Octavio Paz: aristócrata | Letras Libres
artículo no publicado

Octavio Paz: aristócrata

La prodigiosa producción de Octavio Paz incluye el periodismo, la política y un libro de crucial importancia para la idea que un país tiene de sí mismo, El laberinto de la soledad.

Hay muchas clases de poetas, desde los que solo, o prácticamente solo, escriben poesía –como el amigo de Octavio Alberto de Lacerda–, hasta los que tienen una gran obra paralela en prosa, como otro amigo de Octavio, Yves Bonnefoy, entre cuyos libros se encuentran textos de altísima calidad sobre historia del arte, crítica literaria y teoría poética, o Hardy y Lawrence, que eran grandes novelistas. Octavio era el opuesto absoluto a un poeta lírico puro como Alberto. Además, su prodigiosa producción se extiende más allá de la obra en prosa, de carácter muy literario, de Bonnefoy, e incluye el periodismo, la política y un libro de crucial importancia para la idea que un país tiene de sí mismo, El laberinto de la soledad.

Octavio fue una figura clave en mi formación, en una época en la que yo era propenso a adorar a los héroes: es decir, a escritores vivos que había conocido, no a Coleridge o Racine. Nuestro primer encuentro se produjo en 1967, en la inauguración de Poetry International, donde yo leía mis traducciones de Bonnefoy. Y fue Yves quien –no por primera ni última vez– me presentó a una persona que se convirtió en mi amigo y, en este caso, también en un héroe, un mentor o, mejor todavía, un espíritu tutelar. (En el hotel donde se alojaban los poetas, vi cómo Octavio y Neruda se daban la mano después de su famosa disputa de treinta años.)

Encuentro huellas directas de Octavio en algunos de mis poemas y en lo que espero se pueda llamar el estilo de mi prosa, pero lo más importante para mí, como alguien que cree en contribuir a la vida de la polis, era la insistencia de Octavio en que el escritor debe cumplir su papel como ciudadano, y no solo de su país sino del mundo. Paz es menos elitista que Yves (la palabra elitista, por supuesto, no es buena ni mala, sino meramente descriptiva), cuya prosa compleja y llena de capas despliega una intrincada sintaxis donde a veces es necesario un trabajo duro para desentrañar los sentidos ocultos, pero que compensa con creces el esfuerzo. Octavio nunca es difícil de ese modo. Pero exige una atención intensa y la merece, por la lucidez y profundidad de su pensamiento y su evidente placer en las posibilidades del lenguaje, un placer que es contagioso y excita nuestra participación.

Un tropo característico es la oposición binaria, que probablemente aumentó con su fascinación por la obra de Lévi-Strauss: su breve libro sobre el gran escritor francés es una maravillosa introducción, una meditación clásica de un autor sobre otro comparable al libro algo más largo que Bonnefoy escribió sobre Rimbaud. A veces el gusto de Octavio por el aforismo termina por dominarlo: “El poeta [en este caso Rimbaud, pero Paz se refiere a todos los poetas] y su palabra son uno”. Bueno, sí y no. Prefiero las palabras elegíacas que dedicó a Miguel Hernández, que murió en una cárcel franquista: “Déjame que te olvide, para que en este olvido siga creciendo tu voz, hurtada ya a tu cuerpo y a la memoria de los que te conocimos, libre y alta en los aires, desasida de este tiempo de miseria.” Pero Octavio, como Yves (y no es algo que compartan todos los grandes poetas o las grandes figuras), estaba tan dispuesto a aprender de los jóvenes como a enseñarles. Su curiosidad era voraz.

Cuando Octavio y Marie-Jo vinieron a Cambridge en 1970 para pasar el curso, conocían a pocas personas en Reino Unido. Yo era una de ellas. Entre intermediario y cicerone, vi a la majestuosa pareja en Londres y recuerdo varias conversaciones telefónicas desde el despacho del lugar donde yo trabajaba entonces, la librería de Covent Garden, donde llevaba la sección de revistas de segunda mano. Le hablé de y le presenté a mis amigos Daniel Weissbort (en Londres) y Elaine Feinstein y Richard Burns (ahora Berengarten) en Cambridge. Los dos últimos daban clase en el “Tech”, más tarde conocido como Anglia Ruskin University. Octavio comentó con ironía que en el Tech había gente más interesante que en la universidad.

