Octavio Paz a dos manos | Letras Libres
artículo no publicado

Octavio Paz a dos manos

Un sombrío lugar común anticipa la suerte de los grandes escritores muertos. Se dice que casi todos ellos atraviesan un periodo de crisis apenas después de su muerte: olvido, condenas y desprecio. El caso de Octavio Paz ha sido felizmente distinto. A casi cinco años de su muerte no ha habido olvido ni desprecio: se suceden los estudios y también los homenajes inteligentes. Incluso las condenas han disminuido: se le lee ya con menos pasión y con un poco más de cordura. La distancia ha cooperado a librarlo de las tormentas del momento, así como ha destacado su obra, tan sólida como entonces. El tamaño intelectual de Paz era tan grande que, de cerca, sólo era posible atisbarlo en fragmentos. Ahora, a lo lejos, su figura se recorta ya de cuerpo completo y su grandeza atrae y seduce. Que nadie se llame a engaño: Octavio Paz, ahora es claro, fue el dueño de nuestro siglo XX.
     Dos estudios sobre Octavio Paz coinciden en las mesas de novedades. Ambos aspiran a desmitificar su figura y ambos proceden para ello de modo contrastante. En Las guerras culturales de Octavio Paz, Armando González Torres no revisa la obra sino la figura, no las ideas sino el peso de éstas en el escenario mexicano. Un objetivo lo mueve: explicar el poder cultural de Paz y la manera en que ascendió a la cumbre de la inteligencia mexicana. El libro de David A. Brading, Octavio Paz y la poética de la historia mexicana, se mueve en sentido contrario: estudia las ideas, no al personaje, y se sumerge más en la obra que en la anécdota biográfica. Su objetivo es también transparente: aclarar la visión histórica que Paz tenía de México, expuesta especialmente en El laberinto de la soledad y, más tarde, en Postdata. González Torres parte de la hemerografía; Brading, de la bibliografía. Éste analiza la idea histórica de Paz; aquél, su lugar en la historia. El primero inserta a Paz en un debate con intelectuales mexicanos; el segundo restituye un diálogo más importante: la conversación de Paz con la modernidad y sus corrientes. Un trabajo contradice y complementa al otro. Ambos dibujan, a dos manos, un encontrado perfil de Octavio Paz.
     Armando González Torres sigue de cerca el itinerario de Paz. No traza su biografía pero sí persigue el curso público del poeta, desde su juventud socialista hasta su final liberalismo. No siempre se atiene a la versión oficial y, de hecho, duda de algunos datos aportados por el propio Paz, biógrafo de sí mismo. En el camino recuerda algunas polémicas de Paz y las ilustra apresuradamente. Su interés está en otra parte: desea descubrir las estrategias y las circunstancias que hicieron de Paz el príncipe de la República de las Letras. En el esfuerzo tiene un precursor importante: Rubén Mendoza, responsable de Autor, autoridad, autorización, una dispareja investigación sobre el poeta. González Torres no arriba a conclusiones novedosas ni profundiza seriamente en sus hallazgos. Descubre apenas lo obvio: Paz fue un intelectual omnívoro, interesado en el poder, decidido a ser el guía intelectual de una nación a la deriva. Lo mismo se ha dicho otras veces, aunque no con tanta insistencia. Ése es acaso el mérito de González Torres: acentúa un atributo varias veces señalado.
     El trabajo de David A. Brading se detiene en aquello que González Torres olvida: las ideas de Paz. Ambos coinciden, por ejemplo, en señalar las intenciones proféticas de Paz pero uno y otro explican esto de manera distinta. El Paz de González Torres aspira a ser el guía cultural del país fundando revistas, creando grupos, conviviendo con estas o aquellas elites dirigentes. El de Brading hace eso, como casi todos los escritores, pero también hace más que cualquier otro: forja una imagen propia y original del país y su problemática. También hace otra cosa: poetiza nuestra historia y, un segundo después, se ofrece tácitamente como el poeta capaz de descifrarla. Aquí Paz tiene ideas, y Brading no rehúye discutirlas; de hecho, las discute y las enfrenta a las ideas del romanticismo, el liberalismo y el historicismo. Las imágenes de Paz en uno y otro libro son, finalmente, contrastantes: allá aparece encumbrado por su astucia y aquí por su inteligencia. En un libro se encuentra cercenado, y en el otro, íntegro, dueño de sus ideas.
