocas, pero sustanciosas páginas mexicanas de Sarduy qué habrá pensado de la observación lezamiana de que el mexicano no se pone las joyas en los dedos sino "las guarda oscuramente en su reloj. Esto revela la profundidad del alma mexicana". Es probable que difiriese del acierto identitario de su maestro, porque Sarduy nos había propuesto una patria infinita y por ende, cosmológica, la del Barroco, que está por encima de las almas y de las naciones. Jugando con los títulos de dos de sus libros de poemas, fue Severo Sarduy, ante México, más que un testigo fugaz y delatado que un testigo perenne y disfrazado.