Octavio Paz: dos lunas en Yucatán (1937) | Letras Libres
artículo no publicado

Octavio Paz: dos lunas en Yucatán (1937)

El viaje de dos meses (dos largas lunas) a Yucatán se dibujaría en el recuerdo de  Paz como un ciclo privilegiado en el que, en cierto modo, se miniaturizaría su destino y trayectoria. 

I

18 de octubre: en el calendario maya el año tenía 18 meses y la Pirámide de Kukulkán, en Chicen-Itzá, tiene nueve terrazas dobles que suman 18. Octavio Paz estuvo ahí en 1937, hace 77 años. Al poeta con alma de astrónomo que fue Octavio Paz le hubiese gustado saber a qué fecha corresponde este 18 de octubre (segundo día del II Festival Internacional de Cultura Maya) en el antiguo calendario maya tanto como qué fuerzas se concentraran durante las dos lunas —65 días— que aquí estuvo. 18 de octubre: día que en mi calendario corresponde a la fiesta de San Lucas, escritor, médico y, como yo, evangelista. Es un día apropiado para las ofrendas. 18 de octubre: no vengo aquí ante ustedes, a este Salón Magno de la Historia del Palacio de Gobierno, a cumplir con un trabajo o un encargo oficial profano. Vengo más bien a dar un testimonio personal y filial, a tratar de honrar y avivar la memoria, el recuerdo de una persona extraordinaria y excepcional —era de esas inteligencias que solo se dan rara vez en un país cada siglo— y que me tocó la suerte de conocer y tratar desde 1974 hasta 1998, casi 25 años. Este 18 de octubre vengo todavía a dar un óbolo por esa deuda. Cuando yo conocí a Paz en 1974, yo tenía 22 años, los mismos que él tenía cuando vino a Yucatán, y Paz contaba sesenta; ambos regresamos de un largo viaje, o él de esa odisea que había demorado más de veinte y que se había iniciado precisamente aquí, en Yucatán, en la primavera de 1937, para luego llevarlo a Valencia, Madrid, París, México, San Francisco, Francia de nuevo, la India, Japón, Suiza, México, Francia, la India —donde conoció a Marie José Paz y donde renunció a la embajada en 1968—, Inglaterra, los Estados Unidos, Francia, México. Octavio Paz era el poeta, autor y ensayista de El laberinto de la soledad, El arco y la lira, Piedra de sol, Ladera este, El mono gramático, Cuadrivio, Conjunciones y disyunciones; el amigo de Rafael Alberti, Pablo Neruda, Alfonso Reyes, Jorge Cuesta, José Gorostiza, Carlos Pellicer, André Malraux, André Breton, Robert Frost, Julio Cortázar, Blanca Varela, Luis Rosales, Tamayo, los Revueltas, Efraín Huerta: el hombre en su siglo que compartió con este, las ilusiones y desilusiones de la Revolución y la historia, los fuegos de artificio de la vanguardia. Yo, hijo de Jesús Castañón Rodríguez, nacido en 1916, acababa de regresar de un viaje de un año por Europa y Medio Oriente que hice muy probablemente con mis propios medios y en el que había peregrinado hacia Grecia, Israel, Turquía, Italia, Francia, España, a los 22 años, pobre, joven, audaz. Se dio una corriente de simpatía.

