Nunca serví para contar historias | Letras Libres
artículo no publicado

Nunca serví para contar historias



Nunca serví para contar historias,

me agazapaba detrás de la ventana,

según yo astuto como un zorro ajeno,

para cazar un momento que me revelara

la carne viva de un acontecimiento

al que le viera yo la sangre derramarse en fuente

con su pálpito verbal junto a mi oído,

pero el pasar común de una mujer bonita

acababa con mi concentración;


me fijaba en los demás para seguir paso a paso

la secuencia ilada como un festón o una guirnalda

de lo que les había pasado, sus deseos,

sus cambios de temperatura, sus temblores,

sus hijos, sus relaciones con la col, con el transporte,

y acababa distraído acariciando

una anécdota cualquiera sin relieves

de cuando el amor se asoma y pasa

y deja a dos o más en contubernio;


me iba de viaje con objeto de que ninguna rutina

me impidiera coger la verdad de alguna historia

y meterla en cintura contándola como pudiera,

tomarle un jirón como animal de presa y desgarrar,

jalar, tirar sin asco ni miedo de la sangre

aunque no fuera fina mi descripción de los hechos

ni se atuviera a su carril de tránsito pero

que ocurriera, que fluyera, que tuviera

un antes y un después y una pulpa creíble,

pero las nubes, el reflejo, los coches,

un susurro que ni era para mí

acababan atravesándoseme entre la voluntad y lo posible,

y así ninguna historia tenía pies ni cabeza;


me metía a mí mismo en la vida

tratando de que me ocurriera algo que tuviera secuencia,

aunque no fuera gracioso, aunque me doliera incluso,

pero todo me sucedía en imágenes inconexas,

en percepciones súbitas ajenas al orden del discurso;


hasta que desistí,

supe que no sería novelista ni poeta épico

ni guionista de cine,

y una gran paz inundó mi cuaderno;

estaba hecho, comprendí, para cosas sencillas

y lo único a que podía aspirar

era al deslumbramiento. ~


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