artículo no publicado

Nostalgia sólida y corazones rotos

Mensaje para un futuro cada vez más cercano, para la semana que viene, para un mundo en el que los breves ciclos del pop lo han abducido todo y donde todo es efímero para así poder ser inmediatamente revisitado: vuelvo a comprarme Heartbreaker, debut solista de Ryan Adams en 2000.

Entonces yo no sabía de dónde venía este joven –nacido en 1974 en Jacksonville– que acababa de disolver/autodestruir esa especie de “Nirvana del alt country” que fue Whiskeytown. Pero me gustó mucho la portada del álbum.

Yo estaba en Nueva York, en tiempos en los que todavía quedaban allí record stores; y, de regreso en casa, supe que no me había equivocado. Y que iba a seguir escuchando Heartbreaker por muchos años.

Semanas atrás, volví a comprarme Heartbreaker en una de las pocas nobles tiendas de discos que van aguantando en Barcelona. Heartbreaker ya es un clásico indiscutido del rock divor/separatista en el que militan hitos como Blood on the tracks de Bob Dylan, Walls and bridges de John Lennon, Rumours de Fleetwood Mac, Here, my dear de Marvin Gaye, Still crazy after all these years de Paul Simon, Shoot out the lights de Richard y Linda Thompson, Blood & chocolate de Elvis Costello, Tunnel of love de Bruce Springsteen, Sea change de Beck, End times de Eels y, parece, Lemonade de Beyoncé.

Ya saben, lágrimas y gritos y reproches y sonrisas tristes y vencidas como las de Rick en ese aeropuerto al final de Casablanca.

Parece mentira pero resulta pura verdad así en la vida como en la música: pocas cosas envejecen menos o suenan mejor que la implacable radiografía de un momento de la vida que –porque más de uno querría olvidarlo para siempre– se vuelve inolvidable.

Y, sí, Heartbreaker (su preciso y perfecto título, cuando no se le ocurría nada a Adams y la discográfica puso ultimátum, salió de una camiseta con esa palabra que Mariah Carey llevaba en un póster) luce y suena más fresco y juvenil y dolido y curtido que nunca. Sigue comenzando tan festivo con esa discusión sobre si la “Suedehead” de Morrissey está en Viva hate o en Bona drag para saltar a la eléctrica “To be young (is to be sad, is to be high)”.

Y, a continuación, trece perfectos e imprescindibles tracks. Entre ellos ya standards de la lágrima-en-la-cerveza como “amy”, “Oh my sweet Carolina”, “Call me on your way back home”, y la formidable “Come pick me up”.

Ahora, de nuevo, todo eso sigue allí, pero potenciado por un dvd con el concierto en el neoyorquino Mercury Lounge de por entonces, más un cd extra con veinte pistas de demos y descartes recopilados por el productor Ethan Johns (quien en un texto interno denuncia toda maniobra à la deluxe edition, pero reconoce que aquí se justifica y vale la pena hacer el gasto). Estoy de acuerdo con él (el precio es el correcto; la reedición en vinilo, ese inexplicable nuevo vintage material de la nostalgia instantánea y el recoleccionismo compulsivo y el consumismo loco cuesta cuatro veces más y trae lo mismo) y vuelvo a Heartbreaker sin haberme ido nunca de él. Lo cierto es que apenas tres días antes de la repesca había vuelto a darle play a mi copia original. Pero repetir con las mismas canciones en este nuevo envoltorio me produce una curiosa sensación de novedad y experiencia, de frescura renovada y añejamiento sabio, de conocimiento del personaje y reconocimiento estilo back to the future.

A continuación de Heartbreaker, Ryan Adams se convirtió en nuevo icono del indie songwriting; se supo que Heartbreaker inspiró a Elton John para relanzar su carrera; proliferaron los chistes que lo confundían con el para mí infravalorado Bryan Adams; y fue considerado un inspirado mix de Gram Parsons con Keith Richards con Paul Westerberg. No tardaron en aparecer entrevistas en esas revistas en las que siempre aparecen fotos de viejas y resistentes glorias o de muertos y eternos ídolos de cuando eran jóvenes para poder venderlas a fans que ya tienen setenta años, donde Adams decía cosas muy graciosas y muy profundas y parecía más que encantado consigo mismo y con lo que los críticos ingleses decían de él y de Heartbreaker. No demoró en llegar el doble Gold (2001), en el que Adams revelaba su voracidad polimorfa y perversa y trivia-maníaco referencial tocando todos los palos y estilos e influencias. Adams giró por Europa (su inolvidable concierto de Barcelona lo mostró maldito y borracho y perdiendo un zapato sobre el escenario pero inspiradísimo) y, de ahí en más, un sin cesar de álbumes de diverso calibre. Adams –excesivo en todo sentido– era un rocker del nuevo milenio pero con la fertilidad de los años sesenta en un mercado/industria no acostumbrado a tanto. Después de veinticinco álbumes desde Heartbreaker, incluyendo joyas como Love is hell, Cold roses, Easy tiger, 29 o Ashes and fire, sin contar incontables títulos en ediciones limitadas o apareciendo y desapareciendo en YouTube o en su propio site, se ha diluido un tanto entre tanta oferta y banda armada y desarmada o alias o avatar trash-punk bajo nombres como dj Reggie, WereWolph, Rhoda Rho, Sad Dracula y The Shit, entre otros.

Lo último –en sincro con la reencarnación pero no resurrección de Heartbreaker es un nuevo twist adamsiano que, por inesperado, no deja de tener cierta coherencia: Ryan Adams –recién divorciado de Mandy Moore– ha revisitado en su totalidad el mega best seller 1989 de la multimillonaria cyborg-replicante Taylor Swift. Una muy profesional y eficiente chica-poppy-country especialista en himnos sobre novios traicioneros o traicionados. ¿Qué hace Ryan Adams allí? Sencillo: los despoja de su brillante y cromado y frígido envoltorio y los rompe como se rompieron y se rompen y se seguirán rompiendo los corazones para que solo así sus latidos suenen mejor y más fuertes que nunca hasta la próxima reedición de Heartbreaker. ~