II

Octavio Paz estuvo en Yucatán 65 días, desde el 11 de marzo hasta el 15 de mayo de 1937. Al salir, tenía veintidós años y, al regreso, veintitrés, que cumpliría en esa estribación de México colindante, de un lado, con el Caribe, y, del otro, con el pasado profundo de la historia mexicana: ese cenote donde se funden las aguas límpidas de la civilización maya, las rocas de la colonia y la planicie desértica que recuerda a ciertos parajes de la India, como saben Marie José Paz y Elsa Cross. Se iba como maestro de una escuela secundaria oficial en compañía de sus amigos Octavio Novaro y Ricardo Cortés Tamayo, este último, portador de una credencial que lo identificaba como miembro del Partido Comunista en el que militaba, al igual que José Revueltas y Efraín Huerta, también amigos de Octavio Paz. Era la primera vez que el joven poeta tomaba un avión; fue un viejo aeroplano de la compañía Mexicana de Aviación en el que aterrizó luego de largas y ruidosas horas que lo dejaron casi sordo y era también la primera que se ausentaba durante tanto tiempo de su casa, ahora medio vacía. Su padre había muerto la aciaga tarde del 11 de marzo de 1935 despedazado por un tren, un año y tres días antes del viaje. Al joven Paz lo agobiaba y oprimía la ciudad de México, a pesar de que se desprendía con ella, de una novia de la que estaba peligrosamente enamorado (Elena, la hija del teósofo Garro), a pesar también de que había publicado en septiembre de 1936 un poema titulado ¡No pasarán! y de que poco después había dado a la luz un libro de exaltados poemas de amor Raíz del hombre. Si el primer poema había sido aplaudido por sus amigos comunistas y había recorrido el mundo y llegado a España, también había sido recibido con desdeñosa frialdad por los poetas de la revista Contemporáneos (en una nota “Poesía y retórica”, firmada con las iniciales de su seudónimo Bernardo Ortiz de Montellano, en el número 1 de Letras de México, sin citar por su nombre a Octavio Paz, subrayaba ciertas coincidencias entre el poema de Paz y el “Galope muerto” de Pablo Neruda). Paz Lozano se sentía incómodo en la tensa ciudad literaria de aquel entonces. En cierto modo, la ciudad se desdoblaba en él, sus lealtades se dividían: de un lado, hacia sus amigos militantes de izquierda; del otro, hacia sus maestros y, a la larga, tutores. El joven Paz había sido aceptado hacía poco por ese cerrado círculo de la aristocracia intelectual mexicana de aquellos años, conocido con el nombre de “Contemporáneos”: Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, Jorge Cuesta, Salvador Novo, Jaime Torres Bodet, José Gorostiza, Bernardo Ortiz de Montellano, Manuel Rodríguez Lozano… partidarios, todos, del bando republicano en la inminente Guerra Civil de España; todos más o menos críticos del marxismo y del discurso revolucionario oficial imperante en aquel México gobernado por Lázaro Cárdenas, casi todos críticos obligados a merodear en las afueras del cardenismo. A Octavio Paz esta situación seguramente lo incomodaba. Las relaciones tormentosas con su novia y su familia no ayudaban a la serenidad del joven poeta. De ahí que cuando por fin bajara del avión, y se hubiese repuesto del viaje, haya tenido la sensación de despertar de un largo sueño oscuro. Despertó en Mérida como quien sale de una larga estación. El viaje de dos meses (dos largas lunas) a Yucatán se dibujaría en el recuerdo como un ciclo privilegiado y en el que, en cierto modo, se miniaturizaría su destino y trayectoria. Esas ocho semanas representarían un momento-mandala, una pausa-talismán en la que se trenzarían los distintos hilos de su itinerario ulterior. Gobernaba México Lázaro Cárdenas, cuyo gobierno revolucionario había organizado unas misiones educativas. Naturalmente, Paz se sumaría a ellas. Sin embargo, recordemos que estamos en México, aunque el viaje estaba abanderado por el estandarte del presidente Cárdenas, los tres jóvenes escritores misionarios se verían obligados a encarar dificultades con aquella burocracia que era, en más de un sentido, municipal; la mística de aquellos tres mosqueteros, como los calificaría Efraín Huerta, chocaría con la suspicacia de los profesores locales, quienes veían a los capitalinos con ojos evasivos. Este viaje inicial fue un viaje iniciático; ahí empezaría, para decirlo con Paz, un Itinerario que lo llevaría primero a Valencia, España, Madrid y París en 1938, a San Francisco en 1945, de nuevo a París en diciembre de ese mismo año, y de París a una escalada planetaria: la India, Tokio, Ginebra, París, México, Estados Unidos, París, la India, Afganistán; paralela a la odisea en verso y en prosa que cumple su obra, que va del poema al ensayo, de la traducción a la crítica política, de la viñeta lírica al ensayo filosófico, crítico e histórico, de Piedra de sol al Mono gramático, de El arco y la lira a Los hijos del limo. El joven poeta que aterriza en Mérida en marzo de 1937 había leído a Aldous Huxley y a D.H. Lawrence —cuya obra no era para él literatura, sino una suerte de visión profética que él mismo compartía y aun practicaba, según confesaría después—, a Paul Valéry, a André Malraux, —al que no tardaría en conocer en Valencia—, a André Gide, cuyas ideas y posiciones de crítica a la Unión Soviética le eran familiares —aunque aun no las compartía— si bien, eran materia de conversación entre esos escritores mayores que él y que, en cierto modo, habían adoptado al joven poeta que hacía un año había perdido a su padre; Paz llevaba bajo el brazo algunas lecturas, de poesía medieval española y de la obra de T.S. Eliot, particularmente de Los hombres huecos. El viaje a Yucatán tiene para ese joven escritor, que ya se encuentra desde hace algunos años en plena posesión de sus facultades críticas y poéticas, el valor premonitorio de una estación mágica, un momento-talismán, una visión ulterior plasmada más tarde, por ejemplo, en El laberinto de la soledad, como muestran estas “Notas” fechadas aquí, en Mérida, hace 77 años:

I

Bajo del avión levemente aturdido. Una densa oleada de aire caliente me saluda. De pronto, al tocar de nuevo tierra —una tierra que todavía no es la “tierra firme”— toco también otro suelo, cercano y entrañable: me sumerjo, como envuelto en una secreta e invisible onda, en la más tibia infancia. ¿Cómo asociar esta atmósfera ardiente con la bruma de la niñez? ¿Cómo reconocer en este cruel vaho, en esta seca desnudez, un blando aliento, un rumoroso río de recuerdos? No sé, pero por un instante brotan dentro de mí las tardes de verano en el valle de México, los mediodías luminosos y cálidos del colegio. No sé. Lo cierto es que existe y que, otra vez, soy hombre terrestre y no hombre de nubes y aire. Hombre sitiado por la tierra que me saluda y el pasado que me recobra, cercado por la violencia y una naturaleza que rechaza.

Así subo al automóvil. El asfalto, limpio y acerado, luce un esplendor contenido que va del gris al violeta. La ciudad es a estas horas una hermosa luz que atraviesa las calles y desemboca en un sitio misterioso, del que todavía no conozco sino el temblor y la recóndita frescura. Y todas las calles, se presiente, conducen la luz al mismo sitio. Pero, antes, la luz toca un muro resplandeciente, hace brotar espadas de un balcón, atraviesa la atmósfera vibrando… No es una ciudad hecha de volúmenes sino del juego de la luz en el aire y sobre las fachadas, vagando en una calle, hiriendo un verde vegetal; el viajero siente, desde el principio (y esta sensación se afirma cada día), que la ciudad no es más que una calculada danza de colores, el sitio en que reposan los colores, el fruto y la substancia de los colores. Tibios, tímidos colores de Mérida, subiendo del blanco, como un tenue vapor, al rosa, al crema, al verde tierno del amanecer.

En el trayecto cruza una esquina, entre la atmósfera deshabitada de las tres de la tarde, una mestiza. Como un fresco relámpago, un relámpago vivo y súbito, lleno de blanca desnudez, de inesperada y cándida frescura. Sin embargo, no es la llama dulce del rebozo, ni la tranquila hermosura del huipil, lo que conmueve. Con este encuentro me enfrento, por primera vez, a un hecho frecuente y diario en Yucatán: la presencia de lo indígena, su reiterada y siempre decisiva influencia en la vida social. De este encuentro parte, en realidad, todo intento de compresión, todo esfuerzo por acercarse a lo que verdaderamente mueve a la península. Aquí lo indígena no significa el caso de una cultura capaz de subvivir, precaria y angustiosamente, frente a lo occidental, sino el de los rasgos perdurables y extraordinariamente vitales de una raza que tiñe e invade con su espíritu la superficial fisonomía blanca de una sociedad.

