Nuestra Betty de siempre | Letras Libres
artículo no publicado

Nuestra Betty de siempre

Tenía el fallecido Heberto Padilla más de una perplejidad ante su compatriota Delia Fiallo. Sabiendo que la llamada "reina del culebrón latinoamericano" había estudiado filosofía y letras en La Habana, contaba el poeta que alguna vez se le acercó y —sin mayores preámbulos— pretendió agitar algunas profundidades sobre las razones y los motivos de su oficio: "¿Qué tú quieres que te diga? —decía que contestó Fiallo—. ¡Yo leo La tempestad y me sale Topacio!"
     Más de una vez debió leerse La tempestad la prolífica autora de telenovelas. Ya hace más de una década, con Cristal, paralizó a la audiencia española, y sedujo a más de un Almodóvar o de un Antonio Gala, en ese fructífero mercado del melodrama donde los latinoamericanos —para no arriesgar la tradición— también exportamos la materia prima: el despudor, si se me permite el neologismo; nuestra patriótica y fascinante cursilería.
     Una de las garantías de Yo soy Betty la fea es que no traiciona el manual del género que, a cuenta del buen Shakespeare, manoseó con éxito Delia Fiallo. La estructura profunda —como se gozaría en decir más de un semiólogo— de la telenovela tradicional no encuentra, en esta telenovela colombiana, ninguna variación. La sirvienta pobre que terminaba siendo la verdadera heredera de toda la fortuna es ahora nuestra Betty que, sin duda y al final, terminará estando más buena que comer con los dedos. ¿Cuál es el sueño que vendemos?, pregunta siempre la gerencia.
Ella será blanca, bella, rica y —en el último capítulo— se casará con el galán. Es la respuesta correcta, la que la gerencia quiere oír.

Sin embargo, y por suerte y tesón, la escritura por momentos logra desordenar las reglas del mercado. Y lentamente, en un poco a poco de más de doscientos capítulos, a veces alcanza a sabotear los manuales y devolvernos el poder de las formas. Fernando Gaitán, genial guionista que ya se había derrochado en Café con aroma de mujer, vuelve a dedicarse a trabucar las dificultades mayores del género. Bien sabe, en estos tiempos donde reina el dictado de la cirugía plástica y nos ronda el fantasma de la intervención genética, cuál es el gran territorio de las nuevas víctimas, de las próximas presas. Ahí radica la transformación del melodrama: hoy día, ser feo es más trágico que ser hijo ilegítimo.
     Yo soy Betty la fea tiene una ventaja maravillosa: es la misma historia de siempre, pero está contada de manera distinta. Está bien dialogada, se alimenta del humor, y construye una heroicidad a partir del rescate de un nuevo arquetipo: el nerd latinoamericano. La inocencia también necesita renovarse. Al menos, para que la telenovela siga siendo un ay largamente prolongado. Una intimidad publicitada y distribuida en la tele; una confusión personal convertida en un fiel negocio cotidiano: es la vida de los otros, es tu vida, es la vida misma. La diminuta ceremonia de creer que, en el horario estelar, siempre hay un espejo.  -