Nuestro largo itinerario hacia la libertad | Letras Libres
artículo no publicado

Nuestro largo itinerario hacia la libertad

Hace un par de semanas se habló en este blog del discurso que pronunció el señor Porfirio Muñoz Ledo (político priista, panista, perredista, fapista, obradorista) ante el C. Presidente Don Gustavo Díaz Ordaz, líder nato que fue de la patria entre 1964 y 1970.

Un colega me ha enviado el discurso en su totalidad. Fue pronunciado, a la sombra del monumento a la Revolución (mexicana) con motivo del quincuagésimonono aniversario del debut en cartelera de ese glorioso movimiento armado. El susodicho monumento se encontraba decorado por un lema que decía (en serio):

“Revolución Actuante, con la Ley y con la Paz”

Escucharon el discurso, además del presidente Díaz Ordaz, la clase política, los representantes de los tres poderes, la familia del general Plutarco Elías Calles, cuyos restos –los del general- habían sido trasladados esa misma mañana al monumento y, al parecer, el pueblo.

El discurso se planteó en estos términos:

En México los héroes del Estado lo son también de la nación porque el avance de la comunidad mexicana, e incluso nuestra idea de patria, son consecuencia de la obra política del pueblo y de los poderes que éste ha constituido. Contra quienes sostienen que nuestra evolución política va a la zaga de nuestro desarrollo, el gobierno de la República honra en este acto al creador de nuestras instituciones políticas y reafirma que estas constituyen la síntesis y el instrumento más eficiente de nuestro progreso histórico.

Luego de oponer a los críticos del “desarrollo político” patrio la memoria del general Calles, venía el obligado repaso de héroes revolucionarios: don Plutarco (por el “limpio servicio que prestó en todas sus etapas a la causa revolucionaria”); don Venustiano Carranza ( que sólo merece “admiración reverente”); don Francisco Villa (“vengador auténtico de los agravios y de las servidumbres” del pueblo); don Emiliano Zapata (“anuncio y símbolo de lo que sería durante este siglo la sublevación de todos los pueblos humillados”) y así hasta llegar a... don Gustavo Díaz Ordaz. Y luego, previsiblemente, el mensaje a los jóvenes verdaderamente patrios, no a los que habían equivocado el camino un año antes en el movimiento estudiantil:

Hace nueve años, en esta misma tribuna, el ciudadano Gustavo Díaz Ordaz afirmó que a su generación correspondía buscar la concordia entre quienes pudieran hallarse todavía separados por el recuerdo de la lucha, con el fin de conjugar todos los esfuerzos en torno a las grandes metas nacionales.

Este propósito, unido a la idea de que ahora la Revolución Mexicana es, más que un simple hecho histórico, norma que inspira la conducta y actitud conciente ante los problemas de México, nos permite comprender cabalmente la actividad nacional de los años más recientes.

La Revolución ha fomentado en una misma etapa, enérgica y reflexiva, la unidad y la vigencia que se manifiestan en esta ceremonia, porque el régimen político de la República ha inspirado sus actos en los valores que hoy reverenciamos. Ha obedecido y hecho obedecer los mandatos de la voluntad popular, ha conservado intacta la autoridad del Estado y ha defendido, con el derecho, la soberanía de la nación.

Hemos vivido una de las coyunturas más cargadas de sentido dentro de nuestra historia contemporánea: momento que separaba y que ha vinculado finalmente tres decenios de desarrollo con los tres que le faltan a la revolución para cumplir su obra durante este siglo.

Al cabo de un prolongado periodo de crecimiento fuerzas e intereses ajenos a la voluntad del pueblo pretendieron divorciarlo de las instituciones de la República y los más antiguos trasfondos reaccionarios vinieron a condensarse en la idea de que el deber más imperioso para los mexicanos es disminuir la autoridad del Estado e inventar un nuevo régimen constitucional.

La sabiduría de nuestro sistema de gobierno consiste en mantener y reiniciar todas sus reformas por una estrategia de sucesivas consolidaciones políticas. De esta manera nuestro progreso se ha vuelto a la postre irreversible, porque ha cerrado el camino a todo retroceso. Hemos llegado así a un punto sin retorno de la historia mexicana que me atreveré a llamar el momento de nuestra madurez revolucionaria.

Hoy, en pocos países como el nuestro los jóvenes encuentran mejores posibilidades de identificación y de servicio dentro de la sociedad civil. En muy pocos podría escucharse verazmente la promesa que formuló aquí, hace casi dos lustros, el actual jefe de nuestra nación cuando afirmó que a sus contemporáneos correspondía ser el macizo puente por el que habrían de pasar las nuevas generaciones para hacerse cargo de sus responsabilidades con la patria.

A los jóvenes que acepten este legado toca entender que la verdadera fidelidad a los principios de nuestra Constitución es el ejercicio consciente del talento y de la virtud porque sus mandatos contienen todas las expectativas de nuestra transformación social.

La tarea más fecunda de nuestro presente es depositar en las conciencias que nacen las razones de nuestro pasado y las proporciones de nuestro tiempo.

La historia ha de ser el alma de una educación para el porvenir. La imaginación política el mejor reducto de nuestra lealtad.

Así podremos afirmar los perfiles de nuestro ser nacional y avanzar, en la justicia y en la unidad, el tramo que nos aguarda de nuestro largo itinerario hacia la libertad.

En fin, que el tal discurso, se halla tan fresco y vivaracho como en 1969.