II

Mérida es una población española, señorial y lenta. Las guías de turismo la tratan de “romántica capital”. Las casas, de un solo piso, bajas y amplias, tienen una huerta, un molino de viento y tierra húmeda, traída de otros sitios. Todo es trabajo humano: aquí la fecundidad es una victoria del hombre contra la sequedad y la inclemencia. En las noches, jadea la ciudad; asomadas a los balcones o en las puertas, las muchachas conversan y sus voces son como un hondo río, como el obscuro presentimiento del agua. A veces gime sordamente una veleta. De una calle silenciosa crece un tumulto de hierro y piedra y un olor penetrante de belfos y miembros sudorosos: cruza una calesa. A estas horas hay, a pesar de la brisa que empuja el mar cercano, un ahogo que oprime y embelesa; se adivina una oculta, encerrada vida sexual, contenida, ferozmente secreta y aherrojada. Recordemos las hermosas páginas de Cernuda en torno a la Andalucía romántica. Cádiz: la misma construcción, a un tiempo sólida y aérea; la misma seducción, hecha de espanto y delicia; el mismo jadeo nocturno, desesperado, tibio.

En las noches de Mérida el hombre se hunde en la vida feudal. La palabra doncella tiene una dramática, tensa significación. Conocemos el secreto de los suspiros, la violencia de un perfume, el poder de ciertas palabras, el temor nocturno de los niños. Hay un pecho agitado, una palabra obscura, impronunciable, detrás de cada puerta, de cada balcón.

Sabemos que este mundo, por más encantador que nos parezca, desaparecerá. Que la palabra no dicha se dirá. Que una nueva vida, una hermosa y limpia vida, rescatará a la mujer de todo esto y tornará claras las relaciones casi sobrenaturales de hombre y mujer, libres de angustia y sombras.

III

Al pasar los días se descubre la composición social de la ciudad. No solo hay clases divididas por la miseria y la servidumbre, sino que existe toda una orgullosa arquitectura de castas, impenetrable y rígida. No es nada más la pobreza de la ropa, como en Europa, ni la limpieza (todos son pulcros y prodigiosamente albean) lo que distingue a los hombres entre sí. No, no es el corte del traje, la calidad de la ropa, ni siquiera la cultura, lo que separa verdaderamente a los hombres, sino las ganancias… Y el color de la piel, que en Yucatán y en México todavía juega un papel importante en el reparto de las ganancias. Familias poderosas, con espíritu de casta (maravillosas familias criollas que hablan con entusiasmo del racismo alemán) y que rehúsan toda mezcla de sangre, presiden orgullosamente la vida exclusiva de la sociedad. Pero esta gente, tan cuidadosa de la pureza de su sangre, tan cruelmente enemiga de lo indígena, habla el idioma maya. Las necesidades del tráfico los obligan a usar el mismo lenguaje que hablan aquellos a quienes explotan y rechazan. Pero no solo es el idioma. Todo el subsuelo social está profundamente penetrado por lo maya; en todos los actos de la vida brota de pronto: en una costumbre tierna, en un gesto cuyo origen se desconoce, en la predilección por un color o por una forma. El gusto, la suma de aficiones y repulsiones, en lo que tienen de más afinado y genuinamente aristocrático, es maya. La dulzura del trato, la sensibilidad, la amabilidad, la cortesía pulcra y fácil, es maya. Parece que del legado español esta gente (no la clase media que, a pesar de todo, conserva, como en todo el país, un contenido y sobrio decoro, a punto siempre de naufragar) solo heredó la rigidez, la dureza.

 Hay días en que todo, por un instante, se desploma; la ciudad se despoja de su máscara y, desnuda, deja ver sus vivas entrañas, valientes y calladas: los grandes días de la vida en las calles, los días de las huelgas y de los mítines. Hay días en los que el campo recobra a la ciudad; indígenas y mestizos le dan a Mérida entonces su verdadero carácter. La blanca ciudad se vuelve más blanca aún. Los trabajadores le dan sentido, la dignifican, muestran lo verdadero.

IV

Hay una palabra que dice por sí sola todo lo que es Yucatán: henequén. La vida de la península y la de la ciudad. También la muerte de muchos campesinos pobres, de colectividades enteras de indígenas. El monocultivo (que ha hecho de Yucatán una región con características propias) ha dado a la clase campesina, junto al despojo y al hambre, cohesión nacional y racial, sentido a su destino. Pero cuando los grandes hacendados hablan de las notas que singularizan a la economía y a la vida peninsular y gritan la necesidad de yucatanizar a Yucatán, nosotros sabemos que lo que en realidad quieren es manos libres para la venta del suelo y sus productos al imperialismo. Los latifundistas, ellos que son iguales a todos los del globo, ¡nacionalista, regionalistas! En este sentido, y en estos momentos, me parece profundamente antidialéctico plantear, de una manera abstracta, la cuestión de las “nacionalidades oprimidas”. La única originalidad verdadera, la única riqueza expresiva, con valor y alcance humano y nacional (típico, digamos, para emplear la palabra) es la que imprime lo maya a la población. El idioma y las costumbres, el acento autónomo en suma (sí tiene, verdaderamente, un acento nacional Yucatán, y no es, simplemente, un matiz, todo lo singular que se quiera, de la nación mexicana) es maya. Y lo maya es, justamente, aquello que con mayor horror rechazan los grandes explotadores feudales.

Mérida, la ciudad moderna, dulce y clara, es el henequén. La vida. La muerte de los campesinos. Se cumple aquí, como en todo régimen capitalista, aquello de que el hombre vive de la muerte del hombre.