     Octavio Paz y la poética de la historia mexicana nace de una ponencia que celebra los cincuenta años de El laberinto de la soledad. Ahora Brading la ha ampliado y mejorado: tiene más páginas y un dibujo más exacto del contexto que acompañó a Paz. Aún sigue de cerca El laberinto... pero también Postdata, y se empeña en otra tarea: aclarar la compleja visión histórica de Paz, repleta de mitos y fantasmas. Jorge Aguilar Mora ha escrito ya un penetrante estudio al respecto, aunque dos modas intelectuales lastran su trabajo: el marxismo y el estructuralismo. Brading trabaja sin camisas de fuerza y se nota: recurre lo mismo a Vasconcelos que a Wordsworth, a Hegel que a Baudalaire, en su intento de comprender a Paz. No obstante, una ausencia es evidente: no alude nunca al Colegio de Sociología, escuela fundamental en la visión histórica del mexicano. De ella —y principalmente de Roger Caillois— adopta Paz certezas definitivas: la duda ante los hechos visibles, el interés por los mitos, la búsqueda de lo sagrado. Una ausencia sensible.
     Las conclusiones de Brading son refutables. Antes que nada, inserta a Paz dentro de la tradición romántica y, específicamente, dentro de la tradición romántica alemana. Paz coincide con los románticos en su búsqueda de un vivo sustrato mítico, y con otro alemán, Hegel, en el rastreo de un Ser nacional en la historia. Después, Brading apunta una contradicción aparente: Paz también abreva de la visión histórica liberal pues, como Justo Sierra, interpreta nuestra historia como la dialéctica entre la tradición y la modernidad. Lo mismo ocurre entre su papel como poeta y como profeta de la historia: hay una brecha que se resuelve, según Brading, en la contradicción: es un poeta surrealista y un profeta romántico. Tiene razón Brading pero sólo parcialmente: percibe correctamente las contradicciones, pero no los lazos que, un segundo después, anulan esas paradojas. Es como si se fuera un minuto antes de que Paz se batiera contra sus contradicciones y triunfara convincentemente sobre ellas. Así trabajó siempre Paz: adoptando contrarios y buscando, casi de inmediato, su difícil fusión. Habló del hombre y la mujer, de la razón y la imaginación, de este lenguaje y de aquél, pero también de las armas para fundir uno con otro: el amor, la crítica y la traducción, respectivamente. En su obra dialogan, vivamente, los contrarios.
     Lo mismo ocurre cuando encara la historia: las contradicciones son aparentes. No hay contradicción, por ejemplo, entre su trabajo poético y sus investigaciones históricas: en ambos casos es uno y el mismo poeta. Para ello poetiza la historia y, un momento después, la descifra en metáforas y encuentra su ritmo. Tampoco hay una contradicción mayor en su mezcla de mito e historia: continúa siendo un poeta y, específicamente, un poeta surrealista. Trabaja animado por el mismo objetivo que Breton: hallar una suprarrealidad debajo de la realidad aparente, suma de sueño y vigilia, mito e historia, razón e imaginación. No sólo observa la realidad hecha de cifras y hechos; va más allá y, como Breton en Nadja, invoca fantasmas y dioses míticos. Es un surrealista indagando la historia y resucitando monstruos circulares. No se encuentra desgarrado en la contradicción que Brading advierte: razón y mito, tiempo lineal y tiempo circular. Más bien es cierto lo contrario: mago surrealista, reúne ambos polos en su poética visión de la historia mexicana. Milagro doble: hace de la historia un poema y en el poema los contrarios se tienden, fecundamente, la mano.
     Dispares y disparejos, este par de libros contribuyen a una tarea encomiable: agregan otros trazos al dibujo de Octavio Paz, dibujante de nosotros mismos. ~