Notas contra notas | Letras Libres
artículo no publicado

Notas contra notas

No es casual que Notas contra notas. Una exposición en torno a José Clemente Orozco, presentada en el Museo de Arte Carrillo Gil (MACG), contemple como parte de su dispositivo museográfico una inversión en el acceso; si bien habitualmente el ingreso se hace por la derecha, en esta ocasión el recorrido se propone por la izquierda. Pero esta variación suscita además un gesto de vacilación en el espectador una vez que ha finalizado su visita: al comenzar el trayecto se encuentran dos piezas que pueden funcionar, indistintamente, como epígrafe o epílogo de esta muestra cuya curaduría corrió a cargo de Carlos E. Palacios y Carlos Aguirre, quien además participó como artista. Por un lado, el registro de la acción performática que Víctor Muñoz realizó el día de la inauguración (Sainete, drama y barbarie) y, por el otro, una instalación en donde el autorretrato de Orozco, pintado en 1946 y perteneciente al acervo del MACG, parece ser sostenido por un montículo de libros de la obra del muralista mexicano, produciendo así una especie de altar libresco.

Como epígrafe o epílogo, las piezas referidas contienen una dosis corrosiva que manifiesta una postura explícita en torno a la invitación que el MACG hizo a Carlos Aguirre: realizar una revisión crítica al acervo que poseen de Orozco. Valiéndose de un trabajo de colaboraciones que ha desarrollado desde su participación en Grupo Proceso Pentágono (1978-1979) hasta proyectos más recientes como Imágenes encontradas (Salpicaderas, saps, 2008), Aguirre despliega diferentes estrategias para leer, interpretar, apropiarse y repensar el legado de Orozco desde una perspectiva herética. El hereje, recuerda Guido Gómez de Silva, es quien se opone públicamente a dogmas de la Iglesia católica por ser, literalmente, un revoltoso (del griego tardío hairetikós), y esta exposición es susceptible de producir en los espectadores una sublevación de las pasiones porque Aguirre trabajó, de modo revoltoso y con un marcado humor negro, a partir de una selección de 66 piezas de uno de los tres pilares del muralismo mexicano.

Sería injusto reducir Notas contra notas al establecimiento de correspondencias entre Orozco y Aguirre, en donde se contraponen los lenguajes de dos artistas que comparten aspectos técnicos y afinidades temáticas. Si bien el propio Aguirre ha hecho explícitas sus discrepancias con el muralista y por ello este diálogo se expresa como una tensión convocada en el título mismo por el uso de la preposición “contra” (y no “sobre”, como se podría esperar en una fórmula de uso), hay algo más inasible y ambicioso en el resultado de la práctica colaborativa subyacente al proyecto: la materia prima de Aguirre consiste en un legado artístico e histórico que forma parte de nuestra identidad nacional (de ahí su cuestionable manipulación), pero lo desacralizador pasa a segundo término cuando se generan momentos elocuentes que exponen, de modo irónico, aquello que se remarca como un agotamiento creativo: esta exposición se burla, fina y disimuladamente, de ciertos modos de recepción y juicios de gusto que se reproducen en los círculos de arte trendy.

Dos piezas originadas en diferentes colaboraciones me resultaron fascinantes, pues se pueden leer en dos sentidos: uno propiamente literal, que corresponde al género de la entrevista, y otro simbólico, logrado por un trabajo de edición audiovisual. La primera pieza se encuentra en un cubo al fondo de una sala donde se presentan distintos retratos de mujeres pintados por Orozco y el video editado de una entrevista que Aguirre sostuvo con Marta Lamas (antropóloga, etnóloga y célebre feminista), en donde le pidió una opinión personal sobre cada uno de los retratos exhibidos. Si bien el tema de la entrevista versa sobre una mirada en torno a la feminidad y a una misoginia latente en Orozco, la edición opera sobre los juicios de gusto: en diferentes episodios se reproducen fundidos en negro donde se inscriben los nombres de las diversas pinturas y a continuación se reproducen los argumentos editados de Lamas: “Este es simpático”, “Me gusta, no me conmueve”, “Este no me gustó”, “Es extraño, no me gusta tampoco”, “Un poco cursi, no me gusta especialmente”, son solo algunas frases coloquiales que Aguirre extrae, y en cierto modo manipula, para producir una ironía que se sostiene sobre el discurso feminista y que destaca cierta clase de banalidad que impera en las lecturas de las obras de arte.

Este guiño, que de tan sugerente podría resultar irritante –incluso para la propia entrevistada al momento de observar el video editado–, también se hace presente en otra pieza. Orozco es un artista nacional (12 min.), de Adrián Regnier, no es solamente el registro de una entrevista que los curadores sostuvieron con Renato González Mello, historiador del arte especializado en Orozco. La proyección de este video se realiza en un cubo oscurecido donde están colocadas tres pantallas en una estructura cóncava. Para el espectador está reservado un asiento en el medio, que le permite tener una visión envolvente. En un determinado punto, el diálogo simulado a través de las pantallas roza lo espectral. La entrevista pasa a segundo plano, pues aunque en ella se subraya información histórica valiosa, el punto de vista, totalmente cinematográfico, domina la situación: entre el tiempo histórico convocado y el tiempo de la entrevista se genera una suerte de cortocircuito.

La sala central de la exposición contiene una serie del propio Aguirre en la cual se despliega un artificio notable: Arquitecturas I-V (2013) consiste en cinco dibujos en donde la línea, el color, la arquitectura y el diseño industrial permiten observar el ejercicio creativo de apropiación de uno de los elementos formales de Orozco: el trazo en un diálogo hasta cierto punto alucinatorio con el espacio representado. Acompañan a esta serie otras colaboraciones de Felipe Leal y Carlos Amorales; la de este último ha levantado, en semanas recientes, un aspaviento cuestionable: para producir una intervención en carboncillo sobre uno de los muros de la sala, Amorales utilizó el cuadro Los muertos (1935) como molde para reproducir sus dimensiones externas, generando un paisaje con una geometría rítmica que a su vez dialoga con el espacio interno de la pintura de Orozco. Que Amorales haya utilizado o no el cuadro del muralista como molde, solo puede escandalizar a quien piensa que las exposiciones son montadas por entes inmateriales. De lo contrario, lo que observamos es una instalación integrada a un dispositivo de colaboraciones que, a pesar de algunos altibajos, constituye una propuesta relevante en la escena expositiva actual. ~