A veces, en la noche uno se despierta como sobre escombro y sangre. El henequén, invisible y diario, preside el despertar.

            Mérida, Yucatán, 1937[1]

 

III

La larga cita anterior habría que entretejerla con tres cuerdas: de un lado, con las dos versiones que hizo Paz de su poema “Entre la piedra y la flor” como la de 1937 y la de 1976, en segundo término con las cartas escritas por Octavio Paz a Elena Garro;[2] en tercer término con las diversas citas que hace Octavio Paz de los dioses, objetos y lugares sagrados de la civilización maya sembrados a lo largo de su obra y que se reproducen, en parte, al final en un anexo. Un ejemplo de ese conocimiento es la siguiente página que escribió Paz en 1962 en el texto “Obras maestras de México en París”:

Entre los mayas cada día era un dios, portador de una “carga de tiempo” fasto, nefasto o indiferente. Gracias a una ingeniosa combinación del calendario, cada 260 años terminaba un ciclo y comenzaba otro, siempre en el día Ahau (dios sol). Trece divinidades regían sucesivamente los períodos de 20 años en que estaba dividido cada ciclo. Obsesionados por la idea del tiempo, los mayas querían saber de dónde venía cada fecha, para utilizar su “carga” benéfica o, si era adversa, para neutralizarla por medio de ritos y sacrificios. El presente y el futuro eran el fatal resultado del pasado: no el de los hombres sino el de los astros. En una estela hay una inscripción que registra una fecha vertiginosa: 400.000.000 de años. Fue lo más lejos que llegaron en su exploración del pasado. La tentativa no era descabellada: les parecía la única manera de enfrentarse al presente y apoderarse del futuro. Esa inmensa investigación mágico-matemática al fin se reveló estéril: el tiempo es insondable.[3]

En agosto de 1937, poco después de que Octavio Paz dejara la península, Lázaro Cárdenas viajó a Yucatán en compañía de una nutrida comitiva para asegurar in situ la Reforma Agraria y tratar de dar realidad a los ideales de la Revolución que había entrevisto durante su campaña como presidente. El proceso de lucha contra los latifundistas había empezado desde antes y en esa atmósfera caldeada por los ánimos llegaría Octavio Paz a Yucatán. La revolución podía tener diversos sentidos, de un lado, el que le daban los cardenistas, del otro, el que veían los opositores al régimen, como, por ejemplo, José Revueltas, dos años antes, quien había enviado prisionero a las Islas Marías cuando aún no cumplía la mayoría de edad.

En esas semanas de 1937 serían esbozadas y escritas las páginas de “Entre la piedra y la flor”, extenso “himno entre ruinas” o, como diría Paz más adelante, “maleza entre escombros”, cuyo tema, materia y asunto lo acompañarán como una herida abierta a lo largo de su longevidad. No otra cosa muestra el hecho de que en las Obras completas él mismo haya propuesto la inclusión de las dos versiones de ese poema que escribió y re-escribió a lo largo de treinta y nueve años. Salta a la vista que entre las “Notas”, atrás citadas —que en parte presagian El Laberinto de la soledad— y el poema, y los poemas que siguen, hay puentes, corredores, ecos, correspondencias.

Cabe hacer al paso una observación, relativa al sentido y a la práctica misma de la re-escritura de un poema… ¿Es posible? ¿Es viable? ¿Es eficiente? ¿Tiene sentido más allá de lo catártico? Si bien es cierto que “La fundación mitológica de Buenos Aires” ha sido objeto por parte de su autor, Jorge Luis Borges, de no menos de nueve versiones, ¿tiene sentido la re-escritura de “Entre la piedra y la flor”, también un poema fundacional ya no de la ciudad sino de la obra y la visión misma de Octavio Paz? ¿Cómo interpretar el hecho de que mientras la primera versión cuenta con 218 versos la segunda condensa la lección del mismo a 199, para no hablar de otros matices de la enunciación? ¿Se puede decir que el poema busca indagar en los cimientos y fundamentación simbólica de la ciudad, y que él ocupa en la obra de Octavio Paz el lugar de una raíz, que es un poema raíz y que acaso podría subtitularse “Raíz del hombre” en Yucatán? Quedan a la orilla del río, como “Piedras sueltas”, algunos poemas sobre la ciudad sagrada de los mayas que me permito reproducir como una suerte de atrio textual antes de entrar al doble patio de “Entre la piedra y la flor”.

 

En Uxmal

1

La piedra de los días

El sol es tiempo;

el tiempo, sol de piedra;

la piedra, sangre.

 

2

Mitad del día

La luz no parpadea,

el tiempo se vacía de minutos,

se ha detenido un pájaro en el aire.

 

3

Más tarde

Se despeña la luz,

despiertan las columnas

y, sin moverse, bailan.

 

4

Pleno sol

La hora es transparente:

vemos, si es invisible el pájaro,

el color de su canto.

 

5

Relieves

La lluvia, pie danzante y largo pelo,

el tobillo mordido por el rayo,

desciende acompañada de tambores:

abre los ojos el maíz, y crece.

 

6

Serpiente labrada sobre un muro

El muro al sol respira, vibra, ondula,

trozo de cielo vivo y tatuado:

el hombre bebe sol, es agua, es tierra.

Y sobre tanta vida la serpiente

que lleva una cabeza entre las fauces:

los dioses beben sangre, comen hombres.[4]

 

Léase en primer lugar la versión de 1937 de “Entre la piedra y la flor”:

 

I

En el alba de callados venenos                                    1

amanecemos serpientes.                                               2

 

Amanecemos piedras,                                        

raíces obstinadas,                                   

sed descarnada, labios minerales.                              5

 

La luz en estas horas es acero,

es el desierto labio del desprecio.

Si yo toco mi cuerpo soy herido

por rencorosas púas.