Un fin de semana mi amigo Michel Couturier y yo fuimos a Churchill College como invitados de Octavio y Marie-Jo. La parte de trabajo del viaje incluía entrevistar al poeta: Michel para La Quinzaine littéraire, yo para Modern Poetry in Translation. Después de que se publicaran las entrevistas, Paz dijo que Michel lo había convertido en un poeta francés y yo en un poeta inglés. En 1971, Paz participó en una performance de su poema colectivo Renga en el ica, en una serie sobre la traducción que el director del organismo, el fallecido  Michael Kustow, me pidió que organizara. Durante su año en Inglaterra, Paz escribió El mono gramático, quizá su mejor obra en prosa. La universidad de Cambridge perdió una gran oportunidad al no darle una plaza permanente, que le habría permitido seguir allí. Quizá no tenía las cualificaciones académicas necesarias. Afortunadamente, fue nombrado profesor de la cátedra  Charles Eliot Norton de Harvard, un puesto breve y prestigioso.

Dos años antes de su muerte, Octavio fue con Marie-José a Londres, donde leyó con Charles Tomlinson en el Queen Elizabeth Hall. Junto a Jason Wilson, Dan Weissbort y Richard Burns, tomé un té en el hotel de Kensington en el que se alojaban los visitantes. Como editor de Menard Press, llevé algunos libros de regalo. Octavio, sonriente, dijo que los libros habían mejorado de aspecto desde los primeros tiempos y que le gustaría publicar en la editorial. Jason señaló que Itinerario, la biografía y el testamento intelectual de Paz, no se había traducido, y Paz sugirió que el propio Jason se encargase de la tarea. El libro se publicó cinco años más tarde, para celebrar el treinta aniversario de la editorial. “Edificar una ética y una política sobre la poética del ahora”, escribió este gran poeta inmerso en la historia. No tenemos que coincidir con todas las implicaciones de su trayectoria intelectual para seguir la importante contribución que hizo, como espectador y participante, en la vida pública del mundo en el que nació.

Una triste tarde londinense, después de una reunión, estábamos en Leicester Square. De forma impulsiva pero con intención, mencioné el nombre de Hazlitt. La reacción extremadamente positiva de Paz significó que podía llevarlo al barato y cercano hostal de Frith Street (ahora, pero no en 1970, un hotel boutique), donde el escritor murió en la ruina en 1830. Conté a Octavio que solo seis personas formaron parte del cortejo fúnebre de Hazlitt, entre las que se encontraba Charles Lamb, un amigo extraordinariamente leal. Hazlitt fue el mejor ensayista y crítico literario inglés (aunque Virginia Woolf prefiriese a Lamb) y, como dice Tom Paulin, el primer gran crítico teatral y artístico del país. Es una figura central de la época romántica: un aspecto menos que sublime de ese periodo fascinante se ve en su trágico Liber Amoris. El cortejo –seguido por Octavio Paz y Anthony Rudolf ciento cuarenta años más tarde– avanzó hasta St. Anne’s Churchyard en Dean Street, a unos trescientos metros del hostal, donde Hazlitt fue enterrado.

Hazlitt señala en algún sitio que la imaginación es “una facultad aristocrática”. Y esa es una palabra que me viene a la mente cuando pienso en Octavio Paz. Aquel maravilloso poeta y escritor era un aristócrata de la imaginación y un aristócrata del intelecto. Fue un honor ser su amigo.

Traducción de Daniel Gascón.

Publicado originalmente en la PN Review.

 

6.30 en punto de la tarde

para Octavio Paz, Londres, 1971

 

Diez segundos más tarde

una palabra en cursiva

deja la tinta ex-

tensión de mi mano,

 

entra en la página

a gran distancia

de la oscuridad

donde empezó la palabra.

 

Te tomo en préstamo

piedra, paso después

a sol, y evoco

tu poema,

 

que "da un rodeo / y llega

siempre". Rompo

el círculo, regreso

a mis propias palabras.

 

Versión de Jordi Doce.