Fiebre y jadeo de lentas horas áridas,

miserables raíces atadas a las piedras.                                 11

 

Bajo esta luz de llanto congelado

el henequén, inmóvil y rabioso,

en sus índices verdes

hace visible lo que nos remueve,

el callado furor que nos devora.                                               16

 

En su cólera quieta,

en su tenaz verdor ensimismado,

la muerte en que crecemos se hace espada

y lo que crece y vive y muere

se hace lenta venganza de lo inmóvil.                         21

 

Cuando la luz extiende su dominio

e inundan blancas olas a la tierra,

blancas olas temblantes que nos ciegan,

y el puño del calor nos niega labios,

un fuego verde cerca al henequén,

muralla viva que devora y quema

al otro fuego que en el aire habita.

Invisible cadena, mortal soplo

que aniquila la sed de que renace.                             30

 

Nada sino la luz. No hay nada, nada

sino la luz contra la luz rabiosa,

donde la luz se rompe, se desangra

en oleaje estéril, sin espuma.                                       34

 

El agua suena. Sueña.

El agua intocable en su tumba de piedra,

sin salida en su tumba de aire.

El agua ahorcada,

el agua subterránea,

de húmeda lengua humilde, encarcelada.

El agua secreta en su tumba de piedra

sueña invisible en su tumba de agua.                         42

 

A las seis de la tarde

alza la tierra un vaho blanquecino.

Vuelan pájaros mudos, barro alado.

Arrasan nubes crueles el cielo sin orillas.                 46

 

Pero en la noche el agua gime.

Un cielo de metal

oprime pecho y venas

y tiembla en el ahogo el horizonte.

El agua gime entre sus negros hierros.

El hombre corre de la muerte al sueño.                                  52

 

El henequén vigila cielo y tierra.

Es la venganza de la tierra,

la mano de los hombres contra el cielo.                                55

 

II

¿Qué tierra es ésta?,

¿qué extraña violencia alimenta

en su cáscara pétrea?,

¿qué fría obstinación,

años de fuego frío,

petrificada saliva persistente,

acumulando lentamente un jugo,

una fibra, una púa?                                                          63

 

Una región que existe

antes que sobre el mundo alzara el aire

su bandera de fuego y el agua sus cristales;

una región de piedra

nacida antes del renacimiento mismo de la muerte;

una región, un párpado de fiebre,

unos labios sin sueño

que recorre sin término la sed,

como el mar a las lajas en las costas desiertas.                  72

 

La tierra solo da su flor funesta,

su espada vegetal.

Su crecimiento rige

la vida de los hombres.                                                  76

 

Por sus fibras crueles

corre una sed de arena

trepando desde sótanos ciegos,

duras capas de olvido donde el tiempo no existe.   80

 

Furiosos años lentos, concentrados,              

como no derramada, oculta lágrima,

brotando al fin sombríos

en un verdor ensimismado,

rasgando el aire, pulpa, ahogo,

blanda carne invisible y asfixiada.

Al cabo de veinticinco amargos años

alza una flor sola, roja y quieta.

Una vara sexual la levanta

y queda entre los aires, isla inmóvil,

petrificada espuma silenciosa.                                    91

 

Oh esplendor vengativo,

única llama de este infierno seco,

amor que apenas nace muere,

¿tanto silencio hundido,

tanta fiebre acallada,

surge en tu llama rígida, desnuda,

para cantar, solo, tu muerte?                                        98

 

III

¡Si yo pudiera,

en esta orilla que la sed ilumina,

cantar al hombre que la habita y la puebla,

cantar al hombre que su sed aniquila!

Al hombre húmedo y persistente como lluvia,

al hombre como un árbol hermoso y ultrajado

que arranca su nacimiento al llanto,

al hombre como un río entre las llamas,

como un pájaro semejante a un relámpago.

Al hombre entre sus fines y sus frutos.                                   108

 

Los frutos de la tierra son los fines del hombre.

Mezcla su sal henchida con las sales terrestres

y esa sal es más tierna que la sal de los mares:

le dio Adán, con su sangre, su orgulloso castigo.     112

 

¡Si pudiera cantar

al hombre que vive bajo esta piel amarga!

El nacimiento,

el espanto nocturno,

la vasta mano que puebla y despuebla la tierra.                 117

 

¡El hombre entre sus fines!

Sus principios obscuros,

la luz que lo visita,

su agonía, piedra y fuego en el polvo.                         121

 

Entre el primer silencio y el postrero,

entre la piedra y la flor,

tú, el círculo de ternura que alimenta la noche.                   124

 

Donde la tierra es muerte                                             

y de su muerte solo brotan muertes,

verdes, sedientas, innumerables muertes,

tú caminas. Te ciñe un pulso aéreo,

un silencio flotante,

como fuga de sangre, como humo,

como agua que olvida.                                                    131

 

Llamas petrificadas te sostienen.

Caminas entre espadas,

casi invisible

bajo el temblor del cielo tierno,

un leve paso de animal que huye.                               136

 

Tú caminas. Tú duermes. Tú fornicas.

Tú danzas, bebes, sueñas.

Sueñas en otros labios que prolonguen tu sueño.              139

 

Alguien te sueña, solo.

Tu nombre, polvo, piedra,

en el polvo sediento precipita su ruina.                                142

 

Mas no es el ritmo obscuro del planeta,

el renacer de cada día,

el remorir de cada noche,

lo que te mueve por la tierra.                                        146

 

IV

¡Oh rueda del dinero,

que ni te palpa ni te roza

y te deshace cada día!                                                    149

 

Ángel de tierra y sueño,

agua remota que se ignora,

oh condenado,

oh inocente,

oh bestia pura entre las horas del dinero,

entre esas horas que no son nuestras nunca,

por esos pasadizos de tedio devorante

donde el tiempo se para y se desangra.                                157

 

¡El mágico dinero!

Invisible y vacío,

es la señal y el signo,

la palabra y la sangre,

el misterio y la cifra,

la espada y el anillo.                                                      163

 

Es el agua y el polvo,

la lluvia, el sol amargo,

la nube que crea el mar solitario

y el fuego que consume los aires.                                167

 

Es la noche y el día:

la eternidad sola y adusta

mordiéndose la cola.                                                      170

 

El hermoso dinero da el olvido,

abre las puertas de la música,

cierra las puertas al deseo.

La muerte no es la muerte: es una sombra,

un sueño que el dinero no sueña.                               175

 

¡El mágico dinero!

Sobre tus huesos se levanta,

sobre los huesos de los hombres se levanta.                       178

 

Pasas como una flor por este infierno estéril,

sin llamas ni pecados,

hecho solo del tiempo encadenado,

carrera maquinal, rueda vacía

que nos exprime y deshabita,

y nos seca la sangre,

y el lugar de las lágrimas nos mata.                            185

 

Porque el dinero es infinito y crea desiertos infinitos.       186

 

V

Dame, llama invisible, espada fría,

tu persistente cólera,

para acabar con todo,

oh mundo seco,

oh mundo desangrado,

para acabar con todo.                                                     192

 

Arde, sombrío, arde sin llamas,

apagado y ardiente,

ceniza y piedra viva,

desierto sin orillas.                                                         196

 

Arde en el vasto cielo, laja y nube,

bajo la ciega luz que se desploma

entre estériles peñas.                                                    199

 

Arde en la soledad que nos deshace,

tierra de piedra ardiente,

de raíces heladas y sedientas.                                     202

 

Arde, furor oculto,

ceniza que enloquece,

arde invisible, arde

como el mar impotente engendra nubes,

olas como el rencor y espumas pétreas.                                207

 

Entre mis huesos delirantes, arde;

arde dentro del aire hueco,

horno invisible y puro;

arde como arde en tiempo,

como camina el tiempo entre la muerte,

con sus mismas pisadas y su aliento;

arde en ti mismo, ardor sin llama,

soledad sin imagen, sed sin labios.                           215

 

Para acabar con todo,

oh mundo seco,

para acabar con todo.                                                     218

 

Yucatán 1937 / México 1940.

 

 

Contrástese con la escrita más de treinta años después:

 

A Teodoro Cesarman

 

I

Amanecemos piedras.                                                    1

 

Nada sino la luz. No hay nada

sino la luz contra la luz.                                                 3

 

La tierra:

palma de una mano de piedra.                                    5

 

El agua callada

en su tumba calcárea.

El agua encarcelada,

húmeda lengua humilde

que no dice nada.                                                10

 

Alza la tierra un vaho.

Vuelan pájaros pardos, barro alado.

El horizonte:

unas cuantas nubes arrasadas.                                    14

 

Planicie enorme, sin arrugas.

El henequén, índice verde,

divide los espacios terrestres.

Cielo ya sin orillas.                                                          18

 

II

¿Qué tierra es esta?

¿Qué violencias germinan

bajo su pétrea cáscara,

qué obstinación de fuego ya frío,

años y años como saliva que se acumula

y se endurece y se aguza en púas?                              24

 

Una región que existe

antes que el sol y el agua

alzaran sus banderas enemigas,

una región de piedra

creada antes del doble nacimiento

de la vida y la muerte.                                                    30

 

En la llanura la planta se implanta

en vastas plantaciones militares.

Ejército inmóvil

frente al sol giratorio y las nubes nómadas.             34

 

El henequén, verde y ensimismado,

brota en pencas anchas y triangulares:

es un surtidor de alfanjes vegetales.

El henequén es una planta armada.                           38

 

Por sus fibras sube una sed de arena.

Viene de los reinos de abajo,

empuja hacia arriba y en pleno salto

su chorro se detiene,

convertido en un hostil penacho,

verdor que acaba en puntas.

Forma visible de la sed invisible.                                45

 

El agave es verdaderamente admirable:

su violencia es quietud, simetría su quietud.                       47

 

Su sed fabrica el licor que lo sacia:

es un alambique que se destila a sí mismo.             49

 

Al cabo de veinticinco años

alza una flor, roja y única.

Una vara sexual la levanta,

llama petrificada.

Entonces muere.                                                   54

 

III

Entre la piedra y la flor, el hombre:

el nacimiento que nos lleva a la muerte,

la muerte que nos lleva al nacimiento.                                  57

 

El hombre,

sobre la piedra lluvia persistente

y río entre llamas

y flor que vence al huracán

y pájaro semejante al breve relámpago:

el hombre entre sus frutos y sus obras.                                 63

 

El henequén,

verde lección de geometría

sobre la tierra blanca y ocre.

Agricultura, comercio, industria, lenguaje.

Es una planta vivaz y es una fibra,

es una acción en la Bolsa y es un signo.

Es tiempo humano,

tiempo que se acumula,

tiempo que se dilapida.                                                 72

 

La sed y la planta,

la planta y el hombre,

el hombre, sus trabajos y sus días.                              75

 

Desde hace siglos de siglos

tú das vueltas y vueltas

con un trote obstinado de animal humano:

tus días son largos como años

y de año en año tus días marcan el paso;

no el reloj del banquero ni el del líder:

el sol es tu patrón,

de sol a sol es tu jornada

y tu jornal es el sudor,

rocío de cada día

que en tu calvario cotidiano

se vuelve una corona transparente

-aunque tu cara no esté impresa

en ningún lienzo de Verónica

ni sea la de la foto

del mandamás en turno

que multiplican los carteles:

tu cara es el sol gastado del centavo,

universal rostro borroso;

tú hablas una lengua que no hablan

los que hablan de ti desde sus pulpitos

y juran por tu nombre en vano,

los tutores de tu futuro,

los albaceas de tus huesos:

tu habla es árbol de raíces de agua,

subterráneo sistema fluvial del espíritu,

y tus palabras van -descalzas, de puntillas-

de un silencio a otro silencio;

tú eres frugal y resignado y vives,

como si fueras pájaro,

de un puño de pinole en un jarro de atole;

tú caminas y tus pasos

son la llovizna en el polvo;

tú eres aseado como un venado;

tú andas vestido de algodón

y tu calzón y tu camisa remendados

son más blancos que las nubes blancas;

tú te emborrachas con licores lunares

y subes hasta el grito como el cohete

y como él, quemado, te desplomas;

tú recorres hincado las estaciones

y vas del atrio hasta el altar

y del altar al atrio

con las rodillas ensangrentadas

y el cirio que llevas en la mano

gotea gotas de cera que te queman;

tú eres cortés y ceremonioso y comedido

y un poco hipócrita como todos los devotos

y eres capaz de triturar con una piedra

el cráneo del cismático y el del adúltero;

tú tiendes a tu mujer en la hamaca

y la cubres con una manta de latidos;

tú, a las doce, por un instante,

suspendes el quehacer y la plática,

para oír, repetida maravilla,

dar la hora al pájaro, reloj de alas;

tú eres justo y tierno y solícito

con tus pollos, tus cerdos y tus hijos;

como la mazorca de maíz

tu dios está hecho de muchos santos

y hay muchos siglos en tus años;

un guajolote era tu único orgullo

y lo sacrificaste un día de copal y ensalmos;

tú llueves la lluvia de flores amarillas,

gotas de sol, sobre el hoyo de tus muertos               140

 

-mas no es el ritmo obscuro,

el renacer de cada día

y el remorir de cada noche,

lo que te mueve por la tierra:                                        144

 

IV

El dinero y su rueda,

el dinero y sus números huecos,

el dinero y su rebaño de espectros.                             147

 

El dinero es una fastuosa geografía:

montañas de oro y cobre,

ríos de plata y níquel,

árboles de jade

y la hojarasca del papel moneda.                                152

 

Sus jardines son asépticos,

su primavera perpetua está congelada,

son flores son piedras preciosas sin olor,

sus pájaros vuelan en ascensor,

sus estaciones giran al compás del reloj.                              157

 

El planeta se vuelve dinero,

el dinero se vuelve número,

el número se come al tiempo,

el tiempo se come al hombre,

el dinero se come al tiempo.                                        162

 

La muerte es un sueño que no sueña el dinero.

El dinero no dice tú eres:

el dinero dice cuánto.                                                      165

 

Más malo que no tener dinero

es tener mucho dinero.                                                   167

 

Saber contar no es saber cantar.                                              168

 

Alegría y pena

ni se compran ni se venden.                                          170

 

La pirámide niega al dinero,

el ídolo niega al dinero,

el brujo niega al dinero,

la Virgen, el Niño y el Santito

niegan al dinero.                                                  175

 

El analfabetismo es una sabiduría

ignorada por el dinero.                                                   177

 

El dinero abre las puertas de la casa del rey,

cierra las puertas del perdón.                                       179

 

El dinero es el gran prestidigitador.

Evapora todo lo que toca:

tu sangre y tu sudor,

tu lágrima y tu idea.

El dinero te vuelve ninguno.                                          184

 

Entre todos construimos

el palacio del dinero:

el gran cero.                                                                      187

 

No el trabajo: el dinero es el castigo.

El trabajo nos da de comer y dormir:

el dinero es la araña y el hombre la mosca.

El trabajo hace las cosas:

el dinero chupa la sangre de las cosas.

El trabajo es el techo, la mesa, la cama:

el dinero no tiene cuerpo ni cara ni alma.                 194

 

El dinero seca la sangre del mundo,

sorbe el seso del hombre.                                             196

 

Escalera de horas y meses y años:

allá arriba encontramos a nadie.

 

Monumento que tu muerte levanta a la muerte.                  199

 

Mérida 1937 / México 1976[5]

 

IV

En la vida de un hombre se dan momentos clave en que se superponen, como en un Aleph o momento-talismán, los distintos lazos y desenlaces del destino. Uno de esos momentos lo vivió Octavio Paz en 1937, en Yucatán, un año después de muerto su padre y luego de haber publicado dos poemas que marcarían su historia: ¡No pasarán! y Raíz del hombre. En Chichen-Itzá, en el Patio del juego de pelota, una mañana de la primavera de 1937, tiene Paz la revelación de su destino en una visión donde el pasado, el presente y el porvenir se funden en el relámpago de un instante. Así evoca ese momento:

Una mañana, mientras caminaba por el Juego de Pelota, en cuya perfecta simetría el universo parece reposar entre dos muros paralelos, bajo un cielo a un tiempo diáfano e impenetrable, espacio en el que el silencio dialoga con el viento, campo de juego y campo de batalla de las constelaciones, altar de un terrible sacrificio: en uno de los relieves que adornan al rectángulo sagrado se ve a un jugador vencido, de hinojos, su cabeza rodando por la tierra como un sol decapitado en el firmamento, mientras que de su tronchada garganta brotan siete chorros de sangre, siete rayos de luz, siete serpientes. Una mañana, mientras recorría el Juego de Pelota, se me acercó un presuroso mensajero del hotel y me tendió un telegrama que acababa de llegar de Mérida, con la súplica de que se me entregase inmediatamente. El telegrama decía que tomase el primer avión disponible pues se me había invitado a participar en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas que se celebraría en Valencia y en otras ciudades de España en unos días más. Apenas si había tiempo para arreglar el viaje. Lo firmaba una amiga (Elena Garro). El mundo dio un vuelco. Sentí que, sin dejar de estar en el tiempo petrificado de los mayas, estaba también en el centro de la actualidad más viva e incandescente. Instante vertiginoso: estaba plantado en el punto de intersección de dos tiempos y dos espacios. Visión relampagueante: vi mi destino suspendido en el aire de esa mañana transparente como la pelota mágica que, hacía quinientos años, saltaba en ese mismo recinto, fruto de vida y de muerte en el juego ritual de los antiguos mexicanos.[6]

El vértigo de ese momento en que se comunican dos tiempos y dos ciclos acompañará, como una sombra, a Octavio Paz durante toda su vida: como si en su mirar bifocal coincidieran la Cuenta Larga y la Cuenta Corta, como si a partir de ahí su corazón hubiese empezado a latir en dos tiempos: sístole instantánea y calcinante, diástole milenaria. Conciencia pendular que subyace en su escritura: el destino suspendido en el aire líquido del tiempo. No es extraño, entonces, que aquél poema “Entre la piedra y la flor” que empezó a escribir en la primavera de 1937 lo haya acompañado como una sombra, como un duelo o una herida abierta, a lo largo de décadas y que fuese rescrito encarnizadamente una y otra vez. “Entre la piedra y la flor” es, en la obra de Paz, como una espina enterrada, el nombre de Yucatán despierta en su mente la imagen y experiencia de un caracol marino. Momento de revelación como un arco y como una hondura sobre la cual se deberá descodificar, contra el horizonte milenario, la experiencia del ahora: sístole del presente, diástole inmemorial. La vocación poética de Octavio Paz se rige por el principio de una llama doble: de un lado, la expresión militante y forense del poema ¡No pasarán!, del otro, las efusiones amorosas cristalizadas en Raíz del hombre; sístole-diástole que se prolongará en el futuro, de un lado Nocturno de san Ildefonso y del otro Viento entero. Contra la piedra suelta de las anécdotas contingentes, se abre el largo ciclo y la cuenta larga de los calendarios astronómicos, que a su vez rebotan en la pared del compacto poema breve.

En esa anécdota del viaje inicial e iniciático que es como el puente aéreo hacia el otro viaje, hacia el viaje interior, parecería estar integrada la biografía ulterior de Octavio Paz. En ese microrrelato, ya está planteado el escenario que luego se desarrollará: el santuario remoto que representa Yucatán y la cultura maya y que luego, más tarde, representará la India; la amistad de Efraín Huerta, conjurado cómplice; la mala fe de los representantes de la nomenclatura comunista que encarna Juan Marinello; la amistad mensajera de Elena Garro; el paisaje de fondo de la amistad de un Rafael Alberti y de un Pablo Neruda conmovidos por el poema ¡No pasarán!; la compañía solidaria pero distante de los disidentes que fueron los escritores de Contemporáneos, la soledad de la poesía, la poesía de la soledad.

La conciencia viva como un ascua ardiente de este instante vertiginoso le permitirá a Octavio Paz escribir más adelante, muchos años después, las proféticas páginas de Posdata (1970). En ellas advierte con su penetrante conciencia de filósofo de la historia un hecho que se delineaba ya en aquellos días y que ahora cobra intensa vigencia y realidad: el riesgo de que aquel inmenso pasado inmemorial de las antiguas culturas mayas y su alta civilización se transforme en un espectáculo de luz y sonido, en una coreografía simulada en la cual el lugar de los campesinos explotados y esclavizados por el cultivo del henequén lo pasarán a ocupar los turistas y sus guías acarreados por la mercadotecnia del turismo planetario hacia los venerables sitios arqueológicos: “Entre la piedra y la flor” no solo es un poema memorable en sus dos versiones, sino también una prueba de que sigue escribiéndose en nuestro interior aunque quizá ahora la flor sea de piedra y papel, y la piedra de fibra de vidrio.

 

 

Palabras leídas en el marco del homenaje a Octavio Paz en el Festival Internacional de la Cultura Maya 2014 el día 18 de octubre en el Salón Magno de la Historia del Palacio de Gobierno del Estado Libre y Soberano de Yucatán, en la ciudad de Mérida.



[1]“Notas”, se publicó en El Nacional, 8 de mayo de 1937, pp. 1-3; “Notas”, de Octavio Paz, a Primeras Letras, en “Testimonios” en Obras Completas, tomo XIII, Miscelánea I. 1ª ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 1999; 2ª ed. Fondo de Cultura Económica, 1999,. Fondo de Cultura Económica, 2003, México pp 189-192.

[2] Se encuentran en la Biblioteca de la Universidad de Princeton bajo el lema de “Elena Garro Papers” sobre las cuales ha escrito Guillermo Sheridan en su ensayo “Octavio Paz: cartas de Mérida” al que tanto deben esta paráfrasis “Octavio Paz: cartas de Mérida”, Guillermo Sheridan, Cuadernos Hispanoamericanos, publicado en el número 754, abril 2013. También véase “Camarada henequenero” en Los guerrilleros de la poesía (1929-19369 de Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, Ediciones Era, México, 2014, pp. 214-227.

[3] Octavio Paz, “Obras maestras de México en París”, “Arte precolombino”, Los privilegios de la vista. Arte moderno universal. Arte de México, Obras completas IV, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2001,p. 586.

[4]“En Uxmal” en III. Semillas para un himno (1943-1955) en Libertad bajo palabra (1935-1957) en Obra poética I de las Obras completas t. XI, 1ª ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 1996; 2ª ed. Fondo de Cultura Económica, 1997; 2ª reimp. Fondo de Cultura Económica, 1997, México, pp. 141-142.

[5] Entre la piedra y la flor, México, “A la orilla del mundo”, “Primera instancia” Obras completas, tomo XIII, Miscelánea I. Primeros escritos, pp. 106-113 (Yucatán, 1937/ México 1940). La versión definitiva de Entre la piedra y la flor fue recogida en la Obra poética I Obras completas tomo XI, pp.86-92.

[6] Octavio Paz, “Primeros pasos” en ITINERARIO en PRÓLOGO en Ideas y costumbres I. La letra y el cetro en Obras completas t-9, 1ª ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 1993; 2ª ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1995, pp. 22-23.

 


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